Ni león, ni lobo

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I

Sobre Hamburgo, en la colonia Juárez, hay un pequeño café. Ramplón, con mesitas en la calle y ningún detalle que lo diferencie de los demás. El dependiente parece tener problemas para lidiar con el concepto de amabilidad y la clientela poco podría hacer para ser algo más que secretarial. Sin embargo tiene un no sé qué –un qué sé yo– que desde que lo vi lo volvió memorable. Un café de barrio. Un placer sencillo que en toda mi vida, hasta ahora, me había sido negado.

Claro, el Sanfer tiene suyo. No en balde me siento junto a esa ventana que da a Reforma, prendo un cigarro y me pongo a leer. Difícilmente haría lo mismo en aquél café desvalido de toda gracia. Empezando, quizá, porque las sillas de la calle son periqueras; o porque no ofrece descanso alguno a la lectura. Es uno de esos cafés en los que te sientas, firmas papales y dejas el café a medio tomar. Donde las parejas –oficiniles– embarran un poco de su amor a falta de un motel de bajo presupuesto.

Sin embargo, insisto, es un café de barrio.

II

La semana pasada, Momo me preguntó por mi frase favorita de Epicuro. Él bebía un americano, yo un moka lánguido. (Él, hasta para eso de tomar café, es trágico). Desvié la conversación a otros derroteros. Vergonzosamente debo admitir que no recordaba –ni recuerdo– alguna máxima. Prudente como suelo ser cuando me topo cara a cara con mi ignorancia, preferí no tocar de nuevo el tema. Hasta hoy, que haciendo memoria del café y las buenas compañías –muy a propósito de que salí temprano del trabajo y pasé la tarde con mi cándida Rubia–, recordé la pregunta de Momo. La respuesta debió ser ésta:

Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar vida de un león o un lobo.

Ignoro sus motivos. Pero los agradezco. Había olvidado que, en las últimas semanas –en lo que va del año– mi vida sólo puede cobrar sentido a partir de esta máxima. Pues a todas las calles que le han crecido a mi vida, poco a poco les han ido saliendo personas.

III

Ni león, ni lobo. En la ciudad no hay espacio para esa clase de bestias. Dentro de unas semanas, Marco volverá a tocar la puerta del 301. Volveremos a tomar el camión en Circuito Interior, escuchando ese rumor angustiado de olas que nunca rompen. Le iré señalando edificios que me gustan, ventanas a las que me asomo desde el camión, describiendo a las personas que quizá existan en ciertos departamentos –que deseo existen en esos departamentos–. Le iré diciendo dónde termina la Verónica Anzures; dónde Polanco. En qué momento la calle se vuelve Roma, cuándo Condesa. Señalaré una fachada porque es será de estilo neo-californiano y me escuchará fruncir el seño cuando pasemos afuera de un edificio minimalista. Le hablaré de los inmigrantes coreanos. De la narcosatánica que atraparon a unas cuadras de mi casa. Nos sentaremos a leer en el comedor mientras la Rubia trabaja y nosotros acumulamos sueño. O escuchar a Erick cantar una aria mientras lava los platos; o verlo besarme el cuelo y abrazarme por la espalda.

Por eso, antes de saber qué voy a comer, me pregunto con quién.

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2 comentarios en “Ni león, ni lobo

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