Una idea genial

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I

La calle que sube desde Sinaloa hasta Chapultepec se llama Valladolid. Una de tantas, claro; pero una de las pocas que la atraviesan de manera más o menos segura. Su continuación –desencajada, como una mueca apoplégica– es Praga. Por ambas pedaleo todos los días cuando vengo de regreso al trabajo. Su permanencia en mi memoria no es azarosa. Mi ritmo cardíaco aumenta tan solo pensar en ellas. Se requiere precisión y fuerza; saberse detener y saber “aventarse”. Y a veces, a estas cuatros virtudes les hace falta una quinta: saber discernir la misericordia de los automovilistas de un simple alto momentáneo en la marcha.

Sin embargo, la “idea genial” que me viene rondando la cabeza no tiene mucho qué ver con este cruce congestionado. Al contrario, ahí termina: a medio camino entre Chapultepec y Reforma, Praga entronca con una callecita tímida y silenciosa, bautizada  Tokyo. La única en toda la colonia Juárez que remite al lejano oriente. Seguro estarán preguntándose qué tiene de genial. Y la respuesta, me temo, puede decepcionarlos. A Tokyo le faltan caminares para ser vivaracha y le sobran ires y venires para ser un auténtico remanso. Es tan sólo otra de las tantas calles que nace al seno de la Juárez y mueren poco antes de salir de él.

Sin embargo, en su defensa, sale al quite la historia. Cuando la Juárez era conocida como la colonia Americana –allá en los tiempo pre-revolucionarios–, las familias adineradas fincaron mansiones afrancesadas en esta especie de satélite de la ciudad de México, antes conocido como la Hacienda de la Teja (misma que al dividirse, daría origen a las colonias Juárez y Cuauhtémoc). El otrora paseo del Emperador había cedido paso a la Avenida Degollado para después convertirse en el Paseo de la Reforma, donde el arquitecto Rivas Mercado estaría a cargo de la construcción de la columna del Monumento a la Independencia.

Las familias que llegaron a habitar esta parte de la ciudad –recién urbanizada– comenzaron a nombrar las calles de su colonia. ¿De dónde más podrían provenir estos nombres tan pretenciosos sino de la crema y nata de nuestra aristocracia eminentemente barroca? Amsterdam, Praga, Génova, París… las ciudades del viejo continente comenzaron a poblar la capital del nuevo mundo. Y entonces, alguien tuvo una idea genial. A una pequeña calle que cruzaría Sevilla, que moriría en Praga y que vería la luz casi a las puertas del bosque de Chapultepec, la bautizaron Tokyo.

¿Soy el único que sonríe al saber esto?

 

II

El sueño de Orlando es ir a Tokyo.
También, el de Erik.
La luna de miel de mi padres fue en Japón; y Tokyo fue uno de sus lugares más queridos.
En Evangelion, la historia sucede en una reconstrucción de esta megalópolis nipona.
Una de mis películas favoritas es Lost in Traslation, traducida –con muy poca fortuna– como perdidos en Tokyo.
Cuando buscaba departamento, ansiaba encontrar un departamento vacío ahí.

¿Necesito más razones para sonreír al caminar por esta calle?

 

III

Desde la semana pasada estoy bloqueado.

En el trabajo me siento a escribir, pero no logro articular oraciones. Escribo, borro, me desespero. Me dan ganas de gritar o de correr. Es como si me sintiera atrapado. Incluso mis muñecas duelen, como si las estuviera sometiendo a trabajos forzados; como si tuviera tendonitis. Incluso en estos momentos siento una fuerza terrible que me recorre como si fueran hormigas. Que me repele del teclado, que hace casi doloroso el mover los dedos engarrotados. ¿Mi neurosis es tan grande?

Le confié a Momo que una de mis esperanzas al escribir esta entrada era que me desbloquearía. Que, sin querer, haría fluir el bloqueo y descorcharía mi cabeza. Hasta ahora, creo, eso no ha pasado. Quizá porque mi cabeza de nuevo está turbia. Me siento incómodo con todo. Como si la piel me quedara una talla más chica. Me pesan bobadas, como el hecho de que no estoy teniendo una dieta saludable, ni estoy siendo cuidado con el dinero. Saber que soy laxo para exigir el pago de mi trabajo. Entre otras tantas razones para disparar la neurosis.

Incluso –lo sé– si volviera en este instante a la calle Tokyo, nada pasaría. Nada bueno, al menos. Sabría que sólo es retórica. Que las ondas de agrado que me han recorrido al recorrerla se esfumaría. Que los recuerdos quedaría borroneados. Se volvería una calle muerta. ¿Qué me tiene bloqueado? He ahí una idea genial que no conozco y a la que no tengo acceso, pero que, en cuanto consiga encontrar, sé que me hará ver todo de una forma distinta.

Ni león, ni lobo

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I

Sobre Hamburgo, en la colonia Juárez, hay un pequeño café. Ramplón, con mesitas en la calle y ningún detalle que lo diferencie de los demás. El dependiente parece tener problemas para lidiar con el concepto de amabilidad y la clientela poco podría hacer para ser algo más que secretarial. Sin embargo tiene un no sé qué –un qué sé yo– que desde que lo vi lo volvió memorable. Un café de barrio. Un placer sencillo que en toda mi vida, hasta ahora, me había sido negado.

Claro, el Sanfer tiene suyo. No en balde me siento junto a esa ventana que da a Reforma, prendo un cigarro y me pongo a leer. Difícilmente haría lo mismo en aquél café desvalido de toda gracia. Empezando, quizá, porque las sillas de la calle son periqueras; o porque no ofrece descanso alguno a la lectura. Es uno de esos cafés en los que te sientas, firmas papales y dejas el café a medio tomar. Donde las parejas –oficiniles– embarran un poco de su amor a falta de un motel de bajo presupuesto.

Sin embargo, insisto, es un café de barrio.

II

La semana pasada, Momo me preguntó por mi frase favorita de Epicuro. Él bebía un americano, yo un moka lánguido. (Él, hasta para eso de tomar café, es trágico). Desvié la conversación a otros derroteros. Vergonzosamente debo admitir que no recordaba –ni recuerdo– alguna máxima. Prudente como suelo ser cuando me topo cara a cara con mi ignorancia, preferí no tocar de nuevo el tema. Hasta hoy, que haciendo memoria del café y las buenas compañías –muy a propósito de que salí temprano del trabajo y pasé la tarde con mi cándida Rubia–, recordé la pregunta de Momo. La respuesta debió ser ésta:

Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar vida de un león o un lobo.

Ignoro sus motivos. Pero los agradezco. Había olvidado que, en las últimas semanas –en lo que va del año– mi vida sólo puede cobrar sentido a partir de esta máxima. Pues a todas las calles que le han crecido a mi vida, poco a poco les han ido saliendo personas.

III

Ni león, ni lobo. En la ciudad no hay espacio para esa clase de bestias. Dentro de unas semanas, Marco volverá a tocar la puerta del 301. Volveremos a tomar el camión en Circuito Interior, escuchando ese rumor angustiado de olas que nunca rompen. Le iré señalando edificios que me gustan, ventanas a las que me asomo desde el camión, describiendo a las personas que quizá existan en ciertos departamentos –que deseo existen en esos departamentos–. Le iré diciendo dónde termina la Verónica Anzures; dónde Polanco. En qué momento la calle se vuelve Roma, cuándo Condesa. Señalaré una fachada porque es será de estilo neo-californiano y me escuchará fruncir el seño cuando pasemos afuera de un edificio minimalista. Le hablaré de los inmigrantes coreanos. De la narcosatánica que atraparon a unas cuadras de mi casa. Nos sentaremos a leer en el comedor mientras la Rubia trabaja y nosotros acumulamos sueño. O escuchar a Erick cantar una aria mientras lava los platos; o verlo besarme el cuelo y abrazarme por la espalda.

Por eso, antes de saber qué voy a comer, me pregunto con quién.