Sosiego

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El recuerdo de días felices se sobrepone a la acera húmeda y el cielo nublado. He dedicado las mañanas a recorrer el bosque en silencio. Lo hago despacio y con cuidado para no importunar a sus habitantes; me quedo quieto para confundirme con los árboles y evito a las ardillas que, a últimas fechas, me han encontrado detestable.

Me gusta caminar de madrugada por las calles. Oír el sonido de mis pasos rebotar en las paredes. Andando sin rumbo he encontrado pequeños tesoros: el regreso de las prostitutas a casa, el trajín silencioso de quienes preparan la ciudad para el resto del día, la soledad de las farolas de Reforma, uno que otro coche que surca la ciudad quién sabe por qué y quién sabe hasta dónde.

En el sopor que provoca el alcohol he encontrado un atisbo de paz. Apenas llego a casa me sirvo un caballito con mezcal, apago las luces y siento al gato subir a mi regazo. Entonces bebo, entreteniendo la mirada en las formas caprichosas que toma la luz de la calla en las paredes de la casa. Se ha convertido en un ritual cotidiano del que casi estoy orgulloso. Descubrir un nuevo placer a los 30 no es cosa de todos los días.

El mundo está poblado de ausentes. La sensación de haber perdido un brazo no me abandona, pero ya no es incómoda. Creo que de alguna forma me he acostumbrado. Y es que sólo los perros pueden morir de tristeza; y en esta vida hay cosas peores que la muerte.

He encontrado el sosiego.

Las mañanas ahora son su territorio

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Hoy, por primera vez en toda mi vida, ella no está.
En unas horas, entraré cansado por el portón de la casa; subiré las escaleras de maderas arrastrando los pies; y, cuando llegue al último escalón, será inevitable el encuentro con el sillón vacío.
Conforme me hago a la idea de que ella de aquí en adelante le hará falta al mundo –de que no volverá a darme la bendición cuando me vaya, de que no la llevaré del brazo a desayunar los domingos, de que no habrá quién atienda las jaulas de sus pájaros–, la luz del sol va descubriendo su ausencia, no como un vacío, sino como otra cosa; como algo que siempre estuvo ahí pero que antes no podía ser visto.
Poco a poco los recuerdos dispersos se están hilvanando, enredando entre sí imágenes y palabras que comienzan a significar otra cosa. Las mañanas, por ejemplo, se declaran su territorio. En ellas ahora se escucha el arrastrar de sus pantuflas, el aleteo de sus pájaros, los trajines de una cocina que ya no existe; también las campanas de la iglesia, el rocío de las plantas, la coloración azul y pálida del cielo cuando sin importar la época del año hace frío.
¿Y cómo no lo haría, si ella fue la primera que me enseñó el significado de la palabra rocío; si ella sabía la hora por el número de las campanadas; si desde que por primera vez entré a su casa, su casa que ahora no existe se convirtió también en mi casa?
Ella también me enseñó uno de los artes que más disfruto. Todos los días durante mi infancia más lejano me llevó de la mano por la ciudad que ahora amo, poniendo un pies detrás del otro como si fuera un acto complejo; si ella me dijo el nombre de todas las aves y plantas que ahora conozco; si me dijo cómo había que lavar las hojas de la azalea para retirar la plaga o sacudir un trueno para que cayeran los azotadores.
Y, aunque las reminiscencia de ese caminar suyo por el mundo lo vuelven, al menos por hoy, un lugar más amable, también le da todo el sentido a la tristeza que sentía de niño. Debía tener menos de cinco años sentado en ese pupitre de la escuela rodeado de niños y cerca de un ventanal que daba al jardín. La maestra de inglés repartía tarjetas con elementos de la vida cotidiana ilustrados y con su nombre sajón en letras grandes y negras. De las más cien papeletas plastificadas, me tocó la única que parecía vaticinar este preciso instante: grandma. Recuerdo que la ilustración más bien mediocre retrataba una abuela de vestido azul sentada en una banca del parque, un conjunto de trazos que en sí no tenían nada qué ver con la mía. Sin embargo, esa mañana, de la nada, una tristeza terrible me ahogó hasta sacarme el llanto. No entendía ni en ese momento, ni hasta ayer, por qué lloraba. Esta mañana, lo hago.

A espaldas de los edificios

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Vivimos a espaldas de los edificios. Su enormidad, lejos de proveernos cobijo, nos deja al descubierto. Ahí están, más allá de la ventana, como dormidos. Su presencia convoca el ruido; su sombra, a la oscuridad. Vivimos a espaldas de ellos, como tratando de llamar su atención. Sin embargo, nuestras vidas les suceden en la indiferencia.

Hoy, en la madrugada, me despertó el grito de una mujer. Su llanto venía de la acera; gritaba que no, que no volvería. Que había desperdiciado cinco años de su vida en él. Que la dejara. Y los edificios, ahí, seguían de pie, indiferentes. Ni el gato ni yo la conocíamos; ni él, ni yo sabemos lo que significan cinco años, pero su pelaje estaba erizado y sus orejas volteadas para atrás; yo sujetaba el edredón, inmóvil, con los músculos tensos, temeroso de que el menor movimiento les revelara que los estábamos escuchando. Ella volvió a gritar que no, él le respondió algo casi inaudible; luego vinieron tres golpes en el metal –quizá, su cuerpo contra el aluminio de la barde de enfrente, quizá los puños golpeando la lámina–, y todo fue silencio.

También por aquí, han pasado ambulancia, turbas e incluso un trailer de la marcha gay se estacionó frente a mi departamento. Y ellos, inmutables. Saben que aquí estarán mucho tiempo después de que yo me haya ido, que siempre habrá Reforma, que nunca morirá la vida alrededor del Ángel y que yo, como todos los de aquí, sólo seremos inquilinos que, más que velar su sueño, vivimos a espaldas de ellos.

Sin que se den cuenta, he depositado en ellos algunos recuerdos. Los rayos del sol que, al reflejarse en los cristales de Torre Mayor, pegaban en la pared de mi cuarto; los primeros días que, aún tambaleante, fui y vine al trabajo en bicicleta; la esperanza que desde el monumento del Ángel se dibujaba; las tardes enteras sentados con un café soluble en Reforma; la primer navidad aquí, los años nuevos; el día lluvioso que llegó el gato y que, por algún error afortunado, pensé en el Saint Regis. Todos esos recuerdos y otros tantos los he guardado ahí, para que vivan más que yo, para que también echen sombra sobre mí y, quizá algún día, mi ausencia.