Necropsia a un Cobayo


Noviembre 15, 2009, 11:26 am
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I

A veces pienso que mis padres me prepararon para este momento >> En mi habitación había un cuadro en relieve con la siguiente leyenda: “Pon una cara feliz”. El retrato mostraba a un niño llorando (de esos de ojos grandes) que sostenía una máscara sonriente. Creepy.

II

El día que llevé a Ana a la terminal hacía mucho frío. Los días previos y siguientes no alcanzaron a enfriar de tal modo el termómetro. “Ojalá creyera en cosas paranormales”, me confesó Ana, a través del messenger. “Todo sería más fácil si así fuera”, dije.

III

La idea de soñar estrellas y planetas de grandes proporciones me sigue perturbando. No puedo dejar de pensar en el diario de Van Gogh, donde él encontró una relación entre las estrellas y la muerte; él soñaba que volaba hacia ellas, buscando la muerte. A mí me hace pensar que ellas -la muerte- quieren venir a mí. Aún no quiero morir.



De un viernes próximo
Ana y el fin del mundo

Ana y el fin del mundo

I

Ese día, en tu casa, tomándote de la mano y mirando que hasta la llama de las ceras parecía contenerse, evité llorar. Ahora ya no puedo. Mañana te dejaré en la terminal y tendré que decirte “hasta luego”; las palabras más difíciles de este año. Procuraré no llorar, ahí, frente a ti y tus maletas; por favor, tú no lo hagas, que si lo haces me desharé en piedras, como Pedro Páramo.

Bolsa de palabras

Bolsa de palabras

II

He callado dolores que, comparados a los tuyos (a los tuyos y del mundo) me parecen nada. Pero callarlos no significa dejarlos de sentir, ni su nimiedad al compararlos los hace más ligeros. Si no te los compartí, si sólo te los deje entrever en estos últimos meses, no fue debido a mi enorme egoísmo o una supuesta falta de confianza; fue mi determinación de hacer que los viernes fueran más ligeros para ambos. Sé que esto ya lo sabes, porque para ti he llegado a ser diáfano. Y porque sólo al haber llorado frente a ti comprendí aquello de “una mirada tuya basta para sanarme”; porque al verme roto y descompuesto por la vida , resentido y lastimado por aquellas personas que tanto quiero, tú sólo me miraste y me sacaste a bailar con una cerveza en la mano. Y así la noche fue mejor. Gracias por mirarme.

Cheerfull robots

Cheerfull robots

III

Sabes que dudar es mi único oficio. Me has reprendido y admirado al mismo tiempo por ello. Ten la certeza de que lloraré esta noche. Pero sólo será hoy, te lo prometo, porque no quiero que la única forma de extrañarte sea derramando lágrimas. Lloraré, si queremos toda la noche. Pero sólo será por hoy. Mañana te dejaré en la terminal, te besaré y abrazaré como cada madrugada de sábado y entonces te diré: “nos vemos el próximo el viernes”. Y mientras ese viernes llega, mientras espero la noche, prometo ser lo más feliz que pueda, para que al vernos -al por fin volver a vernos- me encuentres con una sonrisa nueva.

Te amo. Buen viaje, encuéntrate pronto, que yo haré lo mismo.



Octubre 18, 2009, 7:24 am
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I

Desde que era un crío me han venido diciendo que el mundo está agonizando, que todo (la economía, la política, la moral ¡la moral!), que todo va para mal. Me han advertido que el mundo es decadente, que el hombre cada día se asemeja más a sus compatriotas animales, que este mundo no es para mí ni para mis compañeros de cuna (jóvenes con valores (?), clasemedieros y católicos), ¡Juventud, divino tesoro!… Tanto la derecha como la izquierda (por distintas e iguales razones) han señalado coléricos a Norteamérica y Europa como fuentes de podredumbre y veneno para nuestras almas de buen salvaje (Dios te guarde, América Latina). El mundo -dicen- está mal, -recalcan- mal, -rematan- muy mal.

II

Ahora, que son las siete de la mañana y tengo frío, mi vida entera parece más que un sueño, una alucinación hipnagógica.



Esto es sólo sexo

Me gustaría decirte que me gustas, en vez de susurrarte al oído “esto sólo es sexo”. Me gustaría pasar a tu casa después del trabajo, ayudarte a cocinar y hacer la sobremesa viendo la televisión entre arrumacos. Sé que te gustaría que te presentara como algo mío; y sé que sería agradable que me presentaras como algo tuyo. Pero, te lo repito, es sólo sexo.

Me gustaría sentir por ti lo que por otr*s he sentido. Mira que me he esforzado en aquello de “dar(me/te) oportunidades”; mira que me he quedado en silencio mientras hablas y he tratado de concentrarme en tus caricias. Mira que he intentando tanto ser, como no ser, yo mismo. Y no, más allá de una ternura casi paternal, no he logrado sentir más por ti.

¿No sería maravilloso corresponderte? ¿No seríamos tan bellos y felices como los protagonistas de un comercial filmado en la playa? Imagínate, tú sonriéndome y yo dibujando la misma mueca en mi rostro, viéndote a los ojos y tomando tu mano entre la mía. ¡Qué felices! ¡Qué eternos! ¡Qué jóvenes y enamorados!

Pero no, ni esto es la playa, ni somos felices.

Bien, pues ayer te volví a decir lo mismo: “esto es sólo sexo”. Y hoy amaneció nublado, y cada quién en su cama y, esto, esto fue sólo sexo.



De los viernes

Luces de neón: decepción garantizada. Brillos y oropel, gloss, cadenas y diamentes de plástico. Simulacros de amor: no corro, no grito, no empujo. Besos, caricias y bebidas energéticas. Un beat estriente y la espiral de la embriaguez. Movimientos cadenciosos y decadentes, coreografía de viernes. Silencio: ya viene el fin del mundo. Tum tum tum, los cuatro dj’s del apocalipsis. Viajan en misiles y botellas ambarinas, dejan como sombra líneas de coca y botellas de agua vacías. El fin del mundo ha comenzado ¿Vas a bailar o te quedarás sentado?



De la educación emocional


Reencuentros
Originally uploaded by Cobayo.

Para Sócrates el amor era carencia y avidez; carencia porque sólo se puede desear aquello que falta, avidez porque la tendencia natural del hombre es saciar su deseo de manera inmediata. Amar es carecer, pero también aspirar; es fatalidad y esperanza al mismo tiempo. Amamos como podemos, como sabemos, como nos han enseñado.

El amante que amamos -aunque sea hipotéticamente- es producto de los amantes anteriores; aquell*s que l* amaron, aquell*s que l* lastimaron; en breve: aquell*s que a base de prueba y error l* enseñaron a amar. Dime cómo amas y te diré cómo te han amado.

Ella me enseñó a amar; y me maleducó, porque me dio la peor de las educaciones: la de un corazón libre que desdeña de la fidelidad del cuerpo, pero no perdona la deslealtad. Me perdió al aceptarme cual soy; y peor aún, me amó -y ha amado (espero)- no a pesar de mis defectos, sino precisamente por ellos. Fue mi pedagoga emocional, madre de aximas, tales como: “La próxima vez que haya un corazón roto, procure que no sea el suyo”. Ah, esa mujer que, al jugar yo mi corazón al azar, lo ganó con un siete negro en la ruleta.

Ahora, en este mundo de amantes dolid*s, de amores de unicel (desechables, Óscar, como tú, como yo), de monogamia obsesiva predestinada a la traición y búsqueda de ideales irrealizables, en este mundo de “gracias”, pero “no gracias”, me siento perdido y desubicado. Porque como dice Anafilia: en este mundo de amantes prefabricad*s hay que evitar ese molesto vicio de ser honesto, de mostrarse tal cual es uno, con patologías virtuosas y terribles virtudes. Este mundillo de citas a ciegas, escondiéndose uno mismo cual avestruz en la tierra… este mundillo tuyo y mío en el que ahora me muevo…

Ella me maleducó a ser mí mismo. Su aceptación incondicional formó este demonio que ahora se muestra, que ahora sonríe, que será deleznado por ser monstruo, mosntruo divino; divinidad de psiquiátrico. Ella me enseñó a amar. Ojalá ella fuera la pedagoga del mundo.



Del eterno retorno II

He mandado correos sin recibir respuesta; esperado llamadas sin en realidad hacerlo. Me ha bañado con agua fría y he logrado rebasar conduciendo en cuarta. Me quedé dormido tratando de olvidarte y he llegado media hora tarde al trabajo. He estado en fiestas, he besado algunas chicas y contemplando largo rato un par de barbas por el retrovisor. También he comido lechuga -mucha-, y bebido varias tazas de té de limón sin azúcar. He tomado cerveza clara, hablado con extraños y también he sonreído sin motivo en la penumbra de un bar (cosas que estoy seguro no crerías he hecho). Y sí, sigo hablando solo, despertando con miedo, fumando entre semáforos; pensando en irme de Puebla y también en quedarme hasta volverme viejo; coqueteando con mis alumnas, insinuándomele a un maestro; y pensando, siempre pensando, que esto del eterno retorno es un chiste viejo, de esos que alguna vez hizo gracia. Pero no todo está perdido. Porque si el mundo ha de repetirse -y lo hará eternamente y del mismo modo- sé que de nuevo volveré a verte, aunque de nuevo sólo sea por un tiempo; aunque de nuevo vuelva a perderte y escriba una vez más esto mismo una vez más; aún y todo, podré reír con Heráclito y decir: “Pinche puto el Parménides ese”.



De la bandera blanca

Ok, me rindo, tú ganas. Abandono todo intento por darte la espalda. No más fugas nocturnas, no más distracciones mientras manejo. Prometo no cerrar los ojos hasta en realidad quedar dormido, y no dormir a menos que sea necesario. Desisto, escúchame bien, sin siquiera proponerte una tregua, sin oponer resistencia, sin darte el privilegio de verme errar una vez más. Me rindo, ante ti, realidad.

Dame unas horas al día para dedicarme a lo mío, el resto es tuyo. Déjame solo mientras escribo, concédeme ese último deseo. Durante el día prometo seguir la ética del sometido, practicar la indefensión aprendida, volverme tu agachado. Me conformaré con las pequeñas victorias realizadas en tu nombre: una clase eficiente, una semana de paga, los dientes limpios, el coche verificado.

Dejo de lado toda esperanza; de recibir una llamada, de escuchar su cambio de parecer, de recibir una nueva oportunidad. Acepto -especialmente en ese terreno- tu supremasia. Me has aplastado; tus argumentos ya no puedo contestarlos con mi irracionalidad. Acepto mi etiqueta de perene equivocado: dejo que se cumpla en mí tu ley del eterno retorno.

No más justificaciones; y aún más importante: no más autojustificaciones. Obré mal y el resultado lo gané a pulso. Por favor, no me lo refriegues en la cara; creo que he aprendido. Concedeme con el favor de tu tedio el olvido. Que no recuerde esa invitación a verlo mezclar, que olvide la fecha de su compleaños; quita de mi mente la imagen de su patilla y la forma en que se torcía su sonrisa. Vuélveme gris, pero con memoria selectiva.

Yo confieso ante Dios todo poderoso que he pecado de pensamiento, obra e ilusión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa (he obtenido lo que me merezco). Me entrego de nuevo al spleen sin oponerme a él, a tu desazón, al abandono de mis amig*s. Derrotado a ti me entrego, sin más condiciones que los favores que te pido. No me hagas mejor persona, sólo dame una mala memoria.

Prometo a tu favor dormir el corazón. Untarlo de novocaína y procurar no morderlo mientras está adormecido. Prometo -sí, lo prometo- dejarme de ilusiones huecas, de promesas tontas, de historias ficticias que no sean esas que me escribo: todo en aras de ser uno de los tuyos. Recíbeme por entero, que desde ahora soy tuyo.

La bandera blanca ya ondea sobre mi cabeza: por favor, no dispares.



Encuentros y desencuentos

Dicen que un poco de miel atrae más moscas que el vinagre. El problema será, después de un tiempo, deshacerse de las moscas. Si bien las posibilidades de conocer a alguien son elevadas en la vida diaria, a través de la internet parecen multiplicarse. Pero “más”, a veces, puede significar menos: el aumento en el número de encuentros también eleva exponencialmente el de desencuentros. No coincidir, diverger, e incluso no coincidir en la percepción de dicha divergencia pueden convertirse en el nuevo sinónimo de una “cita a ciegas”.

Un perfil idoneo, en la página adecuada, puede provocar un alud de invitaciones a conocer desconocid*s. Y, aunque para algun*s solitari*s pueda parecerles algo atractivo, lo cierto es que la mayor parte de estas personas terminarán detentando el mismo título con el que ingresaron a su vida: el de desconocid*s. Nuestras habilidades de interacción parecen haberse mellado con el paso de los nuevos tiempos, empobreciendo las múltiples posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías.

Parece ser que hemos subordinado la experiencia de “conocer” al principio de “encontrar lo que de antemano se buscaba”. Es decir, en vez de ver qué hay, buscamos si en dicha persona existe lo que queremos encontrar puntualmente; la búsqueda de un “original”, o en léxico más nuestro de una/un “princesa/ipe azul”.

¿Será esto un fenómeno de vivir en un mundo que nos ofrece la ilusión de darnos servicios ” a nuestra medida”?

Noto en mí que a lo largo de los años mis búsquedas por “conocer gente” (para tener sexo, para entablar una amista o, incluso, una pareja) se han vuelto más estereotipadas. Las mujeres o los hombres “deben” de ser/verse/pensar/actuar de cierta manera; una manera que obviamente es muy similar a la mía. Pensar en que podría entablar intimidad con un hombre a quien le guste Shakira o una mujer para quien sea prioridad ir al Salón de Belleza (y no el del de Bellatin, eh) rompe mis esquemas.

Sin embargo, cuando pienso en las relaciones sentimentales que he entablado a lo largo de mi vida, me doy cuenta que aquellas personas con quienes me involucré orbitaban en mundos muy distintos al mío ¿Qué tenía yo que ver con una psicoterapeuta, cuando soy acérrimo enemigo de la clínica? ¿O qué tendría que ver con un reportero cuando desprecio al periódico por su ser-efímero? Nada. Y eso fue lo interesante.

En los últimos meses rompí ciertos tabúes personales. Conocí a una chavito de veintiún años con quien me la he pasado riendo. A una jotita que, aunque en un principio me sacaba canas verdes, terminó por hacerme pasar una buena tarde. A un educador de San Martín que, aunque en internet parecía ser hosco, terminó por hablar bajito y compartir mis ideas en torno a cómo nos hemos vueltos desechables.

Hasta ahora comenzar por tolerar para proceder a aceptar y encontrar convergencias en vez de únicamente quedarme en las divergencias me ha ayudado de forma extraordinaria. Han sido encuentros reales, donde estas personas también, a cambio, han soportado mis deficencias, mis prejuicios y mis clasismos involuntarios. En cierta forma me he sentido re-conocido en el otro, y me he encontrado… y me he encontrado mejor.

Estos hechos me han dado luces sobre fenómenos pasados. Sobre desencuentros. Sobre encuentros que nunca lo fueron, por mucho que me propusiera que lo fueran, o que imaginara que lo fueran. A veces uno no es visto por quien quiere uno ser visto; pero si uno alcanza a dominar la temporal frustración ante dicho hecho se da cuenta de que en realidad no quiere ser visto por aquellos que no lo ven. En horabuena por el mundo.



Del infierno de las cosas blandas


Smokin’ Bear
Originally uploaded by KillTaupe.

En el infierno de las cosas blandas estoy seguro habrá un lugar para mí. La cosa estuvo así: postrimería de viernes en un bar decadente, cuba en mano, un mesero chichifón produce-bilis-negra y cuatro osos, uno más bueno que el otro y no sé por cuál empezar a contar. Bien, el escenario estaba puesto y yo menos que dispuesto: fórmula perfecta para el desastre.

Mis intenciones eran buenas, pero escindidas. Por un lado quería mandar al mundo a tomar por culo, autisteando con el celular; por el otro moría por acercármele a aquella reducida manada que -pa’ colmo- se veía harto amistosa. ¿Qué hice? Hacerme pendejo y dar muestras concretas de mi mariconería (no en el sentido de jotez, sino de pusilanimidad): apenas uno me miraba, bajaba la vista y me perdía en el vaso; vamos, ni una sonrisita tímida pude esbozar.

Y pérmitaseme el derecho de réplica. Las personas cuando se enteran de mi enorme timidez se preguntan cómo diablos le hago para ser tan desenvuelto en un salón de clase, cómo diantres pongo y quito condones frente a cincuenta personas y todavía bromeo sobre cómo usar un dique de latex. La respuesta está en [redobles por favor]:  el poder. Sí, frente al salón los espectadores me confieren el poder y yo, a través de mi ñoñería y labia me siento en control de la situación. Pero apenas abandono ese contexto soy el ser más desarmado del planeta.

Pido el derecho de réplica para que las condenas a mi pusilanimidad sean menos severas, porque con las mías, basta. Reconocer que uno es blando y deshuevado pega fuerte al ego, sobre todo en los paradigmas de masculinidad de nuestra cultura, tan bien introyectados a lo largo de veintitantos años. Así que hoy aún tengo esa sensación de autocondena y autovergüenza propia de alguien que habla solo la mayor parte del tiempo.

Intentaré enmendar mi error… algún día, claro. Por lo pronto seguiré condenado al infierno de las cosas blandas.