Una vida sobre ruedas

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I

Al cruzar la calle, un hombre trajeado pasó pedaleando frente a mí. Nuestras miradas se tocaron. Su rostro enjuto, de mirada sorprendida, sugería un nerviosismo apenas pálido. Pedaleaba por Villalongin hacia el Circuito Interior. Con una delicadeza un tanto torpe, como tropezando, como andando de puntitas.

Nos volvimos a encontrar en la parada del camión, ya estando del otro lado del circuito, en la acera que pertenece ya a la Verónica Anzures. Me miró como supongo se miran a los recuerdos. Pedaleaba con la torpeza de Villalongin, pero ahora a un ritmo de ahogado. Le sonreí. Se requiere valor para andar en bicicleta por Circuito interior.

II

Ya sobre el camión, mirando a ratos la Cuauhtémoc, a otros la Anzures y luego Polanco, la postal comenzó a repetirse. De los edificios comenzaron a emerger ciclistas trajeados. Algunos, incluso, con casco. Todos dándole lo últimos toques a su atuendo (o cerrando la puerta, o cargando al bici escalones abajo). Listos para emprender el camino al trabajo.

Ya cerca del trabajo, en la San Miguel Chapultepec, una mujer de pelo cano sacó su bicicleta. En el manubrio llevaba una pequeña hasta con una bandera nacional anudada. Pensé en lo terrible que sería tener un accidente con semejante proyectil tan cerca de la cara; pero también en lo agradable que había sido verla sacar su bicicleta para ir a no sé dónde.

III

Mi falta de ingenio me imposibilita ara compartir lo que cada una de estas imágenes me provocaba. Una lástima, porque quizá les habría gustado sentirlo. Supongo que, aunque me crié en el DF, mis primeras aproximaciones reales al mundo sucedieron en Puebla, cuando ya estaba algo más que grandecito.

La vida allá –lo que puedes esperar de ella– es muy distinto a este mundo que se me antoja creado por una contusión cerebral. A más de un año –a casi dos– de haber regresado, no logro desprenderme la sensación de que aquí las posibilidades son infinitas.

Es como haber pasado de un tablero de bingo a una ruleta. Es aquí el único lugar donde puedo decir realmente que “el futuro es brillante”. Y me alegra saber que no soy el único que piensa lo mismo.

IV

A final de cuentas lo que aquí escribo son parvuladas. Afuera de mi departamento los automóviles rugen, la vida bulle, los grandes problemas del hombre se siguen paseando por las calles. Aquí no hay nada que siquiera pueda confundirse con sabiduría.

Una lástima, tener carta abierta para decir nada.

Escribir sólo para confirmar que la existencia es, tristemente, solipsista.

Que ver a mis vecinos –a los colonos– ir todos los días al trabajo en bicicleta me produce una extraña sensación de esperanza. ¿Esperanza de qué? Qué sé yo, aquí no hay sabiduría, sólo parvuladas.

 

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