Y cuando despertó, el Depresaurio seguía ahí

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Hoy seré breve. Si me extiendo, corro el riesgo de escribir un post azotadísimo; y no, no lo haré. Me limitaré a decir que, por primera vez desde que tengo dieciocho años, estoy desempleado. Que he pasado del optimismo triunfaré-en-la-gran-ciudad a la indefención aprendida de rata de suburbio, ahogada en uno de los encharcamientos de Tlalpan. Mañana viajaré a Puebla temprano, pasaré el fin de semana y regresaré el domingo a medio día. Ignoro si actualizaré el blog con la regularidad que me he propuesto. De seguir así la situación, lo único que podemos esperar de mí es una relatoria de sucesos distímicos que a nadie -ni siquiera a mí-, importan. Me retiro a dormir, que la cabeza me estalla por aguantarme toda la tarde el lagrimón angustiado de aquél que cuenta los restos de sus ahorros y ve que dentro poco el oxígeno se habrá acabado. El lunes llevaré mi curriculum a las universidades chafas de la zona. Sí, regresamos a lo mismo. O, bueno, regreso a lo mismo. Creo que lo único que sé hacer es dar clases. Procuraré seguir malviviendo de eso. Desenme suerte.

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Ver llover

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Hoy también llovió…

Lo sé, de novedad no tiene nada. Han sido semanas lánguidas, casi inglesas, como sacadas de una novela borrascosa para cuarentonas tristes que se tumban a leer en un diván, con un té edulcorado a la mano y un gato gordo a los pies. Me hacen recordar aquel páramo melancólico de donde Aureliano Segundo fue a sacar a Fernanda del Carpio. Incluso he de confesar que al pasar frente al Anahuacalli, pensé que bien podría estar ella dentro, escribiendo sus esquelitas y doblando palmas mortuorias, mientras su venerable padre empeña las últimas armaduras y bacinas de oro… Pero basta de tanta lluvia, suficiente con que esté afuera mojándolo todo de monotonía como para también empapar mi blog. Sí, ha llovido; es la postrimería de Julio y siempre es así desde que tengo memoria.

Recuerdo mis primeras vacaciones en Puebla, cuando la ciudad y yo aún no mediábamos relación alguna. Gente que ahora ha muerto, vivía. Tenía menos de trece años y una bicicleta nueva, comprada en el Wal Mart de metro Nativitas y transportada no sé por qué capricho a Puebla. Tenía, también, todo el día libre, porque faltaba todavía un año para que los cursos de verano les parecieran a mis tíos una buena idea. Y tenía tres primos, dos de edades seguidas a la mía, uno detrás de la otra, a quien apenas le llevaba un año; y la más pequeña, que tendría menos de cinco años y era todo un dolor de cabeza.

En fin, teníamos lo que se dice vacaciones. Porque tener vacaciones es tener disposición para todo; para lo que pase, para lo que se te ocurra, para aburrirte, incluso, si es necesario. En juegos frívolos y profundos se nos iba la mañana y el medio día. Después de comer, ya lo sabíamos -incluso, lo preveníamos-, venía la enfadosa lluvia que limitaba nuestro margen de acción a un pasillo alargado y al interior del departamento. Entonces venían los juegos delicados con los vecinos mimados de mis primos; un par de niñatos tibios que pedían permiso para poder cagar. Más tardábamos en encontrar un juego “sano” que en abandonarlos a su ñoñez. Ahora me pregunto qué habrá sido de aquel mariconcito y su hermana sin chiste…

Tarde o temprano todo terminaba en ver llover. Mirar las interminables gotas como no queriéndolo, como si fuera un castigo. Mirarlas por horas, sin pensar, sin comentar nada. Mirarlas hasta que alguno de los tres se nos ocurriera un juego nuevo; una acción, por simple que fuera, que nos alejara de estas gotas que hoy también miro caer. Sí, hoy también llovió, más de veinte años después. Y, lo sé, no tuvo nada novedad.

Empezar de cero y en ceros

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Comenzar no es fácil. No importa de qué se trate, para mí, siempre resulta difícil. Todo parece indicar que conforme la vida avanza, empezar algo nuevo se torna más complicado. Uno -aún siendo joven- se vuelve viejo, se hace a sus propias mañas, a sus ritmos. Cambiarlo todo de la noche a la mañana se vuelve una verdadera mentada de madre. Sin embargo ya estoy aquí, cambiándolo todo, empezando de nuevo, sintiéndome otra vez novato a mis casi treinta años. Y si debo ser honesto, no ha sido tan malo.

Nuevo en la ciudad

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I

Hace diez años vivía aquí:  sabía qué camiones tomar, a qué dirección del Metro ir, cuánto tiempo y dinero me tomaría llegar a tal o cual lugar. En pocas palabras: sabía vivir aquí.

Hoy no lo sé…

La ciudad ha cambiado, y no puedo evitar esta sensación de que sigue cambiando debajo de mis pies, como si el pavimento se removiera, como si las paredes giraran a mis espaldas, como si nuevas calles se abrieran por mitosis sobre las viejas. Ahora tomo camiones al tanteo, reviso una y otra vez los mapas del Metro, descubro a base de retardos y tropiezos que la estación que buscaba estaba en otra línea y la calle sobre la que anduve hace veinte minutos era la que en un principio estaba buscando.

Estoy aprendiendo de nuevo a esta ciudad que me ha olvidado. Entonces suena, otra vez, Vuelvo al sur

II

Ayer recorrí Insurgentes entre apretones y largas cadenas de minutos perezosos. Como no tenía de otra, me dediqué a pensar. Gracias a Dios olvidé todo en cuanto bajé el metrobus. Lo menos que necesito ahora es pensar. All you need is love.

III

Me persigue una canción. Una salsa, de hecho. Ignoro cómo se llama, pero su coro dice (8) Una aventura, es más bonita, cuando no miras el reloj (8). La he encontrado en el Metro, en la estación de camiones de Puebla y en la repetición de un capítulo de Papá Soltero (WTF?). Pero sobre todo la he encontrado en mi cabecita hueca. Dejémosla ser: (8) Una aventura…