Mirar (por) la ventana

Estándar

A veces quisiera detener el tiempo con una mano. Y recuerdo, entonces, cuando de niño intentaba detener de la misma forma el avance de las olas del mar. A veces quisiera manipularlo, como si tan solo girando una manivela pudiera hacerlo correr hacia delante. O hacia atrás.

Sin embargo, cuando miro a través de la ventana, cuando miro la noche recortada por los edificios de Reforma, sé que no existe tal cosa como el tiempo. En cambio, afirmo, existe la noche y las luces; el sonido de los autos y, hacer unos meses, también de la lluvia. Entonces, ni ganas de tener manos que detengan olas ni que hagan girar manivelas.

También, si estiro un poco el cuello, puedo ver algunos departamentos con las luces encendidas. Con algunos cuadros en la pared. Con siluetas que atraviesan, que a veces también se detienen y miran por la ventana. Ellos no ven los edificios de Reforma, pero me ven a mí. ¿Qué pensarán de mí, que paso tanto tiempo frente a la ventana?

A veces, cuando miro por la ventana, veo venir a Katya. A veces, a Marco. También, si la abro y miro al suelo, a veces puedo ver llegar a mi madre. Pero a veces miro la calle y espero ver a personas que sé no vendrán. Entonces se me encoje un poco el corazón y me obligo a pensar en otras cosas. No quiero pensar en quienes no podrán venir.

No siempre es fácil olvidar el tiempo mirando por la ventana. Especialmente en los días soleados. Cuando las hojas brillan y hace un poco de viento, me pregunto si alguna vez volveré a presenciar un día así. No el mismo. Tan sólo uno similar. Entonces me entran ganas de hacer todo tipo de cosas. Y entonces termino no sabiendo qué hacer y odiando los días soleados.

Aviones cruzan el cielo por la noche. He escuchado que algunos se guían siguiendo Reforma desde el cielo. Y cuando pienso en ello, me alegro. Pienso que la felicidad y los aviones va de la mano. También, por las noches, llegan helicópteros a los edificios de Reforma. Se estacionan en sus azoteas. Y miro cómo su luz refulge más que las demás. Los veo, intrigado, pensando en quién podrá ser. Nadie que conozca, seguro. Y no sé por qué, los imagino tristes. Los helicópteros y la felicidad no creo que vayan de la mano.

También hay un árbol. Un árbol frente a mi ventana. Me gustaría que en él vivieran aves o ardillas. Pero sólo vive en él cierta tristeza de otros días. Otros días en que miraba ese árbol con novedad. Por eso, igual que a las personas que sé no vendrán, tampoco le dedico mucho tiempo de observación. Que esté cerca está bien, que me le quede mirando, no tanto.

Y quizá, lo más importante de mirar a través de la ventana, sea el deseo, siempre oculto, de algún día volar. Y volar lejos, hasta desintegrarme. O pensar, como cuando era niño, que en cualquier momento mi cama remontará y volará a través de la ventana. ¿Adónde? No lo sé. Y creo que en este tipo de cosas, lo que menos importa es el destino, sino el viaje.

La vida, quizá sea un poco como mirar la ventana.

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