1 El futuro es brillante

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En casa tenemos un fantasma. O al menos de eso tratamos de convencernos. Bien podríamos pretender que tenemos un gato o un amigo imaginario. O, incluso, una “vida propia” –signifique eso lo que daba significar. Hablamos de él siempre en voz baja, como si no quisiéramos incomodarlo. Y nos esforzamos en atribuirle pequeñas victorias, como escondernos las llaves o el par de una calceta. También, el sonido de una canica que rebota a horas poco corteses, el arrastrar de las patas de un mueble y los trastes que se azotan pasada la media noche. Nosotros tenemos un fantasma como otros tienen gatos, amigos en común o, incluso, una vida propia –signifique, insisto, lo que deba significar.

A nuestro fantasma le gustan las cerezas, pararse largo rato frente a la puerta de entrada y, en los días nublados, mirar desde el balcón. A veces pasa el dedo por el lomo de los libros del librero. Otras, encuentra un poco de sosiego en el cuarto de Kat, observando con interés su colección de velas, inciensos y otros artilugios wicca que con el paso de los años han ido transitando de la devoción a la decoración. Pero el sosiego no le dura mucho. Cada que se azota la puerta de la pieza de Gabs le atribuimos el hastío de Penélope aventando el tejido lo más lejos posible. Sobre todo porque al poco tiempo la puerta se vuelve a abrir con la misma delicadeza que la reina tendría para levantar su tejido.

A ojos de los demás esto no debe ser más que un juego pueril. Pero a los míos es algo un poco más complejo. Es la única forma que hemos encontrado de acortar la distancia entre lo que somos y los libros que hemos leído; entre lo que somos y la vida que nunca tendremos. Es la única rebeldía que nos hemos dado el lujo de traer con nosotros “al tercer piso” de nuestra vida adulta. Porque si hemos renunciado a las marchas, la filosofía y la espiritualidad, no hemos claudicado aún en nuestra reticencia y desconfianza hacia el “mundo de verdad”; ése del cual todos venimos a refugiarnos aquí.

Por eso, creo, nos hemos inventado este fantasma que justo en este momento mira por el balcón con la misma nostalgia que miro mi pasado. O peor aún, el futuro que abandoné.

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