Las mañanas ahora son su territorio

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Hoy, por primera vez en toda mi vida, ella no está.
En unas horas, entraré cansado por el portón de la casa; subiré las escaleras de maderas arrastrando los pies; y, cuando llegue al último escalón, será inevitable el encuentro con el sillón vacío.
Conforme me hago a la idea de que ella de aquí en adelante le hará falta al mundo –de que no volverá a darme la bendición cuando me vaya, de que no la llevaré del brazo a desayunar los domingos, de que no habrá quién atienda las jaulas de sus pájaros–, la luz del sol va descubriendo su ausencia, no como un vacío, sino como otra cosa; como algo que siempre estuvo ahí pero que antes no podía ser visto.
Poco a poco los recuerdos dispersos se están hilvanando, enredando entre sí imágenes y palabras que comienzan a significar otra cosa. Las mañanas, por ejemplo, se declaran su territorio. En ellas ahora se escucha el arrastrar de sus pantuflas, el aleteo de sus pájaros, los trajines de una cocina que ya no existe; también las campanas de la iglesia, el rocío de las plantas, la coloración azul y pálida del cielo cuando sin importar la época del año hace frío.
¿Y cómo no lo haría, si ella fue la primera que me enseñó el significado de la palabra rocío; si ella sabía la hora por el número de las campanadas; si desde que por primera vez entré a su casa, su casa que ahora no existe se convirtió también en mi casa?
Ella también me enseñó uno de los artes que más disfruto. Todos los días durante mi infancia más lejano me llevó de la mano por la ciudad que ahora amo, poniendo un pies detrás del otro como si fuera un acto complejo; si ella me dijo el nombre de todas las aves y plantas que ahora conozco; si me dijo cómo había que lavar las hojas de la azalea para retirar la plaga o sacudir un trueno para que cayeran los azotadores.
Y, aunque las reminiscencia de ese caminar suyo por el mundo lo vuelven, al menos por hoy, un lugar más amable, también le da todo el sentido a la tristeza que sentía de niño. Debía tener menos de cinco años sentado en ese pupitre de la escuela rodeado de niños y cerca de un ventanal que daba al jardín. La maestra de inglés repartía tarjetas con elementos de la vida cotidiana ilustrados y con su nombre sajón en letras grandes y negras. De las más cien papeletas plastificadas, me tocó la única que parecía vaticinar este preciso instante: grandma. Recuerdo que la ilustración más bien mediocre retrataba una abuela de vestido azul sentada en una banca del parque, un conjunto de trazos que en sí no tenían nada qué ver con la mía. Sin embargo, esa mañana, de la nada, una tristeza terrible me ahogó hasta sacarme el llanto. No entendía ni en ese momento, ni hasta ayer, por qué lloraba. Esta mañana, lo hago.

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2 comentarios en “Las mañanas ahora son su territorio

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