Escribirle finales al mundo

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El fin del mundo no llegó. Ni el tránsito por el cinturón fotáltico, ni la quinta dimensión, ni los tres días de oscuridad. Nada. Otro fin del mundo ha terminado sin siquiera .

I

En mi sueño, caminaba con Adriana sobre Madero, en el Centro Histórico. En mi sueño –y también en aquellos días– Madero no era una calle peatonal; la banqueta estrecha, los mares de gente, los automóviles pitando, nosotros esforzándonos por conversar.

Al llegar al KFC, cerca del Museo del Estanquillo, el clamor de trompetas nos hizo mirar al cielo. Ángeles enormes –similares a los de la etiqueta navideña de tequila Centenario– tocaban los instrumentos semiocultos por las nubes.

Sin miedo, intranquilidad o cualquier emoción, todos dejamos lo que estábamos haciendo: caminar, comer, conducir, gritar. Comenzamos a aplaudir. Los aplausos sofocaban el sonido de las trompetas. Todo el mundo –literalmente– aplaudía.

Puertas emergieron del suelo y paredes. Todos comenzamos a formarnos frente a ellas de manera ordenada, atravesándolas por turnos. Nadie comentaba, nadie se tomaba de la mano. No había emoción alguna.

Todos atravesábamos las puertas. El mundo se había terminado, y con él, el tiempo. Nada humano puede existir sin tiempo.

II

Durante mis últimos años como profesor, solía despertar a mitad de la noche, sobresaltado. Me recuerdo despertando de golpe, empapado en sudor y mirando hacia la ventana, siempre teñida de luz roja.

A pesar de que la cortina blanca era gruesa y no permitía el paso de la luz, al despertar siempre la veía roja, como si una explosión o un incendio aguardara del otro lado. Recordaba –con la mecanicidad que se da el primer paso– que una débil visual, a miles de kilómetros de Hiroshima, vio el resplandor cuando soltaron la bomba.

Siempre es la misma imagen. El mismo recuerdo. Y luego volvía a la cama, como si nada hubiera pasado. ¿Cuántas veces se terminó el mundo durante ese año?

III

En mi sueño era niño otra vez. Era de noche y miraba por el ventanal de mi cuarto en la casa de la Narvarte. Miraba el cielo y, por una extraña coincidencia de planetas y alineaciones las estrellas se veían más cerca que nunca.

También los planetas. Todo el cosmos se miraba desde mi ventana como si tuvieran el tamaño de pelotas; como si estuviera en realidad viendo una exposición del Museo de Historia Natural. O aún mejor, como si ese diorama cobrara vida.

Recuerdo haber llamado a mi hermano en el sueño y ambos ir por una escalara para intentar tocar los planetas.

Al despertar y ver la litografía de Noche Estrelladas sobre mi cabecera, me entristecí. A pesar de lo alegre que había sido el sueño, había un subtexto que pensé había quedado atrás desde hace muchos años… recordé que Van Gogh pintó ese cuadro tras un sueño donde él volaba hacia las estrellas. Un sueño que suele interpretarse en la vida del pintor como un deseo suicida.

Esa mañana, al despertar, también se me terminó el mundo.

IV

Antes de tomar la decisión de regresar al DF, sentado en los Fuertes de Loreto y Guadalupe, escribí en mi libreta: “que el mundo se acabe antes de que el mundo acabe conmigo”.

Pero el mundo no se acabó ayer. Tampoco ha acabado conmigo. ¿Cuántos fines del mundo tendrán que terminar antes de que empiece “el bueno”?

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