Teoría y técnica de las resbaladillas

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Gustavo Doré - Francesca y Paolo

En la preparatoria no le encontré sentido al castigo. Es más, me parecía injusto: ambos seguían unidos a pesar de todo, a diferencia de aquellos a quienes partían por la mitad o a los que sumergían en fuego líquido. ¿Qué tenía de sufrimiento eterno estar atrapado en un remolino, en un tornado insípido? Claro, era una metáfora. Incluso con mi limitada capacidad para la poética podía comprenderlo. (Ahora dudo si será una alegoría; mi incapacidad se mantiene intacta). Dante había decido castigar a los amantes italianos por excelencia; no por su amor ilícito, sino por la violencia de su pasión. Sea: que los corazones ardientes ardan en el infierno; no me importa.

Sin embargo, ahora (qué tiempo más raro: ahora), justo ahora que debería tener los pies plantados en el suelo me siento girar sin eje alguno en ese remolino. Otro tornado, embudo de viento, se me viene a la cabeza: el Mago de Oz. Pienso en Dorita y Toto; pienso en la caricatura japonesa que seguí capítulo a capítulo, repetición a repetición, con la atención dispersa de un niño que no pasaba de los cinco años. Sí, pienso en ese remolino: la casa que se pierde de los cimientos; Dorita agachada, llamado a Toto histérica bajo la cama; las líneas moradas, el zumbar del viento; la vaca volando fuera de la ventana. Lo recuerdo todo (o es todo lo que recuerdo; no sé). Y una escena que me azora: Dorita durmiendo sobre la cama, mientras todo gira, mientras el mundo afuera se destruye poco a poco. No sé por qué, pero me perturba tanto como el cuadro de Doré.

Bien, yo también estoy en un remolino; al igual que Francesca y Paolo me estrello contra las piedras afiladas que delimitan el abismo; pero a diferencia de ellos yo viajo solo: me abrazo a mí mismo (y me faltan brazos para sentirme sujeto). Y también, como Dorita, estoy aterrado; y al igual que ella duermo mientras el mundo se desmorona. O parece desmoronarse. (A últimas fechas esa idea de la realidad y la apariencia me obsesiona; mal por mí, bien por Derridá -al que no entiendo). Como sea, me siento montado en el vertigo, al igual que lo haría en un potro mecánico sin correas: ni siquiera tengo de donde sujetarme: resbalo. ¡Sí, es eso! Resbalo. Pero no como nos lo sugiera la cadencia de la palabra (pienso siempre en una resbaladilla -asociación tonta). Resbalo como cuando uno pisa un jitomate, como en las caricaturas al pasar sobre una cáscara de plátano (banana en el reino animado).

Resbalar es la súbita toma de conciencia de que se está a punto de caer. Es el terror, es el vértigo. La caída es la ausencia de conciencia, es la suspensión del yo; es caer y sólo eso: sin pensar, sin que tu vida pase frente a tus ojos, sin nada: caer es caer. Pero resbalar… por lo general cuando nos resbalamos todo pasa demasiado rápido. Creemos que la toma de conciencia sucede en el piso, acompañada de la vergüenza. No. Si estuvieras resbalándote como lo estoy haciendo ahora (lento, como paladeándolo -¿Quién más paladearía un queso podrido?) te daría cuenta que estás tomando consciencia de todo lo que es inevitable: el tiempo, la muerte, el cambio, la fugacidad: sinónimos todos de la caída. Francesco y Paola, Dorita y Toto, ellos también estaban resbalándose; no caían, resbalaban (por eso Dorita y Alicia son personajes diametralmente opuestos, inexplicables la una para la otra).

Resbalar. Nadie resbala, todos resbalamos. Vean cómo la misma palabra integra la partícula que representa nuestro yo: mos. Resbala-mos. Estamos ahí, como mos está en la palabra; nuestro yo, la conciencia, está ahí. Caso opuesto a caer. Yo caigo. El “yo” está separado: no existe en la palabra: perder el yo es caer. Y yo no estoy cayendo (como Alicia), sino resbalando. Y ahora caigo en otro asunto: Serpientes y escaleras. Cuando uno alcanza la casilla marcada con la cabeza de una serpiente uno resbala. No cae. Porque cuando caes de una altura considerable, mueres; cuando resbalas, por lo general, caes desde tu propia altura. Resbalar no es aventarse (otra palabra con el “yo” integrado, esta vez, supongo, por la voluntad), resbalar es tomar conciencia de que se está por caer: y que es inevitable.

Por eso es castigo estar sumidos en el remolino; porque es un resbalar eterno: es caer en cuenta del pecado, es vivir con el pecado (cuando en vida se vivió en pecado): el castigo es la consciencia. Por eso no caen, ni nunca podrán hacerlo (claro, de repente hablo como si el infierno existiera; como si el pecado fuera algo más que retórica bien semantizada). Y en el caso de Dorita y Toto es el paso previo a caer, es la toma de conciencia de lo inevitable, que en la caricatura era haber caído sobre la bruja, matarla. ¿Hay algo más inevitable que la muerte?…

Qué alivio, estoy resbalando.

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Reseña de la cinta: Sé dónde frilanceaste el verano pasado.

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La cartelera cinematográfica de otoño aún no ha llegado y ya está levantando expectativas entre el público cinéfilo. De los estrenos preparados para la temporada destaca por su propuesta de tintes surrealistas la opera prima de Epicuro Sánchez, un joven cineasta mexicano que apuesta por los géneros híbridos a través de mezclar la comedia de situaciones con el drama y el cine de terror. En Sé dónde frilanceaste el verano pasado seremos partícipes de cómo la vida de tres jóvenes ingenuos y aspiracionales se verá trastocada al grado de locura a partir de la decisión ingenua de trabajar en una revista que es todo, menos profesional.

Marimi, Lado e Ismale (los tres protagonistas en desgracia) deberán no sólo enfrentarse a Murriana, una asesina serial de ultratumba que resulta ser su poco profesional jefa, sino también deberán escapar de sus llamadas telefónicas a horas inapropiadas y de larga distancia que consumirán el poco saldo que tienen disponible en sus celulares. Murriana,  les asignarán tareas aburridas y mal pagadas como estudios de mercado, que poco o nada tienen qué ver con lo que quieren hacer (o siquiera con su formación académica), y no sólo eso: en muchas ocasiones ni siquiera les pagarán porque “se perdió el dinero”. Tal y como reza el slogan de la cinta: “Renunciar no es suficiente. Ella siempre te encontrará”.

Esta apuesta cinematográfica ha recibido dos Diego Lunas en el FICCED (Festival Internacional de Cine y Competencia de Escupida a Distancia del Estado de Tabasco), tres palmas de domingo de ramos en el Utilísima People Choice Awards y un Oso Mañoso en el Festival de Génova (esquina con Niza, en la Zona Rosa del DF). Ésta es una opción fresca y revitalizadora que seguramente dejará satisfechos a todos los cinéfilos del país.

Drama a la carta

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No se me tome por un sentimental cuando diga lo siguiente: soy un sentimental. Muchos dicen a mis espaldas que me encanta el drama. Pero se equivocan, es peor de lo que creen: sufro el drama.  Y este drama que ahora tengo atravesado es tan sólo resonancias de otro, viejo, cansado, que es apenas el fantasma de un eco, o la sombra de un fantasma, o un murmullo de esos poetas mediocres que, a base de repetirse mil veces, se convierte en un persistente murmullo de esos poetas mediocres.

Como sea, tengo que escribirte una carta. Pero qué sentido tiene escribir una carta que no se desea sea leída. No se deje engañar: si alguien escribe una carta, es porque quiere que esa carta sea leída. Así que mejor no te escribo una carta; me guardo este drama y espero a que no te des cuenta para darte una zancadilla. Porque debes saberlo, el drama es irracional, y si no sale en lágrimas, sale en puños. Por eso, te digo, mejor te escribo una carta: pues sí, ya lo sabes (te lo dije), y sí, también lo sé  (me lo dijiste luego), así que no queda más que decir sobre el tema. (Pero esa es la racionalidad: ahí no es el reino del drama, esto no tiene caso…). Gracias por tu comprensión.

En algún lugar debería darme chance de hacer estos papelones a gusto, porque lo que viene siendo la vida real… pues nomás no. A últimas fechas me ha venido algo que dicen se llama orgullo y pesa bastante; dicen que es como la segunda bajada de huevos que tienes en la vida, pero que te da como a eso de los siete años. Pues bueno, no es novedad, yo voy 20 años atrasado a mi generación. Así que: hola orgullo que pesas tanto y que me gustas aún más por impedir que me hunda en estos fangos sociales.

Porque no sé si ya lo he dicho antes: cuando dudes, quédate quieto. No respires. Quietecito. Espera a que el mundo se acomode (a que el dolor “te la acomode”). Y entonces, si quieres, llora un poco. No grites ni murmures. No frases de cólera. No, no muestres tus pétalos,  princesa pusilánime. Quitecito, pues; no te muevas, que si te mueves, duele (mejor “flojito y cooperando” joven). Como sea: es bueno quedarse quieto. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que: ZAZ, ya hiciste tu pendejada ¿verdad?

Entonces, ejem, ejem, te escribo esta carta para decirte: cómo me has dado en la madre. Pero eso no es lo importante, lo importante es que… no, mejor así: quietecito. Porque bueno, después de todo, ya me ensartaste y yo casi te ensarto: estamos “casi” a mano ¿no? (No, claro que no). Pero como sea, no importa, da lo mismo, tú aguanta. Quietecito. Que mira, pendejo, el mundo no se acaba; por un corazón roto no pasa nada. Con lo puto que eres en menos de un mes ya estás formado en otra cola de tortillas. ¿O qué, chillaste mucho tiempo al otro? Pero bueno, eso no es lo importante. O bueno, tal vez sí sea lo importante, pero no es lo que quiero decir. Lo que yo en un principio quería decir es que… nada, no importa. Yo acá, quietecito; tú allá, comiéndote el mundo con las nalgas. Quieto, quietecito. Shhh. Shhh…

Y no, no me importa.

Amanecer es imposible: te unto con paté de feto

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Dicen que le he dado la espalda al mundo, y lo dicen con sorna; pero ellos no lo saben: sólo ha sido a últimas fechas. Y si ahora puedo darme ese lujo epicureo es por los incontables años que me la he pasado dándole las las nalgas. Años empinado, con el culo al aire y la cara aplastada contra el suelo. Por eso ahora le doy la espalda: para que se corra de una buena vez por todas sobre mí (pero nunca en mi pecho; no, ahí ya no). Como sea, la vida ya no me culea por ahora; han sido días tranquilos entre cuatro paredes, cuatro paredes que me siguen a donde quiera que voy. Cuando salgo a la calle me siento como esos niños disfrazados de regalo, porque llevo las paredes conmigo; y me hablan, me dicen, me comentan, se acuestan conmigo (o por mí; yo no sé): pero yo sólo les hablo por la ventana, como la vecina fodonga que no quiere salir, o como la niña castigada por mojar la cama. Sí, así soy yo por ahora, con mis cuatro paredes de cartón. Lo sé, en mis metáforas soy un niño: pero se equivocan, metafóricamente soy un adulto. Pura apariencia, figuras retóricas: eso soy yo; qué más da, mejor así.

Pero eso no es lo importante, estoy tomando la tangente y yo que´ria describir una cuerda: carajo, maldita existencia redonda. Pero como sea, ahí va: muchas veces he hablado de Marco; que si Marco esto, que si Marco aquello, que si Marco dijo o se echó un pedo. Y muchos de ustedes lo han conjeturado (al menos, en mi cabeza) que estoy perdidamente enamorado de Marco. Y se equivocan (al menos en mi cabeza), y si se equivocan es porque no conocen a Marco como yo lo conozco: ambos tenemos muy mal gusto y por eso no podemos más que ser amigos [anda, haz tu pendejada: ”   u__u   ” ¿Feliz?]. Como sea (¿Ya dije “como sea”? Oh Dios, nunca seré corrector de estilo estrella [porque Marco sí lo es]), pero bueno, chingaos, como sea, Marco escribe, y escribe bien bonito (para él deberías ser libro abierto). Pero lo sé, tú a mí no me crees nada (y haces bien; yo tampoco lo hago: pinchiii mentiroso) y lo único que se me ocurre es mandarte a leerlo: Te regalo Paté de Feto.

Paté de Feto es… ¿Qué te digo? ¿Cómo te obligo a que lo leas? Porque mira que te podría decir que es la historia de Manuel Matos y su colapso nervioso; pero no, no es sólo eso. Es más. Paté de Feto es un disfraz. Es la experiencia de la modernidad, es la crónica de un morir lento (porque no sé tú, pero cada día que amanezco vivo estoy más muerto); no, es otra cosa: es una manual de supervivencia. Sí, es eso. Es un manual para sobrevivir: filosofía, le llaman. Y también es un reto: porque el manual (ya lo dije) está oculto, está disfrazado. Es un manual sin prescripciones. Ah, y sin dibujos que te orienten: más bien todo lo contrario: es un manual para perderse (en uno mismo). Marco hace lo mismo que yo: escapa. O lo intenta. Pero como tú o como yo (no como ellos), no tiene a dónde, porque incluso en África ya hay Starbucks. O peor, en nuestra cabeza ya hay un Starbucks. ¡Horror! Sí, no hay escape. O bueno, hay uno, pero no te gustará: la autodestrucción. Sí, perder el yo y esas chabacanerías. Pero no, Paté de feto no es una oda budista. Todo lo contrario. Paté de feto es esto, es balbuceo; es la retórica del débil, del aplastado, del malogrado: ese que debía gobernar el mundo, el T-Rex del mundo posmoderno, pero fracasado, profundamente fracasado. Sí, eso es Paté de feto. ¿Por qué no la lees, imbécil? Te quiero :3 Como sea, a leer: Paté de feto. Pero como sea, así es mejor.

Pero bueno, yo lo que quería decir es que amanecer es imposible. Pero eso no es importante. Lo importante es: qué más da. Ya me fui.

Finales alternativos

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Sí, sé que es molesto. Soy una de esas personas que rara vez está conforme con los finales; de esas que le buscan tres pies al gato y que terminan discutiendo por discutir, sin importar que lo antes defendido ahora es atacado y teniendo muy presente que el concilio no es un triunfo compartido, sino una perinola que dice: todos pierden. Sí, sé que es molesto: soy una de esas personas y es difícil deshacerme de mí (tómeme por ejemplo, mire cuántas veces lo he intentado y…).

Pero volviendo al asunto: eso no era lo importante. Lo importante es que no me gustan los finales. Y no se me malinterprete: mis motivos son sencillos, pero no son los siguientes: A) Incontinencia gestáltica; B) Obsesión por el infinito (que no es obsesión infinita, que conste); C) Síndrome de Rene Gónzalez Contreras (si no entiende esto último, no ha pasado suficiente tiempo en una oficina coqueta); D) Ninguna de las anteriores.

No, no me gustan los finales. Pero, como ya dije antes, eso no es lo importante. Lo importante, pues… pues qué importa. Pero como sea: en mi cabeza siempre pienso un final alternativo. A todo. Incluso este post tiene un final alternativo. Y a veces no es sólo uno. Qué va. No, si pueden ser muchos: varios, variados, variaciones variopintas incluso. Como por ejemplo esa tarde en que ya-sabemos-quien dijo… ¿En verdad importa? No, y por eso para mí es importante. Lo importante fue que yo pensé, que leí incluso (porque a veces puedo leer cosas que no existen, pero bueno, se entiende, me internaron en un psiquiátrico ¿lo recuerdan?), como ya-sabes-quién se había enojado conmigo y me había dicho que: … no es novedad. Todos sabemos qué me habría dicho en ese final alternativo. [Ahora sí, ponlo: ”   ):   “. Listo. ¿Feliz?].

Sí, mis libros favoritos tienen finales alternativos; también las películas. Incluso a veces hay sagas imaginarias, y son tan pero tan detalladas en mi mente que puedo ver los carteles, los objetos publicitarios y las entrevistas de los actores en la televisión compradísima. Los veo dar las respuestas que sus agentes escribieron; fruncir el ceño, meditarlo, mover un poco la cabeza (la audiencia estará vuelta loca), y luego, al final decir: “Sí, me gustó trabajar con él, creo que es un estupendo director”. Pero claro, obvio, lo dicen en inglés y es la voz de-todos-los-doblajes-mexicanos la que dice lo que acabo de escribir. Porque en mi mente, incluso, están lo errores de traducción. Pff… ¿Ven? ¿Ahora queda claro por qué esto era lo peor?

Pero bueno, no, esto tampoco era importante. Lo importante es que hoy, de tarde, que todavía apesto semen, que me arden los labios, que me duele el pito, HOY, sí, hoy: que hoy imaginé un final alternativo. Y si un demonio viniera a visitarme en este momento, si pudiera aparecérseme como un San Cipriano, le pediría que lo dejaba todo con tal de irme a ese mundo que dicen no existe, pero para mí es real, aunque inalcanzable. Ese mundo donde ya-sabes-quién se puso celoso de … Basta de estas estupideces. Como sea, eso no era lo importante. Lo importante es que:

[The End is Missing]

No, no importa. Así es mejor.

Resiliente Cobayo

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Qué curiosa lluvia. Justo cuando queríamos abandonar el café, se dejó caer sobre la ciudad como un desmayo de señorita del diecinueve. Apenas si mojaba, apenas si era molesta. Sin embargo, no se me malentienda: no me atrevería a decir que sufrirla fue agradable, pero lo cierto es que tampoco fue una tortura. Fue sólo eso, lluvia; y a veces es agradable que en la vida las cosas sólo sean lo que se suponen son y no otras. Pues bien, bajo la lluvia, camino a ninguna parte, recordé al “Resiliente Kong“; un proyecto fotográfico de Roberto Molina Tondopó (uno de esos héroes que se topa uno de repente) y que anda colgado en su Flickr. Y, como suele pasar, uno le haya el sentido a los recuerdos espontáneos: la vida es un asunto de resiliencia; y yo soy soy un sujeto resiliente. Si no me cree, lea la introducción a estas piezas.

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Qué curiosa lluvia. Justo cuando queríamos abandonar el café, se dejó caer sobre la ciudad como un desmayo de señorita del diecinueve. Apenas si mojaba, apenas si era molesta. Sin embargo, no se me malentienda: no me atrevería a decir que sufrirla fue agradable, pero lo cierto es que tampoco fue una tortura. Fue sólo eso, lluvia; y a veces es agradable que en la vida las cosas sólo sean lo que se suponen son y no otras. Pues bien, bajo la lluvia, camino a ninguna parte, recordé al “Resiliente Kong”; un proyecto fotográfico de Roberto Molina Tondopó (uno de esos héroes que se topa uno de repente) y que anda colgado en su Flickr. Y, como suele pasar, uno le haya el sentido a los recuerdos espontáneos: la vida es un asunto de resiliencia; y yo soy soy un sujeto resiliente.