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Del remordimiento

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Su hermana había envenenado a cinco perros. Durante su agonía, dijo, ella los vio entrar a su cuarto. Eran cinco perros grandes; se sentaron, enfilados, a ambos lados de su cama. Cuando murió, ellos la guiaron a “el otro lado”.

El rostro de mi maestra -¿Miss Elena, Claudia, Gabriela?- era impasible. Recuerdo su mirada perdida vagando sobre nuestras cabezas. Era noviembre de 1989; tenía 6 años. Su pelo -no sé por qué- lo recuerdo de un rubio verdoso. Pero ella es lo de menos.

La moraleja -todas las historias en la primaria las tenían- versaba sobre el perdón de nuestros actos en vida al encararnos con la muerte. Los cinco perros -tan inocentes como los niños de Herodes- habían perdonado a su hermana; y no sólo eso, su maganimidad -derivada de su condición de inocentes- era tal que la conducirían al “más allá”.

El culpable, redimido por el inocente, vence el remordimiento que lo tortura a través de recibir el perdón; ubicándose no a la par de éste, sino debajo de él. Cuando Sócrates afirmó a Calicles que era mejor sufrir una injusticia que cometerla, tal vez pensaba en esta última condición de superioridad de la víctima sobre el victimario.

Ayer, camino a Cholula, recordé a Antares; recobré su recuerdo (su sonrisa perruna, su pelo sedoso, su mirada triste que se encendía al vernos), y con él vino el remordimiento, la culpa -incluso el llanto contenido. Cometí un daño irreparable, y el perdón -el descanso del culpable-, ya no puede otorgármelo mi personal agraviado.

La memoria -de acuerdo a Pual de Mann- nos transforma; es un pozo profundo del que salimos renovados. Recordarlo fue recordarme a mí; recordar la frivolidad, la frialdad con la que consentí su abandono, sin siquiera pensar dos veces en su tristeza, su desconsuelo, su desarraigo de lo que él siempre conoció como su hogar.

Me recordé malo. Y la culpa de haber participado en lo que sería su condena a muerte hoy me transtorna. Ignoro si él vendrá a mí cuando la muerte esté próxima. Ignoro si, como en la historia de mi maestra, él me llevará al “más allá”, si me perdonará, si elevándose sobre mi retirará el remordimiento.

Perdóname, Antares; no sabía lo que hacía.

Decálogo del buen distímico:

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1.- Todos los lugares son el mismo lugar: quédate en cama.

2.- Las personas son fuente de conflictos (internos y externos) aléjate de ellas el mayor tiempo posible.

3.- Aunque uses todas las palabras del diccionario no podrás darte a entender; deja de intentar explicarle a los demás cómo te sientes.

4.- Si te sientes sol*, es porque estás sol*; y estás así por el punto número 2.

5.- Si te sientes mal, duerme. Si estás aburrid*, duerme. Si tienes sueño, duerme. Dormir de ninguna forma es una solución, pero es más divertido que estar despierto.

6.- No te procupes por qué comerás el día de hoy. Cualquier platillo te sabrá insipido de todas formas. Es un buen momento para empezar una dieta.

7.- Si tu trabajo te deprime: desengañate, es tu vida la que hace eso.

8.- Sonríe. Así te quitarás de encima a tod*s l*s cretin*s que no tienen nada mejor qué hacer salvo entrometerse en tu vida.

9.- Si crees que has dormido demasiado tiempo, vuelve a dormir; con eso se te olvida.

10.- Comienza a fumar. No sólo reducirá tus niveles de ansiedad, te dará algo qué hacer entre siesta y siesta.

De las cuitas

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Comprendo la soledad de un botella vacía, el temblar involuntario de una mano, el cansancio del atardecer.

Sé de retratos que caen al suelo, de fotografías borrosas y números de teléfono olvidados.

Entiendo algunos arrebatos, cómo factorizar un binnomio cuadrado perfecto y los motivos de algunas pinturas.

He olvidado personas, citas importantes y dónde dejé las llaves del coche.

Pero no comprendo por qué me siento así, ni sé por qué las cosas han sucedido de esta manera ni entiendo qué he hecho para obtenerlo y he olvidado cómo salir de estos embrollos.