Vivir de rutina

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Se ha convertido en una rutina triste. Inconsciente; y quizá, precisamente por eso, triste. Todos los días al llegar del trabajo, apenas abro el portón de la entrada principal, miro el mueble de madera empotrado en la pared. No hay una carta para mí. Subo las escaleras, arrastrando el espíritu, y camino hacia el teléfono: no hay llamadas perdidas. Es una rutina triste, insisto.

También me he hecho de otras rutinas. Camino al café todos los días, y vaso en mano sigo hasta Reforma. Trato de hacer las pases con la primavera, pero es difícil con el calor y las pocas flores de jacaranda que aún quedan. Me siento en una banca y desayuno. Observo los pies de las personas: sus zapatos, la forma en que pisan, la velocidad que llevan. Intento adivinar algo que ni siquiera ellos sepan. Un cojeo, la apertura muy pequeña o, al contrario, abierta. Y sólo observo. Algunas veces me preguntan algo, pero siempre son las menos. Me gusta darles instrucciones, ponerme de pie y señarles el camino, decirles lo que van a encontrar y qué tendrán en frente si ya se pasaron. Pero por lo general, sólo observo.

Rutinas, como caminar, tomar la bicicleta y no repetir la ruta del día anterior. Caminar y tratar de no pensar, de no sentir, de no estar, estando (o a pesar de hacerlo). La vida –estar vivo– cada día me importa menos. No me gusta estar vivo, pero ésa no es ninguna sorpresa; nunca he sentido lo contrario. A lo sumo, olvido el disgusto que me provoca el mundo; a lo más, me distraigo. Poco sentido le encuentro a estar aquí, caminando las calles como un observador de su propia vida; sin embargo, son tantas las cosas que hago en un día –y tantas sin el menor sentido– que no me importa. Qué más da, de indiferencia nadie se ha muerto. Y por lo menos, aún tengo mis rutinas; incluso a las tristes, esas que saben a promesa rota.

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Una cama que vuela

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De mi infancia recuerdo poco. El tedio de las tardes, el tocadiscos de mi abuela, mirar llover por la ventana. Algunos juegos, quizá; los juguetes favoritos, el miedo –casi– irracional a que salieran volando por la ventanilla del auto.

La mayoría de las veces me recuerdo en tercera persona. Como si mi infancia no fuera mía; como si me la hubieran prestado. Escucho lo que dicen de mí, sobre mí, de cuando era niño: juraría que hablan de otra persona.

El único momento en el que siento mis recuerdos míos, en el que me reconozco en esas fotografías que mi abuela aún tiene dispuestas sobre su tocador, es cuando recuerdo aquellas cosas que sólo ocurrían en mi cabeza; las historias que me contaba, los miedos que me perseguían, los anhelos desesperados, las ganas de siempre estar en otro lugar, lejos.

De noche, metido en las cobijas, apretaba los ojos y cerraba los puños con fuerza. Era un experimento, deseaba lograr, de alguna forma, que mi cama volara y me llevara lejos. “Lejos”. ¿Dónde era ese lugar? Supongo que si lograba hacer volar mi cama lo de menos habría sido saber a dónde llegar.

Ayer recordé ese anhelo desesperado: ayer cerré los ojos con fuerza y apreté los puños. No para hacer que mi cama levitara, sino para algo quizá aún más futil: obligarme a dormir. Llevo semanas durmiendo a cuentagotas, despertando por resignación; no tengo hambre, tengo sed todo el tiempo. Estoy cansado y, como en un círculo de Dante, debo seguir caminando sobre el suelo caliente.

Cama

Quizá por eso –con todo y mi falta de pericia– hoy dediqué parte de la mañana a dibujar una cama. O parte de ella. Quizá sea más fácil hacer volar a ésta; quizá ahora sí  sepa a dónde quiero ir cuando pueda hacerla levitar.

Migraciones en parvada

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I

De camino al trabajo, en el alto de Liverpool y Florencia, el azar reunió a un grupo de ciclistas. Habremos sido siete, quizá ocho, quizá menos. Avanzamos apenas se puso el verde, abriéndonos paso entre los automovilistas como un puño que se abre hasta dejar bien estirados los dedos. Después nos reunimos, como si se encontraran todas las yemas de una mano. Esperamos, de nuevo, en el alto; ahora de Varsovia y Chapultepec. Y con el verde volvimos a repetir el movimiento de los dedos que se extienden, después de las yemas que se encuentran. Tres dimos vuelta en Puebla, y continuamos hasta cruzar Salamanca. Ellos dieron vuelta en Cozumel, yo seguí hasta Acapulco y después por Cuernavaca. Ahora sé qué sienten las aves cuando viajan en parvada.

II

Al llegar a la oficina, Azul tenía un libro en su escritorio. Era un libro de texto impreso en el 93 para los chicos que estudian la secundaria en Italia. Era sobre literatura. Petrarca y Dante, principalmente. Hablamos del purgatorio y el infierno, de los ríos Leteo y Nemosine. De la entrada al cielo.

Ayer por la tarde, antes de salir, leí sobre los nueve cielos de la bíblia. Todo a propósito de una canción de Entre Ríos, Séptimo cielo. De ahí brinqué a los nueve tipos de ángeles que habitan las nueve esferas que conforman el cielo que proponían los teólogos medievales. Siempre había pensado que los arcángeles era el nivel más alto, pero por encima están los tronos, los querubines y los serafines (las categorías más elevadas); le siguen las dominaciones, potestades y las virtudes, para terminar en los principados, arcángeles y ángeles. Satanás, el ángel caído, era un arcángel… supongo que sólo puede liderar una religión aquel que está lejos del poder.

Tras comer un pan en forma de cara de oso que me regaló Azul, me senté en mi escritorio y comencé la rutina de abrir programas en la computadora. En Twitter, la Niña Murciélago me había mandado minutos antes algunas ilustraciones de la Divina Comedia hecha por Dalí. Las sincronía viaja con las parvadas de aves migratorias que vuelan al sur.

III

Hoy tembló, hace unas horas. Estaba en clase de tai chi practicando un ejercicio “de tierra”. El ejercicio consistía en subir los brazos, dejarlos caer al centro, rebotarlos y subirlos al otro lado; todo en una posición que llaman a caballo. El sismo ocurrió mientras nos daban instrucciones para complementar el ejercicio. Sentí el vaivén mientras el profesor hablaba. Mi cuerpo iba y venía. Y pensé que estaba mareado, pero en realidad era un sismo. Me enteré hasta termina la clase, casi una hora después. Cuando las aves migran al sur encuentran su tierra en el cielo.

IV

Dejo atrás el norte, migro al sur. Dejo atrás el verano, migro al invierno. Llevo conmigo una brújula, una camisa a cuadros, una playera a rayas, un libro de Banana Yoshimoto y un par de dibujos; porque puede que deje el norte y viaje al invierno, pero llevo su calor dentro.