Nada empieza ni termina

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Las palabras “terminar” y “empezar” cada día pierden un poco más de sentido. Aquí, ¿qué termina y qué empieza realmente? Estas palabras, por ejemplo, no empiezan ni terminan conmigo; nada cambia si las pronuncio o callo. Miro los edificios que se yerguen a unas cuadras, sobre Reforma; mis palabras y silencios difícilmente podrían hacerlos cimbrar, sin embargo, en ellos, nada empieza ni termina tampoco.

A la sucesión del tiempo le tiene sin cuidado los principios y finales de año. Los inicios y términos de los calendarios son como mi voz rebotando contra las paredes de concreto de los edificios; ahí terminan nuestras buenas intenciones, los arrepentimientos y los planes. El tiempo sólo continúa; su guadaña sigue cosechando; nada lo inmuta: ni suplicas, ni lamentos, ni manos que se toman fuerte para, si es imposible permanecer, al menos desaparecer juntos.

Pero ése es el tiempo, los edificios, el vacío donde nada empieza ni termina, donde todo sólo continúa. Otra cosa es lo que sucede de los párpados hacia dentro: ahí donde todo está esperando suceder, o donde las cosas terminan o apenas comienzan. Ahí todo es distinto; ahí nuestras existencias no son insignificantes, sino todo lo contrario: son lo único que hay.

El dolor, la aflicción, la tristeza enturbian tanto como la alegría, la tranquilidad o la paz que, a diferencia del mundo más allá de nuestra piel, comienzan y terminan, dejando cicatrices. Adentro, todo enunciado lleva estas palabras, y el mundo es algo distinto a esa eternidad taimada y silenciosa: es el estruendo del corazón que se acelera, las punzadas de un estómago desgarrándose de aflicción, los pulmones que necesitan oxígeno por la opresión del dolor.

Ahí vivimos. Y a veces, abrimos los párpados queriendo que el mundo se detenga o regrese sus pasos, ahí donde todo no era desazón, donde todavía no comenzaba la tormenta; incluso un poco más atrás, donde el silencio era sinónimo de calma. Sin embargo, vuelvo a la misma imagen: son las palabras chocando contra el hormigón de un edificio, buscándolo cimbrar a base de buena voluntad.

Hablo desde adentro: un año de nuevo se termina. Uno complicado. Como los años anteriores, lo termino con dolencias físicas. En esta ocasión, con un cuadro complicado de tendinitis que me obliga a tener el brazo derecho inmovilizado. Con pocas esperanzas y dolores que ni siquiera quiero mirar; ojos que no ven… Acaba otro año, y el simple hecho de pensar que, aunque sea sólo dentro de mí, termina, me hace sentir un poco más aliviado.

El siguiente año comenzará de forma intempestiva. He tomado la determinación de abandonar la revista y buscar un nuevo empleo. No quiero permanecer más allá del primer trimestre. Para alguien como yo, amante de la rutina y la seguridad, es un golpe duro. Sin embargo, pensar en el tiempo y esas cosas inmutable, me hace sentir un poco más seguro. Sentirme insignificante, a veces, me quita el peso opresivo que suelo echarme a cuestas respecto a mis decisiones.

En las últimas semanas he tomado muchas decisiones. Es lo bueno de los años difíciles, uno termina por juntarlo todo en un pila sólo para verlo arder: lo bueno, lo malo, lo pasado. Todo. Porque si algo he aprendido de este par de años, es que uno sólo conserva aquello que desea permanecer con uno; sea un bolígrafo, una persona o un recuerdo. Todo lo demás se va y se pierde, para siempre. Me han cambiado por una ciudad, he aprendido a derrotarme y entender que a veces perdiendo se gana. No sé si el futuro sea brillante, pero al menos me gusta pensarlo. Ojalá que el futuro sea brillante.

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