El colgado: not today, maybe tomorrow

Estándar

I

Tuve un sueño extraño; si es que acaso puedo llamarle sueño.
Quizá convendría llamarla una experiencia de duermevela.
(Una de esos que suceden en la frontera de la vigilia).
Estaba tumbado boca abajo en la cama, esperando el tránsito al sueño.
Tenía una pierna cruzada sobre la otra, extendida.
En mi ensoñación, una cuerda era anudada a mi tobillo derecho.
(El de la pierna extendida).
Y comenzaba a elevarse.
Poco a poco. Sin provocarme dolor o desesperación.
Conforme se elevaba mi pierna, mi pierna izquierda iba cayendo.
Así, hasta formar una escuadra, donde mi tobillo libre tocaba perpendicularmente mi muslo derecho.
Colgaba de cabeza.
Mis brazos, con cuidado, fueron sustraídos de debajo de la almohada.
Y también fueron amarrados, sólo que detrás de mi espalda.
Mis ojos, de alguna forma, también estaban abiertos.
La forma en que colgaba me era familiar.
No me tomó mucho recordarla:
El colgado

Imagen

II

Conocí a Steve en un bar de Puerto Vallarta. Su amigo, Larry –un canadiense entrado en años con un marcado gusto por los jovencitos–, me había abordado en la terraza mientras me pasaba los medicamentos con una cerveza. ¿Sobra decir que en aquellos años yo era uno de esos jovencitos?

Larry se acercó a mí preguntándome qué tomaba y si podía compartirle un poco. Creo haber sonreído con malicia. Me divertía que aquel hombre calvo y de lentes pensara que mis antipsicóticos eran en realidad tachas. Le expliqué en mi inglés más accidentado que eran medicamentos, no drogas.

Aunque Larry era quien más buscaba tener contacto físico, era Steve quien me interesaba. Comencé a repetir en Steve todo lo que Larry hacía. Acercar su pierna a la mía, juntar su brazo al mío y después ir deslizando la mano, primero, por mi pierna, hasta llegar a su rodilla, tanteando el rechazo.

Larry se enojó esa noche. Tanto tiempo perdido invertido en mí… Sin embargo, Steve parecía contento. Él era más de veinte años mayor que yo; era grande y rubio. Recuerdo su pelo: era suave y corto, como imagino debe ser acariciar un trigal. Me llevó a su hotel y tuvimos una sesión de sexo mediocre.

Qué más podía esperarse de un muchacho inexperto y un hombre poco más que maduro con una colección impresionante de síntomas de enfermedades crónicas, propias de la edad. Tras eyacular, nos acurrucamos en la cama, donde me acunó en sus brazos inmensos. Y comenzamos a hablar. Más él que yo.

Steve era profesor en una escuela primaria de Washington, donde enseñaba el primer grado. Era lo que todos llamaríamos un buen hombre con una pésima suerte… un hombre quizá gris, de esos que la rutina ha ido deslavando. Sólo sus ojos se salvaban de dar esa impresión. Aunque creo que no transmitían una mejor…

Sus ojos eran verde claro, sin manchas grises o cafés. Y se veían tristes. Tanto que a veces sentía ganas de llorar de tan sólo mantenerle la mirada. ¿De dónde le venía tanta tristeza? Era como si por dentro traicionara su aspecto exterior que, aunque no era para nada rudo –todo lo contrario, era bastante afable– sí transmitía la fortaleza suficiente para asirse de él en medio de una tormenta.

Y mi vida en ese entonces era una tormenta.

Hablamos de medicamentos. Algunos, como el Prozac, no nos habían funcionado a ambos. Su tristeza, a diferencia de la mía, era muy serena. Casi como un canto. No tenía ansiedad, ni desórdenes alimenticios, ni mucho menos trastornos del sueño, como los que yo experimentaba en ese momento. Sólo estaba triste, como esas playas inglesas donde sólo hay piedras y niebla.

No recuerdo a bien de qué más hablamos. Sólo recuerdo que me contó que, al despertar, se quedaba un momento sentado en la cama, buscando dentro de sí cómo se sentía. (Lo imagino como quien busca su celular perdido en las bolsas de la gabardina que trae puesta). Y siempre llegaba a la conclusión: “Not today, maybe tomorrow” y comenzaba su día.

¿Qué era lo que no ocurriría hoy, pero tal vez mañana? No estar triste. Obviamente, después de esas vacaciones, no volví a saber nada de él. Se lo llevó el viento y para mí dejó de existir, salvo como ese recuerdo triste que se esfuerza en tener esperanza: “tal vez mañana”.

III

En los últimos meses he dicho “un día a la vez” para sentirme menos apesadumbrado. Cuando falla, me digo que “una hora a la vez”, y así hasta llegar a los segundos. De alguna forma, ha funcionado. Me ayuda a lidiar con todo lo que no está en mis manos (y a hacer lo que debo de mejor manera). Por eso, un día a la vez, un minuto a la vez, una vida a la vez, que si no fue hoy, será mañana. A final de cuentas eso significa el arcano de el colgado.

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