Cómo se cae el cielo

Estándar

I
El yeso del techo del baño se ha desplomado. La humedad avanza, se trasmina a las paredes. A veces, por la mañana, sentado en excusado, cae una gota fría en mi espalda; alzo la mirada, los tabiques parecen esponjas. Me intento animar un poco diciéndome que adentro llueve, pero mi sonrisa se ha vuelto tan huraña como un gato.

II
Cada que entro, miro esa carie que le salió al techo. Ahogo un suspiro convenciéndome de que quizá, como si fueran nubes, debería encontrarle formas. Pero no funciona. Miro la humedad que está abombando las paredes. Parece una cicatriz. A veces, con cuidado, acaricio esas protuberancias de bordes redondeados, temiendo que la casa se queje o retire la pared para que mi curiosidad no le haga daño. No pasa. Y entonces recapacito, esto no es una cicatriz, es un ámpula.

III
A veces, a mitad de la noche, se escucha un estruendo discreto. Despierto sobresaltado y observo que el ruido también ha levantado al gato. Ambos caminamos al baño –como siempre, él detrás de mí–, y encontramos que una nueva plasta de yeso ha caído al piso. La herida del techo es un mal augurio que se abre.

IV
Cuando salgo de casa, procuro olvidarlo todo. Borro de mí la imagen del techo desgajándose. Miro al cielo, para ayudarme. Hay nubes, es azul, no está roto. Si no funciona, salto de un recuerdo a otro y me detengo en ese cuento que mi abuela me contaba una y otra vez, en ese pollito que comienza un alboroto en todo el reino por creer que el cielo se está cayendo a pedazos. Escucho la voz de mi abuela, pienso en las noches en su casa de la Álamos y vuelvo a sentir recortándose contra mi mano los bordes de la credencial del trabajo que mi mamá me dejaba antes de salir por la noche. Era la única forma de convencerme de que regresaría por mí.

V
Pero siempre regreso a casa. Siempre está el gato sentado en la mesa, maullando. Siempre está todo como lo dejamos. Y entre esas cosas está el hoyo en el techo que me recuerda que hay situaciones que me sobrepasan. Entro al baño y la observo. Alguna parte de mí quisiera que todo esto fuera un mal sueño, alguna parte de mí cree que al regresar ese hueco en el techo no estará. Pero sólo es un murmullo.

VI
Ahora, cada que entro a ver un departamento, reviso las paredes y el techo. Me importa más que no tenga humedad que el precio, el estado de la duela o cualquier otra cosa. Entro y toco las paredes, miro los techos, busco pedazos de techo en el suelo. He aprendido a desconfiar, sobre todo, de todo lo “nuevo por conocer”; de todo aquello que merezca el derecho de la duda.

VII
Estoy cansado. Creo que nunca había alcanzado este nivel de cansancio en toda mi vida. Y ahora, mientras escribo esto, mientras el gato duerme en la cama, escucho cómo un pedazo más de techo choca contra el suelo. El gato se espabila un poco. Creo que ambos nos estamos acostumbrando a ver cómo se cae el cielo.

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