Río Pánuco esquina con Tíber

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Quizá Cristo haya sido el único amor que conoció mi abuela. Atrapada a medio camino entre mujer y santa, lo buscó bajo la vestidura litúrgica de los sacerdotes. Ahí donde ellos también estaban en un punto muerto entre los hombres y la eucaristía.

Hoy he pensado en esto de camino a casa.

Bajando sobre Tíber, casi al llegar a la tienda que está en esquina con Río Pánuco, escuché un portazo. La prostituta que al final de nuestras noches de farra habíamos visto esperar debajo de una farola, se alejaba de un auto estacionado en doble fila.

Su pelo cano se escurría por debajo del sombrero de fieltro morado que siempre usa a juego con su abrigo y tacones.

¿Cuántos años tendrá? ¿Quizá más de 60? Sin embargo, no fue su edad lo que me remitió a mi abuela y su ambigua relación con los sacerdotes a los que dejaba estacionar su auto en nuestra cochera.

Fue el color de su ropa. Me remitió a la estola que utilizaban durante los tiempos de cuaresma. El mismo que alguna vez me explicaron simbolizaba la espera, pero también el dolor, la discreción y la penitencia.

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