2 Vivir de prestado

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Despertar se ha convertido, más que en una convicción, en un hábito. Quizá, incluso, en una mala costumbre. Pero supongo que no debería (ni podría) ser de otra forma. ¿O sí? Uno simplemente despierta, pone un pie tras otro y sale al mundo. ¿A qué? No sé. Pero sí salimos al mundo. Despertar se ha convertido en una rutina; y a veces creo que todos los rituales matutinos podrían ser en realidad una coreografía de nada sincronizado: yuxtaponer todos los días y ver como el uno mismo del lunes se empalma con el yo del martes, el miércoles y el viernes, todos poniéndose los calcetines con la misma cara, al mismo tiempo.

Cada que despierto camino a la cocina por un vaso de agua. Me gusta salir de mi cuarto, caminar descalzo por la losa y encontrar, a veces, a Davo trabajando aún en sus códigos. Otras, a Gabs corrigiendo algún texto con un cenicero retacado de colillas a su lado. E incluso me gusta toparme a Kat en los sillones rodeada de amigos, tratando de mantener viva una fiesta que debió de haber terminado hace muchas horas. A veces sólo me gusta salir y encontrar la casa vacía; o al gato echado mirándome; o la ventana entrecerrada; el fantasma pasando sus dedos por encima de los lomos de los libros del librero. Caminar sobre la losa fría, beber un vaso de agua, mirar por la ventana y empezar el día; eso, creo es estar vivo.

Desde hace un tiempo, no me tomo a mí mismo muy en serio. Igual que despertar, pensar ahora también es un hábito. Un mal hábito. A tal grado que, a veces, cuando me sorprendo pensando en cosas o personas que no convienen,  detengo cualquier cosa que esté haciendo e imagino cómo arranco el pensamiento de mi cabeza y lo echo al suelo, donde lo apago con la punta de mi tenis, como si fuera un cigarro. Lo hago a menudo. Y después trato de fingir que no pasó, que todo está bien y me esfuerzo por tararear una canción alegre. (Esa levedad, quizá, también sea un mal hábito).

Quizá, ahora, la mayor parte de mi vida sea una costumbre. Lo permito porque, tal vez, de alguna forma, si sigo así, si pongo todo mi empeño en vivir así –aunque se sienta como “vivir de prestado”–, logre hacer que sobrevivir sea para mí, más que un hábito, un reflejo fisiológico. No quiero volver a desmoronarme. Tampoco ya me quedan más ciudades a las que pueda salir corriendo. Y en esta casa suficiente tenemos con un fantasma. Por eso, y si me disculpan, debo arrancarme este pensamiento, echarlo al suelo y, con cuidado, sin rencor, apachurrarlo con la punta del tenis. (Es que ya no me puedo permitir desmoronarme….).

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1 El futuro es brillante

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En casa tenemos un fantasma. O al menos de eso tratamos de convencernos. Bien podríamos pretender que tenemos un gato o un amigo imaginario. O, incluso, una “vida propia” –signifique eso lo que daba significar. Hablamos de él siempre en voz baja, como si no quisiéramos incomodarlo. Y nos esforzamos en atribuirle pequeñas victorias, como escondernos las llaves o el par de una calceta. También, el sonido de una canica que rebota a horas poco corteses, el arrastrar de las patas de un mueble y los trastes que se azotan pasada la media noche. Nosotros tenemos un fantasma como otros tienen gatos, amigos en común o, incluso, una vida propia –signifique, insisto, lo que deba significar.

A nuestro fantasma le gustan las cerezas, pararse largo rato frente a la puerta de entrada y, en los días nublados, mirar desde el balcón. A veces pasa el dedo por el lomo de los libros del librero. Otras, encuentra un poco de sosiego en el cuarto de Kat, observando con interés su colección de velas, inciensos y otros artilugios wicca que con el paso de los años han ido transitando de la devoción a la decoración. Pero el sosiego no le dura mucho. Cada que se azota la puerta de la pieza de Gabs le atribuimos el hastío de Penélope aventando el tejido lo más lejos posible. Sobre todo porque al poco tiempo la puerta se vuelve a abrir con la misma delicadeza que la reina tendría para levantar su tejido.

A ojos de los demás esto no debe ser más que un juego pueril. Pero a los míos es algo un poco más complejo. Es la única forma que hemos encontrado de acortar la distancia entre lo que somos y los libros que hemos leído; entre lo que somos y la vida que nunca tendremos. Es la única rebeldía que nos hemos dado el lujo de traer con nosotros “al tercer piso” de nuestra vida adulta. Porque si hemos renunciado a las marchas, la filosofía y la espiritualidad, no hemos claudicado aún en nuestra reticencia y desconfianza hacia el “mundo de verdad”; ése del cual todos venimos a refugiarnos aquí.

Por eso, creo, nos hemos inventado este fantasma que justo en este momento mira por el balcón con la misma nostalgia que miro mi pasado. O peor aún, el futuro que abandoné.