¿A dónde se van los cuerpos?

Estándar

¿Será idea mía? Algo parece estar ocurriendo en mi cuerpo.
No es un revolución. Tampoco un levantamiento. Ni siquiera un atisbo de protesta.
Siento como si lo estuviera perdiendo.
No: como si me lo estuvieran robando.
¿A dónde se está yendo mi cuerpo?

Comienzo a mirarlo con suspicacia.
(El tacto también es diferente: el pelo, la piel, el tegumento de los labios; todo es distinto).
Mis músculos parecen estarse encareciendo.
Sobre todo los de las piernas; esos que sin necesidad de tensar siempre estaban firmes.
No quiero pensar –alejo la idea lo más que puedo– que estoy muriendo.
Pero en las últimas semanas ha cambiado tanto…

En el departamento sólo hay un espejo.
Trato de pasar desapercibido.
(Si pudiera, le pondría un velo).
En mi rostro a pesar del sueño aparecen ojeras.
El cansancio me asalta de maneras insospechadas.
Y quiero pensar que todo está en mi mente.
Pero es difícil concentrarse cuando el costado, duele; cuando al orinar, sangro.

Nunca he sido bueno afrontando los cambios.
Siempre he combatido mis miedos.
Pero ahora me miro, y me miro distinto.
Toco con mis dedos los agujeros del cinturón que han ido quedado rezagados.
Subo con fuerza los pantalones que cada día parecen caer más fácil.
¿Será esto lo que llaman envejecer?

Tantas plantas se han marchitado en el balcón por mi negligencia.
Me cuesta trabajo alejar esa imagen.
Tanto como me cuesta aceptar el pedante “no sé” del médico.
O el “debemos esperar a la cirugía”.
“Los estudios nos dirán algo”…

Me cuesta lidiar con mis nuevas debilidades.
Con el cansancio injustificado.
Con las pocas ganas de caminar de regreso de casa.
Con la duda de si debo irme o no en bicicleta al trabajo.

No sólo siento que pierdo mi cuerpo, también sus placeres.
Y con ello, me pierdo un poco.
¿Será que todo yo estoy cambiando y no me he dado cuenta?
¿Será que quiero aferrarme a no hacerlo?
Quizá tan sólo sea mi poca paciencia a las recuperaciones.
O mi temor de regresar al hospital, las fiebres y los dolores…

Como cuando en las cascadas de Cuetzalan caes de espalda, me llamo por mi nombre.
“Ven”, me digo, “regresa”.
Lo digo tres veces.
En esta ocasión no para que mi tonal regrese, sino para que el cuerpo me sea regresado.

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