Llenar un agujero con el agua del mar

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I

El dicho “a río revuelto, ganancia de pescadores” no parece tener validez para los asuntos de la mente. Cuentan que un día, ya cerca del atardecer, el de Hipona salió a caminar a la playa con la cabeza hecha un nudo; llevaba a cuestas una temporada amarga tratando de dilucidar el misterio de la Trinidad valiéndose únicamente de la razón.

Mientras paseaba cerca de la orilla, divisó un niño cavando un agujero con una pala y tratando de llenarlo con agua de mar. Al tenerlo cerca, el africano le cuestionó con dulzura su afán por acarrear el océano a tan pequeña morada. “Es imposible”, le dijo, buscando aleccionarlo, “¿cómo vas a poder, si el mar es grandísimo y ese hoyo y la pala muy pequeños?”. El niño ni siquiera le dedicó una mirada. “Sí podré”, le dijo. “Antes llenaré el hoyo con todo el agua del mar que tú comprendas la Trinidad con el entendimiento”.

Dicho esto, el pequeño desapareció. San Agustín –dicen– achacó el suceso a los hilos de la Providencia que siempre proveen agua al sediento y remanso al que vive una tormenta al interior de su cráneo.

II

Apenas el lunes pasado platicaba de esto con Marco (aunque el tema ha sido una plática recurrente en los últimos meses). Sentados en una de las mesas de Mr. Kellys, durante nuestras horas de comida, intercambiábamos impresiones de lo que podría ser entendido por “misticismo”.

La finalidad del ping pong de palabras frente a dos hamburguesas respondía a fines más humildes que los de Agustín de Hipona: no buscábamos acceder a la divinidad (mucho menos ganarla la vida eterna a todos los humanos), apenas deseábamos escapar del mundo; ése que si no se acababa el viernes pasado, amenazaba con acabarnos a nosotros.

Dijimos mucho a pesar de saber tan poco. Especialmente yo, que tengo esa mala costumbre de equilibrar con imaginación y memoria lo que me hace falta de inteligencia. Sin embargo, para mí, la piedra angular estaba precisamente en aquello que señalaba el niño (Dios) al santo frente al mar del continente negro. Lo místico radica en el abandono de la necesidad por explicar algo.

A partir de ahí nuestros caminos se bifurcan. Para Marco, este abandono conduce a la vigalantia, un estado de vigilia permanente (con ecos del estoicismo romano) donde uno busca recordar todo el tiempo que “esto es agua“. Para mí, este abandono conduce a la duda; ya no como un principio para la escalada hacia la verdad, sino como una pausa al pensamiento. Me recuerda al atentio agustiniano, el tiempo presente del alma.

III

Miro hacia atrás, miro hacia adelante. Incluso, me detengo a mirar el ahora: el cursor que parpadea en la pantalla en blanco, la música de Aubry que sale de las pequeñas bocinas de la computadora de mi madre (incluso el tirón del nervio de la pierna izquierda, mi cabello todavía húmedo tras el baño, la voluta de humo que escapa del cenicero). Miro hacia todos los tiempos y nada sé.

O quizá me engaño. Sí sé. A pesar de la poca incidencia que tenemos en nuestras vidas, de las pocas cosas que realmente podemos decidir, encuentro otras, mías, donde recae todo el peso de mi voluntad (y por ende, toda mi responsabilidad). Son cosas pequeñas, pero al ser las únicas, se vuelven para mí las más importantes.

Alrededor miles de ideas vuelan tratando de aguijonearlas con dudas y razones. Sin embargo, esas pocas, se mantienen firmes (o quiero al menos –eso decido– que se mantengan firmes). Una de ellas es ese “no sé” que es como un cerrar los ojos y escuchar la música. Es un simple “no sé” que me libera de mirar hacia adelante o hacia atrás. A final de cuentas, yo para que quería llenar un agujero con toda el agua del mar.

 

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