De lo que quedó de mí

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I
Sobre la cómoda de su recamara, mi abuela conservaba una vieja fotografía mía. En ella aparecía sonriente. Tendría menos cinco años; miraba de frente la cámara, con los ojos bien abiertos. Vestía el uniforme azul marino del preescolar, pantalón y suéter, con el escudo del colegio en letras blancas bordadas en el pecho y con dos líneas verdes y delgadas en el filo de las mangas y el faldón. Las mangas, en la fotografía, no se apreciaban. Tenía las manos cogidas por detrás; el pecho hinchado, la sonrisa amplia y blanca, el pelo bien peinado. Por alguna razón que no recuerdo, estaba honestamente orgulloso.

II
Poco tiempo después de haber regresado a casa, tras haber sido dado de alta del psiquiátrico, sorprendí a mi madre sentada sobre la cama de mi abuela, con esa fotografía entre las manos. Lloraba. Más que sostenerla, parecía aferrarse a ella. Y más que contemplarla, parecería cuestionarla. Estaba tan absorta que tardó en darse cuenta de mi presencia tambaleante en el marco de la puerta. Quizá estaba tan perturbada que no sabía lo que decía; quizá pensó que yo seguía tan perdido en el laberinto de pastillas que no recordaría sus palabras. Sea como haya sido, la recuerdo dirigir su mirada hacia mí, como quien mira a un extraño a través de la lluvia. “Eras un niño tan feliz”, dijo. “¿Qué fue lo que te pasó?”.

III
Desde que tengo memoria, mi abuela conservaba fotografías nuestras sobre su cómoda. De todos tenía al menos una en la que éramos apenas unos pedacitos de ser humano. Sin embargo, aquella en la que portaba orgulloso el uniforme del Instituto Víctor Hugo, era la única que tenía de mí. De mi hermano y primos tenía otras, más actuales: la graduación de mi primo; la boda de mi prima, la mayor; una cena a la que asistió con mi hermano; la foto del anuario de la preparatoria de mi prima más chica. Y de mí, sólo esa. Decía que en las otras fotos no parecía yo mismo; que parecía otro.

IV
El día que falleció, apenas llegué a la casa después del funeral, me escabullí a su cuarto y robé esa foto. La saqué del marco. La contemplé, tratando de ver qué había visto ellas en ese retrato. Me vi sonriente, burlón. Le concedí la razón a mi abuela y a mi madre; nada quedaba ya de mí en ese niño. Esa sonrisa se había ido con mis dientes de leche. Comprendí que nunca volverá. Tenían razón, en algún momento me había torcido hasta convertirme en este que ahora soy. Y, encabronado, la rompí.

V
Esa mirada de frente hacia la cámara. La sonrisa. El uniforme inmaculado. Esa imagen regresa constantemente a mí. Me persigue. Quizá pude haberla destrozado, pero su impronta continúa ahí, como un recordatorio de quien nunca llegaré a ser; de alguien que se perdió para siempre en un laberinto; de un niño perdido y suplantado. De este quien soy; de lo que quedó de mí.

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