Calaveras y diablitos
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Darle al centro un pequeño aire de Sodoma no es fácil; sin embargo, ella lo consigue. Basta sentarse en un café, asaltar una banca del zócalo o, incluso -por qué no-, ocultarse detrás del neón. Con ella basta. Y no, no se me juzgue tan rápido: no estoy enamorado. Aunque podría estarlo: ella hace del sexo un verbo, y lo conjuga, lo con-juega (yo sexo, tú sexas…); todo es lúdico a su lado.
Fuera de ella no he encontrado otra lesbiana que disfrute tanto hacerle sexo oral a un taxista en un despoblado. Ni a ninguna que cave un hoyo en su jardín para enterrarse viva. Vamos, que ninguna otra lesbiana disfruta tanto a un hombre. Y no -ella lo dice-, no es bisexual: sólo juega… homo-ludus-lesbians.
Imposible transcribir cómo transcurre una noche a su lado. Y no sólo imposible, también inescesario. Porque de qué sirve narrar, cuando su sola risa destruye babeles, cuando con una mirada desnuda transeuntes, cuando con una impertinencia me enrojece.
Sólo puedo decir que es la dama de los viernes; la dama más sucia que conozco.
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Mira que la vida es extraña; y perdóname el lugar común con el que inicio. Veintitantos años (veintidemasiados a veces, veintipocos otras) han transcurrido y, como Inmaculada, sentada frente al ventanal en el departamento de su hermano, siento que la vida aún no empieza. Y, lo sé -en serio, lo sé-, me equivoco; porque vida es esto: vida es esta pasividad, esta levedad, este no-sense de tarde de domingo.
Auscultándome el otro día descubrí un cayito en mi maquinaria cardiaca. Una encarnación, carnita blanca que se ha puesto dura. Me ausculté porque alguien (sí, ese alguien), me dijo que algo no andaba bien en mí, que aunque ese saquito se hinchaba y desinflaba algo en él no servía. Y entonces me ausculté; y descubrí este abultamiento.
Primero creí era un tumor ¡Me habían herido de muerte! -pensé. Pero sobándolo un poco descubrí que el asunto era meramente superficial, epidérmico. Un cayito, piel dura e insensible que se forma tras una exagerada fricción. De un cayo nadie se muere -me dije- porque de ser así ya me hubieran amputada las patas desde hace muchos tiempo. No, de un cayo nadie se muere.
Pensé en ir al centro y comprarme un kit de pedicura. Rasparía con esos instrumentos raros la carnita endurecida y listo: a sentir como siempre. Pero… pero sabes que conmigo siempre hay un pero. Pero ese cayo, ese cayito blanco, ese abultamiento me sirve de mucho. Porque -como todos saben- el cayo es insensible después de un tiempo. No duele, se endurece y bloquea. Y así, así quiero estar por ahora.
“Esa persona” -sí, tú sabes quién- me preguntó porque tenía un cayo en tan disímil lugar. Le dije que sabía, pero que no le iba a decir. Y no le dije; y no le diré. ¿Y por qué fue eso?… ¡Ah!, pues por el cayito. El cayito me hizo no decirle y todos felices al final del día.
Del corazón me han dicho muchas cosas. Recuerdo a alguien -reducido hoy en día a un recuerdo en jpg- que se aventó la puntada de decirme que un corazón roto era más valioso que uno nuevo; porque habñia vivido y porque… ñañaras ñañaras, un sinfín de cosillas cursis que, en esos momentos despechugados, qué bien hacen. Pero apenas le rompieron el corazón, me mentó la madre cuando se lo dije a él ¡Jo!
Así que ahora tengo mi cayo. Y me gusta, porque así no siento cuando tocan ahí. Así, los veo pasar de largo con sus elogios, con sus cumplidos, con sus buenas intenciones y sus ganas de que “seamos algo más”. No, *, no. Yo no quiero ser “el algo más” de alguien. Mira que he visto a las mejores mentes de mi generación reptar por los suelos… y así.
Ese cayito hace que me valgan madres muchas cosas. Y eso, es bueno (Dios, dixit). Ese cayito es tan bueno que no me hace guardar ni rencor, ni despecho, a las personas que contribuyeron a formarlo. Y eso es bueno, porque no lo hicieron adrede. Simplemente encontraron a “alguien más” que sacía de mejor forma sus necesidades. Y es que si lo pones en balanza, *, un “algo más” es mejor que un “algo a secas”.
Y me alegro de verl*s content*s, alegres; aún y cuando esa alegría no provino de mí, ni intervine en absoluto en ella. Ver a alguien contento siempre es algo agradable -creo. Y mientras ell*s tienen a su “algo más”, yo tengo a mi cayito, porque, ya te lo he dicho, así como no quiero ser “el algo más” de alguien, tampoco quiero que alguien sea mi “algo más”.
En horabuena por tod*s. Y en horabuena por mí y mi cayito. El universo, de nuevo, está equilibrado.
Deberás disculparme; no conocía esa faceta tuya. No sabía de lo que podía ser capaz el tiempo. Había escuchado de la erosión (hace mucho tiempo, en la escuela, en un libro de texto), pero nunca me había erosionado. Insisto, deberás disculparme; disculparme la forma en que te miré, por cómo te toqué y por cómo no lo hice. Discúlpame por creerte, por tomarte al pie de la letra. Te convertí -en verdad, fue sin dolo- en una postal de otros tiempos; tiempos mejores, ciertamente. Y ni tú, ni yo, fuimos esos tiempos mejores. Ahora sé que tú [en tus múltiples cuerpos, en tus tantos rostros (todos ellos bellos, no me cabe la menor duda), en tus vidas ora desaforadas, ora tranquilas], has encontrado otros tiempos, otras personas. Incluso, puedo decir, que me has encontrado [en otros cuerpos, en otros labios, en otras vidas]; y me has encontrado mejor. Disculpame -por favor, ¡hazlo!- por habernos pensado etern*s. No era mi intención desaparecer: era mi script, era mi guión, mi pie de salida. Tú lo sabes (yo te lo dije), cuando la historia parezca que va para ningún lado, introduce un personaje nuevo… y saca a uno viejo (esto ahora te lo digo). Gracias *. Gracias a ti con todos tus nombres. Ahora, déjame en silencio, que es tiempo de que me reuna con la tercera persona. Incluso -quién sabe- con la tercera persona del plural. Disculpa que me vaya sin irme, que me quede sin estar, que me detenga a mirarte desde lejos (no, no me ves, nunca lo hiciste). Y perdona, perdónamelo todo, que, aunque no haya Dios o cielo, o una recompensa para quienes obran bien, estoy seguro de que será, por lo menos, un peso menos, un paso adelante para olvidar mirando mi retrato.

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Dedicada a Anafilia, con harto cariño.
Feliz Huatulcazo.
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¿Te enamoraste de su bonita letra? ¿Le diste el sí con un emoticon? ¿Estuviste al pendiente de sus publicaciones por más de un mes antes de animarte a contactarl*?…
¡A ti te estoy buscando!
Si te enamoraste a través de la web 2.0 (Blog, Twitter, Myspace, Youtube, Xtube, Facebook, Hi5 y lo que surge en la semana) mándame un mail a doncobayo [at] gmail.com o déjame un comment para informarte del asunto. Todo será harto confidencial y muy divertido; lo prometo.
Su hermana había envenenado a cinco perros. Durante su agonía, dijo, ella los vio entrar a su cuarto. Eran cinco perros grandes; se sentaron, enfilados, a ambos lados de su cama. Cuando murió, ellos la guiaron a “el otro lado”.
El rostro de mi maestra -¿Miss Elena, Claudia, Gabriela?- era impasible. Recuerdo su mirada perdida vagando sobre nuestras cabezas. Era noviembre de 1989; tenía 6 años. Su pelo -no sé por qué- lo recuerdo de un rubio verdoso. Pero ella es lo de menos.
La moraleja -todas las historias en la primaria las tenían- versaba sobre el perdón de nuestros actos en vida al encararnos con la muerte. Los cinco perros -tan inocentes como los niños de Herodes- habían perdonado a su hermana; y no sólo eso, su maganimidad -derivada de su condición de inocentes- era tal que la conducirían al “más allá”.
El culpable, redimido por el inocente, vence el remordimiento que lo tortura a través de recibir el perdón; ubicándose no a la par de éste, sino debajo de él. Cuando Sócrates afirmó a Calicles que era mejor sufrir una injusticia que cometerla, tal vez pensaba en esta última condición de superioridad de la víctima sobre el victimario.
Ayer, camino a Cholula, recordé a Antares; recobré su recuerdo (su sonrisa perruna, su pelo sedoso, su mirada triste que se encendía al vernos), y con él vino el remordimiento, la culpa -incluso el llanto contenido. Cometí un daño irreparable, y el perdón -el descanso del culpable-, ya no puede otorgármelo mi personal agraviado.
La memoria -de acuerdo a Pual de Mann- nos transforma; es un pozo profundo del que salimos renovados. Recordarlo fue recordarme a mí; recordar la frivolidad, la frialdad con la que consentí su abandono, sin siquiera pensar dos veces en su tristeza, su desconsuelo, su desarraigo de lo que él siempre conoció como su hogar.
Me recordé malo. Y la culpa de haber participado en lo que sería su condena a muerte hoy me transtorna. Ignoro si él vendrá a mí cuando la muerte esté próxima. Ignoro si, como en la historia de mi maestra, él me llevará al “más allá”, si me perdonará, si elevándose sobre mi retirará el remordimiento.
Perdóname, Antares; no sabía lo que hacía.
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1.- Todos los lugares son el mismo lugar: quédate en cama.
2.- Las personas son fuente de conflictos (internos y externos) aléjate de ellas el mayor tiempo posible.
3.- Aunque uses todas las palabras del diccionario no podrás darte a entender; deja de intentar explicarle a los demás cómo te sientes.
4.- Si te sientes sol*, es porque estás sol*; y estás así por el punto número 2.
5.- Si te sientes mal, duerme. Si estás aburrid*, duerme. Si tienes sueño, duerme. Dormir de ninguna forma es una solución, pero es más divertido que estar despierto.
6.- No te procupes por qué comerás el día de hoy. Cualquier platillo te sabrá insipido de todas formas. Es un buen momento para empezar una dieta.
7.- Si tu trabajo te deprime: desengañate, es tu vida la que hace eso.
8.- Sonríe. Así te quitarás de encima a tod*s l*s cretin*s que no tienen nada mejor qué hacer salvo entrometerse en tu vida.
9.- Si crees que has dormido demasiado tiempo, vuelve a dormir; con eso se te olvida.
10.- Comienza a fumar. No sólo reducirá tus niveles de ansiedad, te dará algo qué hacer entre siesta y siesta.
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Comprendo la soledad de un botella vacía, el temblar involuntario de una mano, el cansancio del atardecer.
Sé de retratos que caen al suelo, de fotografías borrosas y números de teléfono olvidados.
Entiendo algunos arrebatos, cómo factorizar un binnomio cuadrado perfecto y los motivos de algunas pinturas.
He olvidado personas, citas importantes y dónde dejé las llaves del coche.
Pero no comprendo por qué me siento así, ni sé por qué las cosas han sucedido de esta manera ni entiendo qué he hecho para obtenerlo y he olvidado cómo salir de estos embrollos.
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No estoy en busca del amor; más bien me le estoy escondiendo.
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No creo en Dios.
No creo en Marx.
No creo en mí.
Tampoco en el Fin del Mundo.
Ni en el principio de los Tiempos.
Me cago en Stephen Howking.
Y detesto a Madonna.
Nunca me gustó la música de Jhon Lennon.
Y tampoco fui fan de Mettalica.
No entiendo a Heideger.
Y Nietzche es el abuelito de los emos.
Carlos Fuentes se puede tirar a un precipicio.
Y que Mario y Gabo se avienten con él.
No veo espíritus.
Pero me dan miedo los fantasmas.
Vivo en casa de mi madre.
Y ella me hace de comer y plancha mi ropa.
Pero eso sí, “soy bien independiente”.
Estuve tres años en pscioterapia.
Y más de diez deprimido.
Tomo medicamentos todos los días.
Y fui un drogadicto moderado.
Me da miedo la gente.
Pero no creo que existan personas malas.
Me volví un descrído.
Y desde los veintitrés no me he vuelto a enamorar.
Me siento triste.
Pero me vale madres.
-En serio, me vale madres.
La mayor parte del día tengo sueño.
Y no me gusta dormir.
Quiero ser grande.
Pero sólo hago cosas pequeñas.
A veces escribo.
A veces no.
Y, sin embargo, sueño con hacerlo todo el tiempo.
Incluso cuando escribo fantaseo con que escribo.
Tengo buenas ideas.
Pero ninguna me sacará de pobre.
Soy malo dando consejos.
Pero la gente me busca para escucharlos.
Y no seguirlos…
Hay gente que me quiere.
Y hay gente a la que le valgo madres.
Y a veces siento que a la gente que me quiere le valgo madres.
Vivo en una casa bonita.
Con dos jardines y una escalera de caracol.
Mi cuarto es grande.
Pero siempre está triste.
Y la cama destendida.
Y los calcetines y los calzones por ahí.
Tirados.
Como dormidos.
Siempre uso tenis.
Y mi ropa deja mucho qué desear.
A veces no me siento cómodo con ella.
Pero no tengo nada más qué ponerme.
Porque no me gusta comprarme ropa.
Porque estoy gordo.
Y porque cuando te pruebas ropa, siempre estás más gordo.
Pero para mí es normal.
Es normal hasta que alguien me dice que estoy gordo.
Entonces sí: estoy gordo.
Pero al final del día eso no importa.
Porque aunque fuera flaco tamién estaría solo.
Y tampoco entendería a Heideger.
Y tampoco sería un gran escritor.
Sólo estaría flaco.
Y ya.
Así, y ya.
Qué más da.
Qué más da cualquier cosa.
Si, a final de cuentas, siempre me siento bien.
Triste me siento bien.
Contento me siento bien.
De todos modos, me siento bien.
No tengo novio.
Tampoco novia.
Y aún así, me siento bien.
Inculso cuando me siento mal, me siento bien.
Porque siempre he estado bien.
Prueba de ello la da cuando me lo preguntan.
“¿Cómo estás?”, bien.
“¿Cómo te ha ido?” Bien.
“¿Cómo has estado?” BIEN.
Siempre bien.
Y, qué más da.
Bien o mal, por lo menos se está.
Y cuando no se esté, pues no se estará ni bien ni mal.
Algún día ya no estaré.
Por mientras, estaré bien.