Extrañar es un oficio solitario

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I

Extrañar es un oficio solitario.
Por eso, a solas, me recuesto en la cama y me quito la camiseta.
Paso mis yemas por la frente.
Una y otra vez.
Las que sean necesarias para desenterrar un recuerdo feliz.
(La expresión de tu rostro en la terminal de autobuses, tu cuerpo semi-desnudo tambaleándose de borracho, los espárragos que cocinaste a la mantequilla, el sabor de las cerezas).
Con lentitud levanto mi mano y la llevo hacia mi pecho, teniendo cuidado de que esos recuerdos (tus ojos, la lluvia, la forma en cómo te bañas) no se desprendan de mis yemas.
Me toma a veces varios intentos lograrlo.
Los recuerdos, de tan felices, son escurridizos.
(El truco es desenterrarlos y procurar que también se le peguen algunos malententidos, palabras que no quisimos decir y desencuentros; porque sólo después de esos momentos nos damos cuenta de cuánto nos amamos y cuánto queremos arreglar las cosas).
Con nuestros recuerdos en mi pecho, comienzo a acariciarme.
Paso las yemas por mi piel, despertándola del letargo, humedeciéndola con la memoria (de tus ronquidos, de una semilla de eucalipto, de tu mano tomando la mía en la feria del libro).
A veces bajo mi mano hacia mi estómago, siguiendo los rastros que en mi piel dejaste.
Y a veces voy más allá, más abajo, buscando un cordón rojo que a veces se enreda en mi sexo enhiesto.
Continúo con los brazos y las piernas si es necesario.
E incluso regreso las yemas a la frente para tomar más memorias (nuestra Venecia en Plaza Washington, tu voz en el teléfono, tu cuerpo tendido sobre el mío).
El miedo a perderte, mis demandas, nuestras respectivas inseguridades y el hastío del día a día a veces entierran ese cordón rojo debajo de costras.
Entonces varío las proporciones.
Deslizo mis yemas y atraigo más de esas memorias amargas para recordar que aún quedan ganas de encontrar la manera de estar juntos.
Y vuelvo a acariciarme por los caminos que tus manos me enseñaron.
(Tú lo dijiste: no es necesario tomarme por asalto).
Y lo encuentro, siempre, debajo de esas costras.
Y lo acaricio.
Y lo tenso para que se levante de mi piel.
Para sentirte más cerca al saber que del otro lado (al otro lado del mundo) estás tú.
¿Has sentido mis tirones?
¿Sientes cómo te llamo?
¿Mis recuerdos, dulces y amargos, se deslizan hasta Europa?
Extrañar es un oficio solitario.
Porque requiere práctica y dedicación.
Práctica para encontrarlo a pesar de mis miedos, inseguridades y demandas urgentes.
Dedicación para hacerlo con paciencia de relojero y curiosidad de enfermera buscando una vena para extraer sangre.
Y mucho cuidado, también.
Para no enredarme el cordón en el cuello y asfixiarme de tristeza.
Para no enredarlo en mis brazos y quedarme sin hacer nada.
Para no drenarme de recuerdos felices y amargos.
(Que ambos los necesito, que ambos son igual de valiosos).
Paciencia, dedicación y cuidado.
Por eso, para mí, extrañar es un oficio solitario.

II

Hoy mi cartera cayó en uno de los excusados del trabajo.
Al levantarme del asiento y subirme el pantalón, resbaló del bolsillo.
Reaccioné rápido.
Pero no pude evitar perder un objeto tuyo.
Guardaba en la cartera un papel que te aventó la máquina en el aeropuerto.
Decía que debías registrarte antes de media hora de que partiera el vuelo.
Ese día estabas demasiado preocupado.
Yo, demasiado apenado.
Lo guardé por mero reflejo.
Y hasta hoy lo encontré.
Sin darme cuenta y de muchas formas siempre estás conmigo.
Extrañar, a veces, no es un oficio solitario.

III

Hoy entrecerré la ventana y la chamarra ya no fue una cortesía.
Hoy está haciendo frío.
¿Habré herido el orgullo del invierno?
En unas horas será el solsticio de invierno.
El sol alcanzará la máxima declinación norte (+23º 27’) o sur (-23º 27’).
Será a las 5 de la mañana con 11 minutos.
Pero en Inglaterra –allá, en Londres– será a las 11:11.
Será una bonita coincidencia.
Extrañar es un oficio solitario.
Un trabajo que te lleva a otros lugares.
Que te hace participe de otros eventos.
Un cordón rojo que se tensa para mandar palabras de aliento.

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