Reclamar la primera vez de todo

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I
Me gusta pensar en aquella como la primera vez. Era un día nublado y frío, justo como hoy. Mi padre nos llevó a mi hermano y a mí a desayunar a un Sanborns; quizá al de la glorieta de Colón. ¿Cuántos años tenía? Los suficientes para ordenar una malteada de fresa y un platillo de la carta infantil llamado “gato garabato” –desde que tengo memoria, ese niño que era yo ordenaba religiosamente lo mismo. El evento, por sí mismo, era maravilloso; mi padre era una figura difusa, a pesar de vivir con nosotros. Lo veía por las noches, cuando debíamos cederle el mando de la televisión e ir a dormir. También por las mañanas, malhumorado y con un pants, escuchando la radio mientras conducía en silencio de camino a la escuela. Fuera de ahí, él no existía más que como una presencia lejana.

Aquel día, entre semana, nos llevó a desayunar. ¡Vaya evento! Y de ahí, la siguiente parada, fue Chapultepec. Tengo algunos recuerdos difusos de aquel día. Creo que la emoción de estar con él nubló los pequeños acontecimientos de aquella mañana. Fuimos al lago, quizá al Museo de Historia Natural –mi favorito, desde entonces. Aquel día no pisamos el Bosque, ni subimos al castillo, ni paseamos por el lago; pero cada que cruzo la puerta de los Leones ese día viene a mi mente. ¿Qué es la infancia sino esos recuerdos a pinceladas de un mundo que parecía ser más grande? Por eso me gusta pensar en ésa como la primera vez. A final de cuentas, si uno no es dueño de su memoria, ¿sobre qué puede reinar el mundo? Recuerdos desagradables de mi infancia sobran, pero languidecen ante esos pequeños momentos que regresan cada que paso entre esos leones.

II
Tampoco recuerdo la primera vez que crucé al Ángel para sentarme a escribir en sus escalinatas. Aún antes de vivir aquí, solía sentarme en las inmediaciones. No fueron pocas las veces que me reuní con mis amigos en las bancas de Reforma a tomar un café, o a leer, o a sólo observar en silencio la vida que se desenvolvía de formas insospechadas. Sin embargo, un día, crucé la glorieta, caminé por el monumento y me senté a mirar hacia el Castillo de Chapultepec. Puedo traer de vuelta numerosos recuerdos de ese lugar. Algunos acompañado, otros solos. Unos cuantos desesperados, la mayoría tranquilos, acompañado de una libreta, cigarros, un pan y café con leche. Quizá debería crearle una primera vez a ese lugar. Al recuerdo de mí en ese lugar. Y de todas, quizá me decantaría por esos primeros días en la Cuauhtémoc, cuando todo era nuevo, desconocido y excitante.

Me recuerdo mirando el atardecer. Los edificios de Pani. El Castillo al fondo. Y un vaso de café, pensando que el Futuro era brillante. Así me gustaría recordar la primera vez; y así me gustaría dibujarla, si mis trazos obedecieran un poco mejor a lo que imagino. (Quizá algún día…). Y habría, así, que pensarle otras tantas primeras veces a las cosas. Como cuando descubrí la lluvia caminando desde plaza Washington, mirándolo a los ojos, titiritando de frío y sosteniéndome los pantalones para que no se me cayeran. También la primera tarde que pasé tumbado en cama mirando el cielo entre las copas de los árboles. Todo en aras de reclamar la memoria para reclamarse a uno mismo. Porque si nos construimos a partir de nuestra historia, bien valdría la pena ser más selectivos sobre qué recordamos y qué no. A final de cuentas ya lo hacemos…

 

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