Todo lo que se oculta detrás de un “bien”

Estándar

Cada que alguien me pregunta cómo estoy le respondo que bien.
Sin embargo, hay mucho que se oculta detrás y no puedo decir por falta de pericia.
Todo sería más fácil si tuviera siempre las palabras adecuadas a la mano.
(O al menos sería más fácil dar a entender por qué para mí no todo resulta tan fácil).
De tenerlas, podría explicar con toda claridad y sin rodeos una verdad desafortunada: no me hago a la idea de estar vivo. De hecho, no me agrada del todo la sola idea de estarlo.
Son pocas cosas las que disfruto, y son todavía menos las que me mantienen aquí.
Algunas son simples y burdas; otras no, son complejas y serias.
(De las segundas, la mayoría, son personas; otro tanto, preguntas; y unas cuantas más, esperanzas).
Las que me permiten llegar al fin de la jornada son pequeñas, y están aquí y allá.
Se recogen todos los días con facilidad. La vida es pródiga en ellas.
Son simples y burdas: beber un latte de camino al trabajo, caminar, andar en bicicleta, satisfacer un apetito, escribir un artículo, saludar a un perro amable de camino a cualquier parte.
El cateter ha minado la posibilidad de tomar algunas.
Caminar duele, andar en bici también. Después de comer me siento morir.
Me gusta caminar. No es una tontería. Caminar me recuerda que puedo ir a donde quiera ir (o al menos intentarlo). No en balde mi vida se narra en calles y avenidas, en edificios y sombras de árboles. Caminar es –y echo en falta las palabras adecuadas a la mano–… caminar me hace la vida más llevadera.
Igual que la bicicleta, caminar me hace sentir independiente. Aunque sólo sea una ilusión.
No poder contar con la energía para hacerlo o que me detenga el dolor me hace sentir vulnerable.
Me cuesta lidiar con la vulnerabilidad.
Las veces que he estado internado en el hospital me he convertido en alguien que no conozco.
Mi aversión a la vulnerabilidad me convierte en un péndulo que va de lo despiadado a lo patético.
Caminar siempre me ha ayudado a combatir ese sentimiento.
No han sido pocas las veces que he llorado. Pero han sido más las que he reído.
Caminar me hace más llevadera la vida.
De igual forma la bicicleta. Es difícil explicar el miedo que me invade todos los días cuando camino a la cicloestación.
Cuando era niño –e incluso adolescente– sentía ese pavor todos los días de camino a la escuela.
(Pero nunca lo pude poner en palabras; nunca pude decirle a mis papás: tengo mucho miedo de ir a la escuela y no sé por qué).
Ese miedo antiguo me invade cada que estoy a punto de tomar una bicicleta.
Y no desaparece. Nunca. Ni un momento en todo el recorrido.
Sin embargo, una jovialidad insospechada me invade cuando estoy montado en la bicicleta. Una sonrisa sobrepasa los latidos desesperados de mi corazón.
Tomo la bicicleta y me cuesta llegar al trabajo: nuevas rutas se abren ante mis ojos, la posibilidad de seguir pedaleando hasta no sé dónde me invade.
Debo hacer un gran esfuerzo por concentrarme –y obligarme– por dejar la bicicleta en la cicloestación 53.
Muchas madrugadas me he levantado e ido a andar en bici. Me da la sensación de que el mundo es nuevo, como cuando era adolescente y con mi primo me aferraba a los últimos días de la infancia, pedaleando lejos de la condena de crecer.
Ir y venir en bicicleta me hace más llevadero el día.
También tomar café.
Pocas cosas pueden despertar la sensación de ser reconfortado. Una taza de café cargado con leche es una de ellas. Puede parecer tonto –y no importa, para los demás siempre lo he sido: un gran tonto–, pero al tomar el café de la mañana recuerdo cómo mi padre secaba mis lágrimas y me sorbía los mocos con una perilla; también cuánto extrañaba a mi madre cuando se iba a trabajar.
(Esa angustia de que no regresara, ese ir a su cama, tumbarme y oler sus sábanas para sentirla cerca, para sentir que regresaría y no estaría enojada conmigo por ser un fracaso escolar. De niño nunca supe cómo decirles a mis papás que les quería y que quería escucharlo de regreso).
El café de la mañana me devuelve esa emoción de que no importa lo que pase, siempre estaré rodeado de ese cariño envolvente.
También la comida. Pero es un confort diferente. Es el gusto de por primera vez en toda mi vida ganar lo suficiente para comer lo que me da la gana. De no limitar mi presupuesto. De, como mi madre decía, “escatimar en todo, pero nunca en comida”.
Cuando iba a la universidad debía trabajar y estirar el dinero para pagar fotocopias, pasajes y la comida. Mi afán por demostrarle a todos (yo incluido) que no sería un fracaso en una carrera que no me gustaba me hacía escatimar en todo, pero sobre todo en comida.
Igual cuando era profesor. Daba clases en tantos lados que tenía poco tiempo y dinero para comer. Comía en las cafeterías de las universidades comida que se me antojaba de cuartel. Nunca lo quería. Cedía ante el menú.
Pero ahora es diferente y se ha convertido en otra estupidez que hace más llevadero mi día.
(Lo sé, los escucho reírse de mí. ¿Pero qué le voy a hacer? Siempre han sido las estupideces las que me han devuelto la sonrisa que también ustedes me roban).
Ahora no tengo nada de eso.
Tengo un dolor constante que incluso ahora que escribo me acompaña.
Un dolor que viaja del riñón derecho al pubis.
Que se siente como sangre coagulada en la entrepierna; como sangre espesa esperando salir.
Plasma que nunca sale, a pesar del dolor al orinar.
(Al cual, también, me he acostumbrado).
Si tuviera siempre las palabras adecuadas a la mano, no tendría por qué aclarar nada.
No tendría qué decir que son personas, preguntas y esperanzas las que me mantienen aquí.
Y que no pienso irme.
Pero que los días son más difíciles, porque sin importar lo grandes e importantes que sean esas personas, preguntas y esperanzas, no pueden prodigarme esos placeres que me hacían la vida más llevadera.
La negativa del seguro no me trastorna; me trastorna que todo se complique.
Sobre todo ahora que la vida es menos llevadera.
Me trastorna esta vulnerabilidad, y me cansa tener que esconderla.
Pero me las arreglo para llegar al final del día.
También para sonreír.
Y le busco reveses a todo para encontrar grietas.
Para intuir otro mundo.
Uno que aunque no pueda vivir en él, me hace la vida más llevadera por saber que existe.
Todo esto se oculta cada que alguien me pregunta cómo estoy.
Todo esto se oculta cada que respondo que estoy bien.

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