Caminar a cualquier parte

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Cuando “desperté”, estaba sentado a la sombra de un pino (ni rastro del dinosaurio que es tan feliz en el lugar común). La espalda del fuerte de Loreto se levantaba a unos metros. Era jueves, más o menos por estas fechas. Tenía entre las manos la libreta con la máscara de Blue Demon. Durante el “trance” -eufemismo para mi pequeña fuga psicótica- había escrito: “que se termine el mundo antes de que el mundo termine conmigo”. Tenía 27 años y el agua hasta el cuello.

Ése día de junio salí de casa como el resto de las madrugadas. El último recuerdo que tengo es haber presionado el mando para cerrar las puertas del garage. Al sonido del metal golpeándose -debíamos cerciorarnos siempre de que la puerta cerrara- le siguió el del viento pasado el medio día. Si escuché sonar el teléfono, debí ignorarlo. Llamadas perdidas de las universidades y la prepa. Me reporté enfermo con la mayor naturalidad que pude fingir y me encaminé de regreso a casa.

Sabía la gravedad de la situación. Una fuga psicótica, por pequeña que sea, es un signo de alerta. Si la terapeuta o el psiquiatra se hubieran enterado, seguramente habría pasado otra temporada encerrado. Pero me guardé el secreto. No se lo confié a Ana ni a Marco, las únicas personas con las que tenía contacto en aquel entonces. Tenía el agua hasta el cuello y temía que cualquier movimiento brusco me hiciera hundirme aún más.

Semanas antes había ido a aquel lugar con una suerte de ligue-veamos-qué-pasa. Atardecía. Recuerdo nuestros rostros teñidos de naranja. Y le contaba que algo le había pasado a mi voz. No podía encontrarla. Tanto en el teatro como en las clases la impostaba para no lastimar mi garganta. Sin embargo, pasaba tanto tiempo hablando como otra persona que, simple y obtusamente, no recordaba cómo sonaba yo.

Sin voz, con el agua hasta el cuello y apenas 27 años. Me sentía perdido en un lugar muy pequeño. Perdido y asustado. Manejando a casa tratando de controlarme y preocupado por cubrir las horas de la tarde. Ésa era yo después de estar cara a cara con un hecho ineludible: debía sacrificarlo todo si quería salvarme a mí mismo.

Un año después, cerca de estas fechas, estaba tomando un autobús al DF. Llevaba una maleta de rueditas y un saco. Tenía una entrevista en Ceneval para ser aplicador de pruebas. Tenía un futuro -quizá, brillante- a la vuelta de la esquina. Recuerdo que me decía a mí mismo que mi vida ahora se basaba en miedos y esperanzas. Vibraba pausado en miedos y esperanzas. Tenía 28 años y me sentía empezando de ceros y en ceros (otra vez).

Hoy tengo 30 años, un gato, un trabajo en una revista y un departamento. Y algunos muebles, claro. Sin embargo, de nuevo me siento como en aquellos días, con el agua hasta el cuello y vibrando pausando en miedos (que ya no esperanzas). El último año ha sido como estar en una lavadora. Hay días en que quisiera salirme, hay días en que los que preferiría ya ahogarme. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro.

Mis días transcurren en caminar, sentarme en un parque y dibujar árboles. Observar perros, buscar un nuevo departamento y salir del paso de los obstáculos que la nueva administración priísta va soltando como evidencia de su incompetencia absoluta para cualquier cosa que no esté ubicada en la década de 1980. No reconozco mi rostro en el espejo y me siento habitando la piel de un extraño. Tengo la sensación de que perdí el tren donde viajaban todas las personas que iban al mismo destino que yo. Y ahora debo caminar.

Mi cabeza está desorganizada, la vida se ha vuelto una espiral frenética y, por las noches, abrazo a mi gato antes de dormir. Esta vez ya no pienso empezar de cero y en ceros. Esta vez no quiero evitar que el agua me cubra: quiero construir sobre mis ruinas y que a mi cuello le salgan branquias. Sólo quiero caminar a cualquier parte.

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