No me gustan las fotografías

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I

No me gustan las fotografías. Ni digitales, ni en papel.
Tampoco, las apps.
De hecho, ni siquiera confío del todo en los móviles.
Menos si se presumen de smartphones.
Supongo que nunca he confiado en algo que sea más listo que yo.
O que el promedio de las personas que me rodean.

Edificios, elevadores, sistemas de flujo… todos inteligentes.
Me dan desconfianza.
Básicamente, porque a la mayoría de sus usuarios les queda holgado el adjetivo.

Deberían de ver el desmadre que es tomar un “elevador inteligente”…
Por la mañana, todos los empleados congestionan el pasillo de los asensores.
La regla es simple: pulse el piso al que se dirige; tome el elevador que le indica la pantalla.
¿Y qué pasa?
Pues nada, los muy vacunos no pulsan el botón.
El primero en llegar digita, digamos, el 14.
Los otros siete vacunos que también van a ese piso, se arremolinan donde ven al primero esperar.
La regla lógica ha sido quebrantada, el servicio se vuelve un desastre.
Para el “elevador inteligente”, 1 persona va al piso 14, no ocho.
Entonces, en el mismo cubo ubica a otras 19 personas que van a un piso cercano.
Mismas que no serán 19.

Al abrirse las puertas, los modelos de saldo de Milano se empujan para entrar.
Sólo entran unos cuantos. El elevador chilla. Los últimos deben salir.
Poco importa si pulsaron el botón.
Los vacunos que no lo hicieron demandan que baje.
Y baja.
De camino al piso 14, se escuchará, por regla, algún comentario sarcástico sobre la inteligencia del aparato.

Cuánto te odio humanidad.

II

No me gustan las fotografías. Ni digitales, ni en papel.
Nunca he logrado fotografiar aquello que quiero recordar.
Quizá sea falta de pericia.
Quizá mis ojos ven algo distinto (no sería la primera vez).
Pero siempre es otra cosa.

Ni mi rostro, ni mi cuerpo ejercen fascinación alguna sobre mí.
¿Para qué perder mi tiempo y batería en fotografías en picada?

Tampoco me gusta que mis amigos me fotografíen.
¿Por qué debo recordar así –o con ese pretexto– determinado momento?

No me gusta fotografiar los monumentos que visito.

Ojalá alguna cámara pudiera tomar la vista que, en estos días, tengo de los edificios de Reforma.
Entrever en la noche los pisos de la torre de HSBC que siguen encendidos.
El ajetreo que se adivina en la Torre Mayor.
El helicóptero que aterriza cerca de la glorieta de la Diana.
Las grúas que descansan apacibles en la cima de un edificio en construcción.
Las luces tímidas de las ventanas en los edificios y casas de Río Grijalba.
El reflejo de una farola en el cristal.

Una cámara nunca podrá captar eso.
Quizá porque nada de eso existe (o existió) en este momento.

III

No me gustan las fotos. Ni los retratos, ni los paisajes.
Poco importan si están impresas en papel o iluminadas en la superficie de un monitor.

La vida sería mejor sin vernos las caras.
Al menos si estamos lejos.
O si nos leemos y no nos conocemos.

No estoy abogando por quedar ciego.
Tan sólo por depender exclusivamente de la (mala) memoria.

Un pasado construido es un pasado feliz.
Las fotografías sólo nos quieren atar a la realidad.
(O hacernos soñar con pretexto de la realidad).
A mí no me importa si Facebook compró Instagram.

Me importa que nunca nadie puede hojear mi memoria.

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Un comentario en “No me gustan las fotografías

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