Es imposible matar el tiempo

Estándar

I
De unos meses a la fecha, mi vida se ha limitado a “matar el tiempo”. Como en una enorme sala de espera, me he sentado a hojear los días esperando que llegue mi turno de morir. He ahogado el desasosiego de la espera con alcohol. Por semanas, mi momento favorito del día –el único, de hecho– era llegar a casa a servirme un caballito de mezcal. Y luego otro. Y luego más. Los que fueran suficientes para noquearme y hacerme dormir. También, cambié las caminatas, el tai chi y los dibujos por el sexo casual. Descubrí lo fácil que es conseguir un cuerpo y la satisfacción de dejarlo atrás. Dormir también se convirtió en un narcótico para atravesar los días: apenas llegaba a casa del trabajo, me metía debajo de las cobijas y no volvía a salir hasta que fuera lo suficientemente tarde para ir de regreso y a toda prisa al trabajo.
Sin embargo, el tiempo, en vez de acortarse, se ha convertido en un vacío nebuloso; en una espera dentro de la espera. No estoy orgulloso de mi comportamiento. A estas alturas, tampoco ya parece una solución del todo viable, ya ni siquiera, digamos, inteligente. Pues así como no disfruto de la desesperación que producen la confusión y el dolor, tampoco disfruto la embriaguez, el sexo casual o el sueño forzado. Evadirme de esta forma, matar el tiempo así, es sólo otra forma de tener miedo. Y tanto miedo no hace bien…

II
Si algo he reconocido en mis nuevos “pasatiempos”, es la furia con que los realizo. No es el beber festivo, el sueño reparador o el sexo desinhibido; es ese epígrafe que abre La Vorágine: “jugué mi corazón al azar y lo ganó la violencia”. Es el coraje, la frustración y el resentimiento que me produce negar la realidad. Yo, que no quería volver a estar en los brazos de otro hombre que no fuera él; yo, que quería abrazar con desesperación esa vida tranquila dedicada a las cuentas del hogar, el ahorro para un futuro hijo y los pequeños dramas domésticos; yo, que por primera vez me sentí acompañado, debí regresar a ese lugar donde no quería estar,. Y no sólo eso, estar sin él, a quién aún hoy extraño y cuya ausencia me despierta una desesperación terrible por querer volver a estrecharlo y sentirlo dormir… Yo sólo pude encontrar en esas acciones repetitivas y violentas, como el golpe de un martillo, la salida a la frustración que aún en este momento me invade.
Darme cuenta de esta violencia en mis acciones me ha hecho reconocer lo terriblemente egoísta que he sido, y que, quizá, sigo siendo. Por eso las he ido dejando atrás, poco a poco, en las últimas semanas. He vuelto a limitar mi consumo de alcohol, como en su momento lo hice con las drogas, convirtiéndome de nuevo en un tímido bebedor social. De igual forma, he perdido el interés de buscar otros cuerpos que, en su mayoría, ni siquiera me atraen. También le he puesto trabas al sueño. Y quizá, poco a poco, pueda dejar de “matar el tiempo” para empezar, de nuevo, a cultivarlo en el jardín, como solía hacerlo hace algún tiempo.

III
Tanto miedo no hace bien. Tampoco, tanto egoísmo. En todos estos meses me he negado a aceptar la decisión de aquel que amo por el simple hecho de ir en sentido contrario a mis deseos. Porque incluso en el epicentro de la violencia, soy capaz de pensar en él y saber que la decisión que tomó no fue fácil; que tampoco lo está siendo llevarla a cabo. Y que mi comportamiento en nada está ayudando a sobreponerse al miedo y el dolor. Al contrario, si supiera algo de mí –y si ese algo fuera esto–, el dolor que sentiría sería terrible. Y causarle dolor es sólo el inicio de una cadena de dolores que uno le provoca al otro, sin fin.
Es sólo que es difícil volver a empezar, y volver a hacerlo sin él. Es difícil volver a no saber qué hacer, a lidiar con las ausencias y a quedarse sólo con lo bueno. Pero me gusta pensar que allá está pasándola bien, y que todo lo feliz que no podía ser conmigo, lo será allá el doble. Porque si es así, porque si todo va a marchar para bien, porque si puedo pensar que el sonríe todos los días y vive sin miedo… entonces vale la pena hacer un esfuerzo por salir de esta sala de espera.
Me gustaría saber qué esperar ahora. Esperar nada, matar el tiempo, no ha resultado una decisión inteligente. Y no puedo evitar tener miedo de volver a esperar algo. De nuevo, no sé qué hacer, por dónde comenzar o a dónde ir. A lo sumo, me aferro a seguir siendo esa persona de la que él estaba orgulloso; esa persona que él me enseñó a amar. Porque ni siquiera puedo esperar su regreso –por más que mi ser lo desee. Esperar que regrese sería seguir en contra de su decisión, y lo más que puedo hacer, es esperar que encuentre la paz que aquí no conoció. Y yo… yo… ¿qué puedo hacer sino seguir caminando, esperando que en algún momento otra vez pueda decir sin temor a equivocarme que “El futuro es brillante”?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s