Todo lo que echaré de menos (como te echo de menos a ti)

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Espero sepas encontrar la forma de disculparme, pero tuve que improvisar(nos) un final.
Ni a mí me hubiera gustado esperarte, ni a ti hacerme esperar hasta quedar en los huesos.
Fue una libertad que me tomé para resguardar los días que fueron nuestros.
Tenía que poner a salvo las tardes de lluvia, tu manera de fruncir la nariz y el ceño.
Comenzaban a volverse odiosas las cosas que más amo; todas las que amé contigo.
También las que aprendí de ti a amar: ciertas canciones, los espárragos en mantequilla, formas de tocar.
Algunas, como desde hace mucho lo estuviste para mí, están perdidas.
Las echaré de menos, tanto como te echo de menos a ti.

Espero me sepas perdonar, insisto, pero tuve que cortarme de tajo las ganas de volverte a ver.
Con tu ausencia me talle los brazos para lijarte de mis ganas de abrazar.
Y una a una han salido también las astillas de las promesas que se quedaron sin cumplir.
Recogí mis pasos de las calles que caminamos.
Desdije mis palabras.
Borré todos tus mensajes.
Todo sólo para poder recordarte tal y como te amé.

Espero puedas encontrar para mí un poco de perdón.
Para yo encontrarlo me he hecho una lista de cosas qué perdonar.
Otra de cosas qué olvidar.
Una más de cosas que nunca encontraré en alguien otra vez.
Y la más larga de todas: aquellas que quiero guardar.
· Las horas antes de que llegaras.
· Tu forma tan peculiar de roncar.
· Las arrugas de tu cara al reír.
· Nuestros pasos de baile secretos.
· Tu voz al teléfono.
· La ‘t’ que pronuncias al final de palabras como ‘verdad’.
· La puerta A2 del aeropuerto.
· Nuestra forma de embonar.
Cosas que echaré de menos, tanto como echo de menos a ti.
Todo para recordarte tal y como te amé.

Sé que me sabrás perdonar: yo no soy quien se fue.
Sé que te sabré perdonar, aunque nunca vuelas.

 

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De lo que quedó de mí

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I
Sobre la cómoda de su recamara, mi abuela conservaba una vieja fotografía mía. En ella aparecía sonriente. Tendría menos cinco años; miraba de frente la cámara, con los ojos bien abiertos. Vestía el uniforme azul marino del preescolar, pantalón y suéter, con el escudo del colegio en letras blancas bordadas en el pecho y con dos líneas verdes y delgadas en el filo de las mangas y el faldón. Las mangas, en la fotografía, no se apreciaban. Tenía las manos cogidas por detrás; el pecho hinchado, la sonrisa amplia y blanca, el pelo bien peinado. Por alguna razón que no recuerdo, estaba honestamente orgulloso.

II
Poco tiempo después de haber regresado a casa, tras haber sido dado de alta del psiquiátrico, sorprendí a mi madre sentada sobre la cama de mi abuela, con esa fotografía entre las manos. Lloraba. Más que sostenerla, parecía aferrarse a ella. Y más que contemplarla, parecería cuestionarla. Estaba tan absorta que tardó en darse cuenta de mi presencia tambaleante en el marco de la puerta. Quizá estaba tan perturbada que no sabía lo que decía; quizá pensó que yo seguía tan perdido en el laberinto de pastillas que no recordaría sus palabras. Sea como haya sido, la recuerdo dirigir su mirada hacia mí, como quien mira a un extraño a través de la lluvia. “Eras un niño tan feliz”, dijo. “¿Qué fue lo que te pasó?”.

III
Desde que tengo memoria, mi abuela conservaba fotografías nuestras sobre su cómoda. De todos tenía al menos una en la que éramos apenas unos pedacitos de ser humano. Sin embargo, aquella en la que portaba orgulloso el uniforme del Instituto Víctor Hugo, era la única que tenía de mí. De mi hermano y primos tenía otras, más actuales: la graduación de mi primo; la boda de mi prima, la mayor; una cena a la que asistió con mi hermano; la foto del anuario de la preparatoria de mi prima más chica. Y de mí, sólo esa. Decía que en las otras fotos no parecía yo mismo; que parecía otro.

IV
El día que falleció, apenas llegué a la casa después del funeral, me escabullí a su cuarto y robé esa foto. La saqué del marco. La contemplé, tratando de ver qué había visto ellas en ese retrato. Me vi sonriente, burlón. Le concedí la razón a mi abuela y a mi madre; nada quedaba ya de mí en ese niño. Esa sonrisa se había ido con mis dientes de leche. Comprendí que nunca volverá. Tenían razón, en algún momento me había torcido hasta convertirme en este que ahora soy. Y, encabronado, la rompí.

V
Esa mirada de frente hacia la cámara. La sonrisa. El uniforme inmaculado. Esa imagen regresa constantemente a mí. Me persigue. Quizá pude haberla destrozado, pero su impronta continúa ahí, como un recordatorio de quien nunca llegaré a ser; de alguien que se perdió para siempre en un laberinto; de un niño perdido y suplantado. De este quien soy; de lo que quedó de mí.