Cayos de nómada

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Pues nada, que a los nómadas también les salen cayos. Pero quién les manda no haber descubierto la agricultura y los beneficios del sedentarismo. Quién les manda huir -o incluso peor: perseguir- su comida. Actúan quejosos, como si no supieran que el trabajo que no parece trabajo es en realidad más trabajo. Y es que cómo ser nómada y evitar la mirada tranquila y odiosa de los sedentarios. Cómo /no/ser nómada. Y sin embargo uno los mira /nos miran/, porque se parecen a cualquier otro, salvo por la hora y algunas convenciones torcidas / los sedentarios no saben que también tenemos jet lag/ que los hacen resaltar de la gente que sí tiene un lugar al que regresar. Pobres nómadas, con cayos, que aseguran que “el mundo es su casa” /al contrario, no es tal / y vagan de paraje en paraje, queriendo encontrar algo perdido, algo añorado, algo que nunca tuvieron y quizá no existe. Pobre nómadas que no pueden estar siquiera un par de semanas en el mismo sitio; pobres nómadas que no son quienes son /pobre mundo, del que uno nunca puede huir/.

 

—– Ay.

Noche rubia

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Postales de una noche: una noche rubia. La Condesa es un bodrio y debería ser dinamitada. Así, sin más. O bueno, con todo: especialmente con sus visitas. Una a una deberían caer esas prendas retro y sus gestos paródicos; las diademas con plumas y los rostros compugnidos. Uno a uno deberían estallar los cristales de todos esos bares y restaurantes fusión. Pero en medio del lodazal, como el lirio, crece la rubia. Y ahí, en la periferia (siempre tan periféricos, nosotros) estaba ella y sus “amigos con actitud”. Ah, mira esos jóvenes… escucha a esos jóvenes… carajo, Cobayo, ¿por qué no puedes ser un poco más como ellos y un poco menos como tú? Mira que podrías haber pasado la tarde con Slash. O mejor: saber quién vergas es Slash (porque tú, ternurita de vómito, creías que Slash era una diagonal: / . Y no, ese no era el Slash en cuestión). Mírate Cobayo, una garra, eso estás hecho. Pero por alguna razón (y tal vez por eso no cambias, ¡animal!) hay gente que te quiere. Y te lo preguntas seguido, todo el tiempo. ¿Por qué te quiere tanto si tú eres tan poco? Y sin embargo mírala, ella quería que estuvieras ahí y ahí estás. Y ella dice que te quiere porque viajaste muchos muchos muchos kilómetros sólo para verla. Pero cómo no viajar por alguien que te quiere tanto, te preguntas. Pero bueno, eso no importa. Hay cerveza y un sillón compartido; hay pláticas, hay sueño y hay gente que cruza, modosa -¡qué explote!, gritas- y bebes. Qué más da el lugar, todos los lugares son el mismo lugar, cuestión de enfoques.

Pero poco duraste ahí, sentado, platicando, escuchando y confidenciado. Poco dura todo. Y como siempre, se abrieron las compuertas de la noche. La rubia, y su amigo, y tú, los tres, a un taxi. A un taxi que manejaba él. Y viajar por la ciudad, viendo cómo los noctámbulos hacían la parada, y nosotros, cínicos, seguíamos adelante… más allá de Revolución, allá en la línea naranja. Pero antes, tacos de El Borrego Viudo. Y qué delicia, y cómo chuparse los dedos, y echarle salsa y desde el coche en un estacionamiento ver el ir y venir de meseros con platos y órdenes. Correr como sólo puede hacerse en el tercer mundo. Y correr. Tralalala. Correr. Verlos correr. Y chuparse los dedos de pura satisfacción capitalista. ¡Ay, Marx, de lo que te perdiste! Pero Marx no importa; ni Lenin, ni Vasconselos, ni quién sabe quién más. Lo que importa es que ya terminamos y nos fuimos. ¡Nos vamos! y el taxi chilangabanda arranca. Y nos perdemos en Revolución. Sube carcacha, sube transporte públicos. Perdámonos en San Pedro de los Pinos.

La casa era fea, la gente -para variar- no era de mi agrado. Y sin embargo, beber y dormir. Y estar con la Rubia. Qué maravilla dorada estar con la Rubia. Y reír a expensas de otros. O nuestras. Los otros a veces son tan aburridos que uno tiene que optar por el canibalismo y la automutilación de austoestimas. Y ¡auch! Jajaja ¡Auch! Jojojo. Todo sea por al risa y jajajear. Y luego dormir. Ser el primero en retirarse y hundirse en una cama. Y dormir, como si viniera la bruja. Y dormir hasta hoy… y entonces, decir, qué buena y tranquila y pausada y rubia noche. Cómo quiero a la Rubia, cómo me quiere ella a mí.

Cuestión de enfoques

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Cuestión de enfoques. Que mira que para mí no es lo mismo mirar con el ojo izquierdo que con el derecho. Una semana en Querétaro puede ser demasiado tiempo. Y corrijo -me. Una semana no en Querétaro, sino en Tequisquiapan. Una semana de sol y viento, de estrellas por la noche, de neurosis y vida a la deriva. ¡Ah! ¿Nunca te has preguntado quién deberías ser? Ser quien se supone quieres hacer es fácil: cuestión de voluntad (cuestión de enfoques). Pero ser lo que se supone que debes ser… ¡Ah! Pero mejor no hablemos de eso. Hablemos de Pi. O de tal. De Querétaro y otros lugares. De Puebla o de Cholula. De México y sus alrededores. De por qué no debí ir nunca a Cuahutitlán (o como se escriba) / de por qué nunca debí ir a Puebla / de por qué nunca debí porquear de más mi vida. Ay, por qué. ¿Por qué el porque? Porque sí, porque es lo que hay. Y todo sigue por ahí. Y escribir, sólo escribir, sin sentido, sin necesidad, incluso apuntalando la hueva con voluntad. Empujar, empujar, empujar. No importa cuánto cueste, no importa cuánto duela. Escribir como se arranca un padrastro, escribir como se debe escribir. Cuestión de enfoques. Creo.

 

Fly me to the moon

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Soy un hombre inestable. Hace 8 meses abandoné todo lo que era; y yo era un automóvil negro con una estampa de Mil Máscaras en la cajuela; era unas asignaturas de maestría y unas materias en licenciatura; era el novio de alguien, el hijo de alguien, el amigo de alguien; era una ciudad y un departamento en el centro; era una linda rutina que amenazaba con asfixiarme; era un sueño incumplido que -ahora lo sé- siempre lo será. Hoy no sé quién soy. He perdido todos mis referentes y poco a poco la desmemoria que me caracteriza va devorando aquél que fui y no podré ser más. Hoy soy un rostro que se borra detrás de un fleco, que se reinventa cada día (que se borronea cada día), que se esfuerza por el anonimato -porque sólo ahí se puede ser lo que se suponga que uno es. Hoy soy un hombre inestable; y lo disfruto tanto como lo padezco.

Desde hace 8 meses no he logrado permanecer en una misma ciudad por más de dos semanas. He ido viviendo a salto de mata, balanceando una pobreza inaudita y disfrutando a raudales. En unas horas estaré en Querétaro. Luego iré a Puebla y después, quién sabe, tal vez a Marte o la Luna. Fly me to the moon.

Universos paralelos

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¿De dónde sacaron el cuento ése de que hay que llegar a alguna parte? /universo paralelo/ ¿De dónde sacaron el cuento ése de que hay alguna parte? / universo paralelo / ¿De qué parte alguna sacaron el cuento ése? /espejo roto / A las preguntas habituales se le suma otra: ¿En verdad estoy iniciando algo? Claro, sigo partiendo del supuesto donde se plantea que los inicios son posibles. Quiero dejarlo en claro: quedará esto claro cuando lo entienda. Y sólo podré entenderlo cuando me quede claro. ¿Captas? / universo paralelo / ¿y qué veías cuando me mirabas? / universo paralelo / Quiero vivir en ese supuesto: de mí nadie sabe nada. Y no se tomen la molestia de decírmelo -ya lo sé- : estoy tan hueco que soy diáfano. Pero déjenme los supuestos; mira que cada quien tiene su parcela. Ojalá la mía fueras tú / universo paralelo / ¿Y a ti quién te hizo daño? / universo paralelo / Las pláticas cobran realidad. Le cobran a la realidad. Apenas completaba una partida de ajedrez imaginaria cuando / universo paralelo / Realidad random / Universo paralelo / Y es que… es que no vale la pena / universo paralelo / A veces hay que saber mirar. Educa la mirada, me decía. Y la eduqué a mi manera. Mirada malcriada. / universo paralelo / Basta pensar /espejo roto / El final del viaje /espejo roto / es tan sólo el principio /espejo roto / de una frase que nos nos llevará a ninguna parte /espejo roto / .

Entre sueños te veas; un día de raras ocasiones

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Hay quienes presumen de tener memoria paquiderma cuando de sueños se trata. Ciertamente, no soy uno de ellos. Aunque la madre ciencia afirma que todos padecemos actividad onírica mientras dormimos, pertenezco a esa parte de la curva que olvida todo lo que sueña. Claro, salvo raras ocasiones. Y hoy, todo parece indicar, que es un día de raras ocasiones.

El departamento -no recuerdo bien si era el da la Narvarte (bien podría serlo o no)- tenía un boquete oculto detrás de un mueble. Conducía a un pasillo iluminado por luz fría; paredes azules que colindan con el gris, azulejos de cuadritos, pequeños y húmedos, eran el piso. Para mí era un hallazgo. Y puntualicemos, yo no era yo. Recaía sobre mí esa condición extraña de duplicidad: era un niño pequeño y el adulto -que se supone- ahora soy. Mi madre, sin querer, sin mostrármelo en realidad, retiraba el mueble y vaciaba el agua con la que trapeaba el piso del departamento al interior de ese pasillo. Yo, niño curioso que por error vislumbra el pozo, preguntaba azorado a dónde conducía ese pasillo. Ella no se sorprendía al responderme que lo habían dejado los anteriores dueños, que daba a la construcción vecina abandonada desde hace muchos años. Ella lo atravesaba para tirar el agua sobre los diminutos cuadros sucios. Yo me avecé a explorar, y del pasillo salí a un jardín; el jardín de una casa.

 

——(En mi mitología personal, los jardines se repiten como una constante: El jardín de Epicuro, el de los senderos que se bifurcan, el jardín secreto, el Edén, los Paraísos perdidos, los Paraísos artificiales… el jardín de mi abuela, el balcón del departamento, las palmeras del camellón, el parque de la Álamos, el parque España donde había juegos de escalada, el de Villa Coapa, el que está frente al Tamayo, Chapultepec… la lista continúa. Es casi infinita. El mundo es un jardín.)

 

Ese jardín llevaba a una casa grande de la que no recuerdo la fachada. Pero debía ser blanca, victoriana. Lo deduzco por la luz, por la calidad de las imágenes. Tenía esos tonos cepias, quemados por el tiempo, dignas de cámaras amateurs de los ochenta; pelos largos, abombados, camisas a rayas; esas cosas. Como sea, entraba a la casa y me embebía con los muebles. Todos empolvavos, de piel, cafés, viejos, propios de los setentas, como sacados de relatos de Juan García Ponce o de Gustavo Saínz. No importa, como sea, me embebía en ese inmobiliario rojo y café. Lo tocaba y -maliciosamente- pensaba en llevármelos a casa; para mi depa (otra de mis obsesiones). Mi madre aparecía, como previniéndome de un hechizo. Los dueños de esa casa, de ese otro lugar, de Alicia en el espejo, había llegado.

Como castigo o supervivencia, no lo sé, nos convertimos en su personal doméstico. Pero uno muy distinto. Me convertí en su profesor (una obsesión más), pero esta vez, de acrobacia. ¿Pueden imaginarlo? ¿A mí, semejante bola siendo profesor de acrobacia? Pues en eso me convertí. Y, como por todos es sabido, en ese momento desperté. Se quebró el sueño y ya no supe más, salvo la vocación de guardarlo en algún lado y, tal vez, utilizarlo para escribir el libro de cuentos para niños que se supone me encargó F.E. ¿Será? ¿Servirá de semilla este sueño?… no lo sé, y tampoco me importa mucho. Lo que escribo es impredecible. Más impredecible que yo, incluso.

Después de comer -actividad que le sigue a guardar esta entrada en el blog- viajaré a Puebla. Pasaré una velada con los amigos, mañana comeré con la familia so pretexto de mi aniversario y luego regresaré aquí, donde si bien no es mi hogar, por lo menos es más cómodo y, no sé, aún me llena de cierta dicha que se traduce en un estúpido e ingenuo amor por esta ciudad que, creo, en realidad no quiere a nadie (porque nadie la quiere en realidad). Como sea, la vida sigue y es posible que la vida sólo sea sueño. ¿No es así, Calderón?

Mujeres, qué cosa más extraña

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No soy amigo de las efemérides. Mucho menos de que mi trabajo, ahora, consiste precisamente en rescatarlas y explotarlas. Uno llega a saturarse de escribir de los mismo; de hacerlo rápido y bien (o al menos lo mejor posible). Y creo que en esta rat race por publicar contenidos “actuales” y “al momento”, se termina perdiendo de vista lo que significan las cosas. Es como cuando uno repite muchas veces la misma palabra hasta olvidar su significado primero. Mujer, mujer, mujer, mujer, mujer. ¿Qué es eso?

Como hombre -dejemos de lado las demás etiquetas- creo que difícilmente entenderé lo que significa ser una mujer, tanto en lo biológico, como en los psíquico o lo social. No importa cuántos libros de feminismo me haya chutado -y me chutaré (es un mal hábito)-, no me creo capaz de comprender la complejidad de ser otro, de ser alguien que no soy yo. Y, sin embargo, hay un pero. Podré no comprenderlas, pero podré sentirlas, ya sea como hijo -familiar genérico- amigo o amante. Ellas han estado en mi vida a todo lo largo y ancho; han secado mis lágrimas y, también, me han hecho llorar (aunque, lo confieso, son las menos de las veces). Me han acompañado y abandonado. Han desfallecido en mí o conmigo o por mí. Pero han sido una constante matemática, parte de esta ecuación o -peor- fórmula para el desastre que ahora soy.

Hace unos minutos me topé con este texto de una de esas mujeres, Katya Albiter. Y procedo a hacer uso del copy & paste para compartirlo (aunque creo que ella es mi única lectora, ja). Como sea, ahí lo dejo a disposición de quien lo quiera copiar y pegar. No sólo está bien escrito, también es conmovedor y, claro, desde el momento que ella lo hizo, para mí es valioso.

 

El día de la mujer, esa-mamada-qué

Sí, realmente creo que la mujer es su peor enemiga. Realmente creo que el día de la mujer es un insulto porque implica que el resto del año estamos jodidas, y sin embargo…

Ellos, los hombres, nunca van a entender el conflicto de ser mujer, lo que implica, lo que duele. Sólo se quejan de que si nos baja, de que si los berrinches, de que si la neurosis, de que si nos jodemos unas a las otras, de que si…

Lo cierto es que por muchos años yo sentí que ser mujer era una carga, después de todo mi madre esperaba que fuera hombre y, para no variar, le llevé la contraria. Nadie me lo tuvo que decir, sabía que ser mujer era difícil, tuve que aprender a lavar la ropa (en ese entonces a mano), limpiar la casa, cocinar, hacer los mandados, todo antes de los diez. Tuve que soportar el abuso masculino callada y sin replicar, porque ellos eran grandes y fuertes, y yo era mujer, así que seguro que la provocadora era yo, la mala, la tentadora, la Eva.

Cuando me cansé de ser buena, me convertí en la mala, o al menos en lo que suelen llamar así. Hombres y mujeres me juzgaron duramente por convertirme en una persona fuerte, segura, cínica, por hablar abiertamente de sexo, de violencia, de esa vorágine que llamamos sentimientos. Y tuve que vivir así, siendo señalada por reír demasiado alto, por bailar libremente, por andar descalza, por hablar claro y decir mi opinión, por usar minifaldas, por beber, por acostarme con equis o con ye.

Ser una mujer libre tiene un costo muy alto: la soledad.

Para reconciliarme con mi género tuvo que pasar algo, o mejor dicho, alguien. Una niña. Lloré mucho cuando supe que sería mujer. Lloré por ella, por mí, por lo difícil que sería, por los juicios, los abusos, las presiones y represiones. Pero esa niña lleva varios años enseñándome lo maravilloso que es ser mujer, la magia de la sensibilidad, de la dulzura, del amor y también la fuerza, la tenacidad, la garra con lo que se defiende lo que se quiere y lo que se cree.

La mujer que también es madre tiene una disyuntiva terrible: realizarse profesionalmente o estar con los hijos. Si se decide por la primera habrá que aceptar el remordimiento, la culpabilidad, las consecuencias de no estar con ellos. Si se deja todo por ellos, se tendrá que estar dispuesta a la frustración, al rencor, al abandono y sí, al jucio público que considera que ser ama de casa es despreciable.

Están las otras, las que no pueden elegir, las que deben trabajar para mantener a sus hijos. Las que sacrifican todo por ellos. Y también están las que se rebelan y dejan todo a y todos, siendo tachadas de putas y de perdidas por pensar en ellas.

Pero no, dejen que todos se quejen, dejen que los hombres se quejen del día de la mujer, dejen que nos critiquen porque nos destrozamos entre nosotras el resto del año, dejen que las mujeres renieguen de su condición, dejen que critiquen.

Al final, estamos acostumbradas a eso ¿no? Estamos acostumbradas a ser vilipendiadas, minimizadas, calladas, ultrajadas, y también estamos acostumbradas a que todo se arregle con una palmadita en la espalda y un perdón.

Sí, ellos nunca van a entender, pero a veces tampoco nosotras lo hacemos. Porque las que educamos machos somos nosotras, las que permitimos que nos insulten y nos peguen somo nosotras, las que enjuiciamos más duramente a las otras mujeres somos nosotras, las que no creemos en nosotras somos, sí, adivinaron, nosotras.

Y si un puto día en el año nos hace recordar A TODOS la importancia que tenemos, lo valiosas que somos, la lucha por nuestros derechos (que sí ha existido, pero que como todos los logros que no costaron suelen ignorarse o despreciarse). Si un puto día en el año también nos sirve de duelo por las mujeres muertas y desaparecidas, si nos calan las injusticias de las que somos objeto sólo por ser mujeres; si en un día se pueden condensar todas esas lágrimas que hemos derramado, todos los abrazos y besos que hemos dado, todo lo que hemos amado, sufrido, odiado, perdonado, entonces vale la pena.

Que al final la gente siempre se va a quejar, y hay haters profesionales para todos los días del año.

Y conste que la que escribe estas líneas ha sido tachada de machista más de una vez, reniega del feminismo, es fan de los chistes misóginos, tiene envidia del pene y cree que las cosas se ganan por el trabajo personal, no por lo que nos cuelga o no nos cuelga entre las piernas.

Y no, yo no quiero la igualdad entre hombre y mujeres, prefiero la equidad, el respeto, la convivencia armónica, el reconocimiento del otro, sí, yo voto por la otredad, aunque sea un sueño guajiro, pues si hay algo que amo de mi lado femenino es esta capacidad de soñar, de creer que la felicidad es posible.

Con cariño para todas mis mujeres queridas,

:*