La muerte siempre es lo de menos

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I Condesa

En algún momento pensé que el edificio nos aplastaría. Al cruzar por los elevadores, afuera de la redacción, observamos cómo las paredes se coordinaban para ascender y descender al mismo tiempo. Quería apoyarme a un muro para, poder voltear y ver quiénes se quedaban atrás. No lo logré. Mis pies seguían caminando. De reojo observé a un diseñador y a la secretaria detenerse en el marco de la puerta. Después supe que, detrás de ellos, estaba la directora de diseño gráfico, tratando de hacerlos avanzar. Me detuve al filo de las escaleras. A través de la ventana, el WTC y los demás edificios también se mecían. Me limité a repetirles las indicaciones a mis compañeros de piso: no corran, bajen en silencio, fíjense dónde pisan, guarden la calma, es sólo un temblor… Indicaciones desafortunadas, ciertamente. Debimos esperar a que el temblor pasara en nuestros lugares. Nuestro pasos sólo provocaban una vibración mayor. Sin embargo, cómo acallar el instinto de supervivencia, cuando el crujir del edificio y su estremecerse van in crescendo; cuando piensas que el temblor nunca va a terminar…

Bajando las escaleras de seguridad, un hombre trataba de escribir la contraseña para desbloquear su iPhone. Entre el pánico del que era presa, el movimiento propio de bajar las escaleras y el vaivén del edificio le resultaba imposible. Lo seguí, más por preocupación que por inercia. A final de cuentas, la secretaria y la directora seguían en el marco; la primera aferrándose, la segunda haciéndola entrar en razón. Sin embargo, seguí a ese hombre porque, tras unos intentos más por teclear su contraseña, comenzó a golpearse la cabeza con su teléfono. Pensé que enloquecería y, lo mejor para todos, sería darle un par de bofetadas. Sin embargo, cuando caí en cuenta, ya estábamos en la planta baja. Y el suelo aún se movía. Algunos empleados desesperados, violando toda lógica, se adentraron a la avenida, donde el tráfico, aunque lento, seguía su camino. Algunos estaban en el primer camellón de circuito interior; otros, ya en la franja que divide ambos sentidos ¿Cómo llegaron hasta allá sin ser atropellados? No lo sé.

El punto de reunión está a dos cuadras del edificio. Todos los pisos estábamos en el camellón de Mazatlán, formados frente a nuestro número. Los “nuevos” realmente no sabíamos qué demonios hacer o no. Las capacitaciones para el personal de nuevo ingreso aún no se han programado. Mientras esperábamos noticias, los turibuses pasaban frente a nosotros. Algunos nos filmaban, cual ganado; otros nos miraban sumergidos en silencio. Lo único que lamentaba en ese momento, era no tener un cigarro a la mano. El celular, de antemano sabía que lo había dejado en casa. Y en algún momento, durante la evacuación, pensé en regresar por mi cajetilla. Supongo que las ideas más extrañas nos cruzan por la mente en los momentos más desesperados. Y, creo, no fui el único. Tuvimos que esperar un buen tiempo a que una de las chicas de televisión se acercara a convidarnos de sus Marlboro blancos. Mientras tanto, las actualizaciones de Twitter, la espera casi morbosa por saber los daños, la intensidad, lo lugares en donde se sintió. Poco a poco empezó el termómetro, la rebatinga de anécdotas del 85, las risas nerviosas y, al final, la calma que culminó con nuestro regreso al edificio.

 

II Tigris

Desde hace unas semanas, Katya y Adair se reúnen todos los días a trabajar en la casa. La idea, tras el sismo, me calmó. Pasado el medio día, Adair se encontraba en la tiendita de Tigris con Balsas. El dependiente -un chico notable, dicen- estaba por darle el cambio cuando comenzó el temblor. Ambos salieron. Adair dice que miró hacia el cielo. El edificio Nervión se sacudía. Sus ventanas abiertas se hicieron añicos. El chico notable de la tiendita salió detrás de él, le dio su cambio y corrió hacia algún lado. Supongo que, por unos momentos, nuestra querida colonia debió parecerle al más tierno de mis amigos una ratonera infame.

 

III Amazonas

Katya había salido a pagar el gas. Eso no lo sabía hasta que llegué al departamento pasadas las 15.00. Del banco -pagar el gas es una monserga- se encaminó a las “famosas chanclas de Amazonas”. Basta caminar unas cuadras desde el Banorte de Sena para estar ahí; cruzar Río Rhin, pasar cerca del Diario Oficial de la Federación e incluso cerca del Museo de Carranza. El sismo la sorprendió ahí, ordenando dos chanclas de costilla de res. Los cables comenzaron a mecerse y, como todos, pensó que se trataba de un mareo. ¿Por qué todos tenemos mareos tan frecuentes? Las chicas del puestecillo pusieron el grito en el cielo y a lágrima suelta despertaron a todos los santo que, en un descuido, habían aparato los ojos de ellas. Tras pagar sus huaraches, una vez pasado el temblor, se dio el lujo de caminar por Reforma y observar a todos los trajeados limpiarse las lágrimas después del pánico, todos con cascos y celulares temblorosos. De camino a la casa, una afable chismosa le contó cómo allá en la Juárez evacuaron a unos coreanos que a duras penas saben hablar español y que se resistían a desalojar el inmueble por estar en calzones.

 

IV Cuauhtémoc

En Twitter he leído que varios conocidos dormirán más tranquilos teniendo transportadoras para sus mascotas y los papeles a la mano. También que otros vaticinan que no podrán pegar los párpados. Unos afirman que se sienten (o sintieron) más frágiles que nunca. Otros hacen bromas que, de tantos sismos, tsunamis e inundaciones ya suenan trillados. ¿Qué haremos nosotros para conciliar el sueño? Nada diferente a otras noches. Apagaremos la computadora, luego las luces y nos iremos a dormir. Confiaremos nuestro destino al destino mismo, como siempre lo hemos hecho. A final de cuentas, lo peor que puede pasarnos sea sobrevivir y despertar a un mundo donde todo lo que amamos haya sido borrado de un plumazo. La muerte siempre es lo de menos.

Confieso que, al mirar por fracciones de segundos el ventanal del séptimo piso, antes de pensar en mi madre en Puebla, en mi padre en el sur de la ciudad o incluso en mi hermano, en los complejos de oficinas de las Chapultepec, pensé en nuestro pequeño hogar. Recorrí por segundos, y al mismo tiempo, Sena, Tigris y Danubio, como una ola de consciencia. Miré la estatua de Cuauhtémoc, el Ángel de la Independencia, los edificios de Mario Pani, la glorieta de Pánuco y Ebro, los restaurantes de de Lerma, los entresijos de Volga, el cine de Guadalquivir y todos esos lugares que en el último año me han hecho pensar que el futuro es brillante. Quizá porque a final de cuentas, esos lugares representan mi nuevo mundo, mi barrera de invulnerabilidad, las paredes donde he encontrado la tranquilada, el sosiego y ese sueño epicúreo. Poco me importa la muerte en comparación con el final de este sueño.

 

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