Constelaciones

Estándar

I
Me gusta mirarme en los ojos de las personas. En los de mi madre, por ejemplo. Hay una mezcla de extrañeza y asombro cada que me mira; una cierta fascinación que linda, quizá, con el miedo. Cada que me ve, pareciera tardar un poco en reconocerme, como si fueran años y no semanas las que han pasado; como si sobre mi rostro y fachas tuviera que sobreponer las fotos de mis años de preescolar que aún guarda.
Lo mismo le pasaba a mi abuela –y sólo Dios sabe cuánto la extraño. Una punzada pequeña y aguda se me entierra en el pecho cada vez que caigo en cuenta de que ya no está; de que no podré mirarme otra vez en sus ojos ni encontrarla sentada frente al televisor cuando suba las escaleras. Ella siempre me miraba entrar a su cuarto, y lo hacía con detenimiento, como despertando de un sueño. Tardaba siempre unos segundos en sonreír, pero cuando lo hacía, sus ojos se ponían llorosos y me tomaba de la mano apenas me tuviera cerca, como si al contacto de nuestras palmas ella pudiera confirmar que en realidad se trataba de mí.
La vi apenas unos días antes de que muriera. Entre nosotros no quedó nada por decir. Cuando me despedí, maleta en hombro, me dio la bendición. Cierro los ojos y sé dónde está su mano en mi frente, haciendo la señal de la cruz. Lo sé porque toda la vida, desde que tengo memoria, cerré los ojos para que me diera la bendición. Para ir mi primer día a la universidad, para irme a vivir a la Sierra, para regresar al DF o sólo para irme y regresar unos días después: darme la bendición era su forma de decir adiós.

II
Me gusta verme reflejado en los ojos de las personas que amo. En los de mi madre, por ejemplo. Sus ojos, a pesar del asombro y la extreñeza con la que de principio me miran, me devuelven a mí mismo. Mis acciones, palabras y pensamientos, siempre disperso como objetos flotando en el espacio, cobran sentido cuando me devuelve la mirada. Es la seguridad de saber que sin importar cuánto cambie, sigo siendo el mismo. A las acciones, palabras y pensamientos dispersos les crecen hilos que forman galaxias y constelaciones, que se explican en sus razones y deseos. Lo mismo pasa cuando me miro en la imagen que me devuelven Teresa, Marco, Orlando, Katya o Edoardo.
Desde hace tiempo he dejado de cuestionar lo que ellos dicen. No opongo resistencia y creo a pie juntillas todas las partes de esa imagen que me devuelven. ¿Por qué? Porque son las personas que más admiro. Ya sea por su fortaleza, que en cada uno se expresa de formas distintas; por su talento para algún oficio, que en todos me deja boquiabierto; o por el simple hecho de que si existe un mundo, quiero que sea el que ellos ven con sus ojos. Porque el que a veces percibo es terrible, y sólo en su forma de entender y vivir los días puedo encontrar un poco del consuelo que me falta.

III
Me gusta mirarme en los ojos de todas las personas que amo y, por algún azar, me aman de regreso. En los de mi mamá, por ejemplo. Me gusta mirarme en sus ojos porque en ellos encuentro esa fábula que del hilo rojo que leí hace tiempo. Ésa que dice que las personas que se aman están unidas por un lazo indestructible que sin importar el tiempo o la distancia, los mantienen unidos. Me gusta cerrar los ojos e imaginar la constelación que formamos. Me gusta pensar a mi abuela, caminando por las calles de la Álamos de camino al metro, para ir a su reunión de franciscanos; a mi madre, sentada frente a su computadora, escribiendo un correo a un cliente lleno de frases de cortesía; a Teresa en su cocina, cocinando para Frida y con la música a todo volumen; a Marco, paseando a Lucca por las calles de Cholula; a Katya gritando y ordenando a sus redactores de la Cámara para hacerles entender que en las reglas editoriales está el principio de la belleza de un texto; a Orlando recostando a un paciente sobre la máquina de tomografías, con esa amabilidad de gigante que siempre oculta con bromas y tratos hoscos, como los de Epicuro cuando jugando me muerde sin morder; y a Edoardo mirando por la ventana del tren de camino a la ciudad, con el ipod puesto y descubriendo la belleza en donde nadie la ve, con sus ojos cafés y enormes donde toda la belleza del mundo cabe.
Me gusta imaginarlos ahí, como una gran constelación de la que formo parte cada que camino y hago lo que sé hacer mejor y ellos sólo conocen.

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Un comentario en “Constelaciones

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