Quijotadas (o de la tesis I)

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Una sencilla búsqueda en mi ordenador arrojó una cifra espeluznante: más de 50 archivos nombrados “tesis [e insértese aquí un número nauseabundo de variantes de ‘nuevo’, ‘ok’ y ‘ahora sí’]”. Todos con uno, dos o menos párrafos –si eso siquiera es posible. La pura ignominia, les digo. Máxime, porque si de algo reboza cada uno, es de buenas intenciones y una que otra buena puntada que ameritaría retomar en un documento más elaborado (o al menos de, ay, una extensión mayor a dos párrafos).

¿Qué puedo concluir de este breve examen de conciencia (electrónica)? Que la tesis, como los Jetta, están al menos en mi cabeza. No han sido pocas las horas en el baño –juntando minutos, claro– , sobre la bicicleta, garabateando cuaderno o rascándole la panza al sueño, en las que he estado dándole vueltas al asunto. Vueltas que, de ser de tuerca, ya habrían terminado por producirnos vértigo. ¿Me falta inspiración? ¡Por supuesto! ¿No tengo tiempo de escribir? ¡No cabe ni la menor duda! ¿Paso más tiempo mirando pornografía que escribiendo? ¡Amén, hermanos! Pero ninguno es –ni será- un pretexto válido.

No nos hagamos animales. Si esos fueran pretexto válidos, nadie escribiría. Ni siquiera aquellos chicuelos becados por alguna institución o por sus padres –que da lo mismo. El problema aquí es la falta de constancia. Y pienso resolverlo en este… obvio no. Los problemas de constancia no se resuelven a través de determinaciones. Tampoco con buenas intenciones. Es más, ni siquiera sé con qué se superan. Y dudo bastante que en unas horas logré saltar la barrera con una gracia que, si nunca he tenido desarrolle a dos vasos de caerme ebrio.

A todo esto, seguramente les estará asaltando la duda –ajá– de por qué a) me obsesiona tanto este trámite inútil; b) no he logrado solventarlo a pesar del esfuerzo –¡uf!–; y c) por qué tengo precisamente qué contárselo a ustedes que, aunque no sé qué buscan encontrar aquí, tampoco creo que les resulte francamente emocionante leer mis disquisiciones académicas. La respuesta es sencilla: de todo esto trata de mi tesis. (Del blog, pues). ¿De un blog pitero? ¡Por supuesto! Un trámite inútil, decimonónico, merece ser enfrentado con aquella máxima que Adair soltó en uno de sus momentos más lúcidos: “Si me va a coger la vida, le dejaré el palo bien cagado”.

Atorado, estoy. En la maestría, como en la vida general, no gocé ni del favor ni de la simpatía de la mayoría de los habituales. Sin embargo, nunca les di un motivo real para que me atoraran al momento de calificar mi desempeño. La tesis supondría, en cierta forma, la continuidad de esa actitud infantil: una burla que, apenas arañando, lograra calificar con los requisitos suficientes para que no me la metan por el orto y me asignen un tema a investigar. Uno de esos que son serios y les gusta a la gente culta que, vaso de vino en mano, se preguntan si el final de la Celestina vaticina la modernidad de occidente.

Quiero dejarle bien cagado el palo a mi alma mater, en pocas palabras. Y la mejor forma que encontré fue proponiéndome hacer lo que hago mejor, escribir –que eso no significa que sea bueno, que conste. Y la quijotada –le robo el uso del término en este contexto a Momo– bien vale la pena porque promete ser, ante todo, divertida. Consiste en un novela que, para su defensa, me permite echar mano de todo lo que ignoran mis asesores por esta simple y sencillamente fuera de su campo de interés inmediato. No puede haber elección más pícara cuando se toma en cuenta que, atiborrados de trabajo como están –y  teniéndome en tan mediocre concepto como me tienen–, será infinita la pereza de sumergirse en temas que apenas puede ser considerados banales.

¿De dónde aprendí tan pírrica estrategia? Ni más ni menos que de uno de sus libros: El periquillo sarniento. Este Bart Simpson colonial me enseñó que, si no la ganas –ni la empatas–, ríndete para perder y que no te ganene. De eso no sólo trata el hacer mi tesis, sino la tesis en sí misma. Porque, ¿para qué ser un buen perdedor cuando se puede ser un perdedor feliz? O al menos, uno sonriente. Como la presa que, cuando está por fin atrapada, decide suicidarse sólo para no darle gusto a su victimario: para cagarle el palo a la vida de mierda que lo hizo, para empezar, conejo y, para terminar, presa de un cazador y sus perros.

Esa era, a final de cuentas, la única manera de sobrevivir al Call Center… y no creo que el mundo diste mucho a pasar una vida contestando teléfonos. Hi, this is Allen, how can I assit you today?

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Un comentario en “Quijotadas (o de la tesis I)

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