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Ignoro tanto que me llevaría una vida entera hacer un recuento de todo lo que me hace falta saber.  Nombres importantes, fechas, datos curiosos; el olvido es sólo otra modalidad de ignorancia. He perdido mis llaves, el asombro y varios suéteres; también el sentido, deadlines y una silla de infancia. Pero también he recobrado: un empleo, un recuerdo y la terrible conciencia de finitud que tanto  me enferma. Me he perdido y recobrado tantas veces que, al mirar al pasado, parece que nunca hubo pierde.

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El Oscuro de Éfeso sostenía que, divergiendo, el mundo convenía consigo mismo, de tal forma que las contradicciones, a sus ojos, era tan solo problemas de perspectiva; de miras estrechas. Bastaba retirarse un poco, a los ojos de Dios, y mirar la verdadera forma del mundo: una serpiente que muerde su cola. Ningún acontecimiento, por singular que fuera, sucedía por vez primera; todos los hechos del mundo ya habían sucedido antes y seguirán sucediéndose después, así, eternamente. Cada acción, cada paso, cada derrumbe estaba previsto de antemano; incluso estas palabras, los ires y venires del cursor, escribiendo y borrando; incluso el mismo Heráclito ya estaba contemplado.

En dicha cosmovisión no existía tal cosa como la variación o la copia, pues no existía tampoco un original. Si todo se ha repetido infinitamente, y si ha de continuar infinitamente así, no existe una primera o última vez; siempre ha sido así, siempre será así. Incluso, para terror de quien escribe, el momento actual carece de todo sentido e importancia: la primera vuelta en la rueda de la fortuna implica la emoción de ascender al cielo, la última la resignación del final del viaje; pero las intermedias dan lo mismo, una puede sustituir a la otra.