Al otoño le sigue el invierno

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Al otoño le seguirá el invierno; al día de hoy, el olvido.
Así, puesto por escrito, las palabras se escuchan graves. Fuera del monitor las hojas caen, la noche avanza, cada día hace un poco más de frío. Olvidamos que el camino de todos los días algún día dejará de serlo; que la monserga diaria dejará de ser abrevadero de cansancios, que el pasado se hará polvo, que los edificios que hoy nos parecen lozanos mañana darán lugar a otros. Así se nos escapa la vida, con una sutileza tan fría que espanta.

Si bien me aferro a pensar que el futuro es brillante –en verdad, es brillante–, tampoco puedo negar que ahora es incierto; que me angustia tanto como una hoja en blanco. Planes, monumentos, planetas y constelaciones se han venido abajo como castillo de naipes. No es la primera vez que ocurre, pero quizá jamás me acostumbre a presenciar cómo aquello que uno pensaba que era sólido –esa paz al dormir, esa certidumbre, esa sonrisa inesperada que se dibujaba en mi rostro por las mañanas–, cómo todo aquello se derrumba en cuestión de días, como si nunca hubiera existido.

Pero no se me tome a mal. Aquí no hay tragedias. Sólo vida. Perdí un futuro que, de entrada, nunca tuve. Precisamente porque era futuro, aún no sucedía, nunca sucedió. Perdí un presente que me devolvía esas ganas de levantarme de la cama y salir por la puerta, pero de todas formas lo hubiera perdido: era tiempo presente y, todos sabemos, está condenado a ser pasado. En cambio, he ganado recuerdos que, aunque por ahora son dolorosos, después serán puntos de referencia y anécdotas, pretextos para decir frente a una cerveza “¿Te acuerdas… mira cómo ha pasado el tiempo?”. Insisto, aquí no hay tragedias, sólo desgracias. Pero la desgracia como la desdicha son sólo huellas de que uno, en algún momento, fue feliz. Felicidad que quizá, como el boomerang, regrese.

Ya otras veces me he dicho lo mismo que me he viniendo diciendo. Ya otras veces he sentido esta pesadez que me recuerda al cielo cayendo sobre los hombros. Ya otras veces… a pesar de que ahora sea distinto (a pesar de que siempre haya sido distinto). Ése es mi consuelo, la recursividad; el saber que, como decía Epicuro, los dolores grandes matan, los pequeños desaparecen. Y aún no estoy muerto, así que este dolor y esta tristeza tarde o temprano se irán y darán paso a cosas nuevas.

Hasta hace unos días me decía que no había tenido oportunidad de jugar mis cartas. No podría estar más equivocado. Jugué todas las que tenía y quiero pensar que lo hice sabiamente. Sin embargo, cuando se juega en equipo, a veces no basta con que uno de los integrantes las juegue bien, se necesitan otras tiradas para poder ganar la partida; se necesita pericia, se necesita sincronía… se necesitan tantas cosas que no hubo y que ni siquiera hay ánimos de recriminar. ¿Por qué cómo uno puede recriminarle algo a alguien que eligió para que jugara de su bando?

Los torneos terminan, las hojas afuera del monitor caen, cada vez hace más frío. Y a pesar de todo, al menos por hoy, de nuevo tuve Chapultepec, la bicicleta de ida y vuelta a la oficina, los amigos, la lluvia, el frío y el cielo nublado. Todo aquello que no es mío, ni de nadie en específico y que por lo tanto no puedo perder (precisamente porque nunca ha sido mío).

El único asegún, el único talón de Aquiles en esta estrategia es que pensar que la vida sigue es perderle un poco el sentido a todo. Porque si no importa si se elige A sobre B, si el mundo colapsa y si ahora lo inunda el dolor. Si nada importa porque la vida sigue, todo se relativiza, todo se vuelve ambiguo, todo da lo mismo. ¿Pero a mí qué bien me haría saber que el resto del equipo sufre, que el resto del equipo me extraña, que el resto del equipo me considera valioso? Nada. De nada serviría para menguar mi dolor. Tampoco, creo, me haría mal. Pero como reza la canción, “¿Para qué repartir piraguas entre los que no están?”. La vida se juega con las cartas y las personas que están en la mesa, las demás… como las hojas, como el frío, como el otoño y después el invierno: me son ajenos. Hermosos y ajenos.

Para caminar bastan unos pies que funcionen, y los míos siguen andando. El futuro es brillante, aunque (me) cueste creerlo.

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Todas esas pequeñas desgracias

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Más que un abrevadero de preguntas, la desgracia bien puede ser la respuesta a algún cuestionamiento pasado. Una respuesta, quizá, a nuestros ojos, desproporcionada. Tal vez, algún día –cualquier día– nos preguntamos si seríamos felices; quizá si dejamos o no la plancha encendida; si existe alguna razón, aunque sea nimia, para levantarse todos los días.

Y entonces llega la respuesta. De golpe, como un meteorito o un terremoto que, sin querer, lo destruye todo. Como una… como una desgracia.

Quizá tan desprevenida como fue la pregunta es la respuesta. Quizá, igual de inútil. De qué sirve tener una respuesta cuando se desconoce la pregunta. Tal y como sucede en “Guía del Viajero Intergaláctico” cuando los seres más inteligentes del universo deben arreglárselas con un “42” como la respuesta última del universo. ¿Cuál es la pregunta correcta? Hasta ahora, para eso, no hay respuesta. Quizá una desgracia que, tratando de dar respuesta, se convierta en abrevadero de nuevas preguntas.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que la desgracia, en sí misma, guarde un remanente de la pregunta que lo originó todo. Las desgracias –incluso la suma de todas esas pequeñas desgracias– tienen un sabor distinto. Porque no es la misma aquella que provoca el azar y el infortunio que aquella que parece venir con la inercia del brazo. Todas tienen un sabor, un olor, un candor peculiar que pareciera recordarnos su pregunta, con la misma fugacidad del sueño que se escapa al despertar.

¿Cómo leer una desgracia? ¿Cómo entender la pregunta que conlleva? No lo sé. La desgracia golpea mi cabeza y la única acción coherente que se me ocurre es seguir delante. ¿Por qué, para qué? Ni yo lo sé. Pero de nada sirve quedarse. Da lo mismo. Y seguir aunque sea tiene el consuelo de dejar atrás el día, de dejar atrás la noche. De seguir, aunque sea para encontrar otras desgracias.

Toda desgracia se termina. Quizá ahí comienza la respuesta de la pregunta. Una vez terminada puede que sólo quede mirar sorprendido que la respuesta no justificó la destrucción masiva; que la pregunta era demasiado pequeña y la respuesta irrelevante. Pero puede que sea lo mejor que nos haya pasado. Puede que la desgracia sólo abra la puerta que uno pensó se cerraba. Puede que la desgracia sea tan sólo el inicio de una respuesta que iluminará un buen trecho del sendero. Aún y cuando sea el sendero ya recorrido.

El futuro es brillante

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La adolescencia fue un periodo aciago, particularmente oscuro durante la secundaria. A tal grado está ennegrecido que, al mirar atrás, sólo encuentro un retrato de mí mismo que me cuesta reconocer, precisamente, como mío. Esta fotografía sobreexpuesta por la luz de la memoria ha perdido todos los matices que podrían devolverle un volumen de realidad a aquel rostro severo. Ese muchacho de camisa roja a cuadros y mochila verde al hombro me parece un total extraño.

O casi… aunque los recuerdos que conservo son escurridizos, aún puedo contar historias a partir de los fragmentos. Historias quizá incompletas y forzadas hasta tener sentido, como el reflejo que nos devuelve un espejo roto. Sin embargo puedo verme ahí, sentado al filo del precipicio, esperando una boleta de calificaciones donde más de la mitad de la materias estarían deshonrosamente reprobadas. Puedo verme ahí, desconsolado y temeroso, frágil e inmóvil, separado del mundo por una malla invisible que apenas me deja sentir el mundo exterior.

Y en medio de ese desasosiego, también puedo ver brillar una convicción que para algunos podría pasar como una esperanza. A pesar de los ceros y unos –mi boleta bien podría haber pasado por un mensaje escrito en código binario– en mí residía la certeza de que no reprobaría el año escolar. No sé cómo, pero lo sabía. A pesar de la decepción, el miedo y la tristeza, en mí yacía la seguridad de que no iba a reprobar. ¿De dónde venía esa seguridad? No lo sé. Sólo estaba ahí, como una certeza o una ley natural, incuestionable.

Han pasado los años, esa fotografía ahora me es casi irreconocible –e irreconciliable–, pero esa certeza permanece. Incluso en el momento más oscuro he podido decirme que “El futuro es brillante“. Y lo es, lo sigue siendo a pesar de todos. Lo repito en las buenas y las malas, casi como un ensalmo o un hechizo. El futuro es brillante. Es y será brillante, no importa qué. Es brillante. Lo es.