A espaldas de los edificios

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Vivimos a espaldas de los edificios. Su enormidad, lejos de proveernos cobijo, nos deja al descubierto. Ahí están, más allá de la ventana, como dormidos. Su presencia convoca el ruido; su sombra, a la oscuridad. Vivimos a espaldas de ellos, como tratando de llamar su atención. Sin embargo, nuestras vidas les suceden en la indiferencia.

Hoy, en la madrugada, me despertó el grito de una mujer. Su llanto venía de la acera; gritaba que no, que no volvería. Que había desperdiciado cinco años de su vida en él. Que la dejara. Y los edificios, ahí, seguían de pie, indiferentes. Ni el gato ni yo la conocíamos; ni él, ni yo sabemos lo que significan cinco años, pero su pelaje estaba erizado y sus orejas volteadas para atrás; yo sujetaba el edredón, inmóvil, con los músculos tensos, temeroso de que el menor movimiento les revelara que los estábamos escuchando. Ella volvió a gritar que no, él le respondió algo casi inaudible; luego vinieron tres golpes en el metal –quizá, su cuerpo contra el aluminio de la barde de enfrente, quizá los puños golpeando la lámina–, y todo fue silencio.

También por aquí, han pasado ambulancia, turbas e incluso un trailer de la marcha gay se estacionó frente a mi departamento. Y ellos, inmutables. Saben que aquí estarán mucho tiempo después de que yo me haya ido, que siempre habrá Reforma, que nunca morirá la vida alrededor del Ángel y que yo, como todos los de aquí, sólo seremos inquilinos que, más que velar su sueño, vivimos a espaldas de ellos.

Sin que se den cuenta, he depositado en ellos algunos recuerdos. Los rayos del sol que, al reflejarse en los cristales de Torre Mayor, pegaban en la pared de mi cuarto; los primeros días que, aún tambaleante, fui y vine al trabajo en bicicleta; la esperanza que desde el monumento del Ángel se dibujaba; las tardes enteras sentados con un café soluble en Reforma; la primer navidad aquí, los años nuevos; el día lluvioso que llegó el gato y que, por algún error afortunado, pensé en el Saint Regis. Todos esos recuerdos y otros tantos los he guardado ahí, para que vivan más que yo, para que también echen sombra sobre mí y, quizá algún día, mi ausencia.

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