Necropsia a un Cobayo


Enero 31, 2010, 5:02 pm
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He descubierto la dicha en el jardín de Epicuro.
Eso es todo lo que puedo decir por ahora.



Personalidad ¡Eh! Personalidad ¡Eh!

El lugar común de todo libro de Teorías de la Personalidad reza que personalidad proviene del vocablo griego prosopón, que significa máscara. El lugar común no podía ser más acertado: denota el carácter artificial de esta estructura psicológica (artificial en el sentido de “opuesto a la naturaleza”, a “lo dado”; es decir, en el sentido de que es “construida”) y también evidencia su razón-de-ser relacional (pues la máscara existe para existir con-otros y no en un mundo vacío-de-otros) [chido esto de usar los guiones ¿no? bien filosófico y así].

Hay quienes han querido ver a la personalidad como una forma de adaptarse -activa e inconscientemente- al entorno humano (conformado por las realidades material y social), o como producto -en mayor o menor forma pasivo- de las interacciones sociales acontecidas en la historia del individuo (la mayoría acentuando la importancia de la infancia en la conformación de este constructo). Son más bien pocas -cuando no nulas- aquellas miradas que conceden un decente grado de participación activa y consciente por parte del individuo a la conformación de lo que se supone “es”.

Pero estoy siendo aburrido, como es mi maldita costumbre. Cabría cuestionarme si mi “yo” (llamémosle Ego para desambiguar), si mi Ego: eso que soy aunque no pueda ponerlo en palabras; si eso es mi personalidad, o si mi personalidad es parte de mi Ego. Porque nunca será lo mismo pensar que mi personalidad es lo que yo-soy a que mi personalidad es parte de mí, pero no lo que yo-soy. [Guiones, guiones, guiones, ra-rra-rrá].

Soy partidario de pensar que yo no soy -al menos no únicamente- mi personalidad, y que ésta es más bien una máscara que utilizo para relacionarme con el mundo (todo lo que no-soy-yo) [¡Ufff!]. Pienso, así, que mi Ego es más bien inabarcable e incomprensible, porque no soy -ni las partes, ni el todo- de lo que es mi personalidad (la cual -olvidé decirlo- es observable). Es más, mi Ego ni siquiera es lo que yo pienso que soy. Mi Ego es algo que no existe fácticamente en su totalidad; es decir, acepto y defiendo que parte de mí no es materialmente comprobable, ni siquiera como pensamiento. Mi Ego, como totalidad, no existe.

La personalidad, pues, vendría siendo la modalidad más o menos constante con la que me relaciono con-y-en-el mundo. [Za-za-za]. Así, mi personalidad se conformaría de una multiplicidad de gestos faciales y sociales, muletillas, tonos de voz, respuestas estereotipadas y hábitos diversos que, en su conjunto, y debido a su constancia, dan la ilusión de un Ego que puede ser percibido por los sentidos. Así, la personalidad puede pasar por el Ego, pero el Ego no puede ser la personalidad, pues si pensamos que el Ego es mi identidad (lo que es idéntico a sí mismo, es decir, lo que es), yo no puedo ser un gesto o un hábito, pues éstos los pueden tener los demás, o incluso los puedo perder y, aún así, no dejo de ser lo que soy -sea lo que esto fuere en realidad.

Siguiendo esta línea, creo que en la personalidad hay un grado de voluntad no reconocida, es decir, de mala fe. Nosotros nos construimos un modo de relacionarnos-y-estar en el mundo -perdón por incluirl_-, pero no reconocemos nuestra participación activa y consciente, pues choca con la idea propuesta por la cultura a la que pertenecemos (invariablemente).

Siendo así, y en un acto de estúpida y ficticia coherencia declaro ser culpable de:

+ Aburrir a las personas.
+ Sobreactuar.
+ Ser una drama queen en ciernes.
+ Aburrir en exceso a las personas.
+ Actuar de manera insegura.
+ Tener malos hábitos (o carecer de buenos hábitos, al menos).
+ Aburrir mucho mucho mucho a los demás.
+ Ser poco interesante (sexualmente, la mayoría de las veces).
+ Y etcéteras (checar como referencia: “Necropsia a un Cobayo”).

Todo esto viene al caso porque he vuelto a caer en cuenta de lo aburrido, poco atractivo (y no necesariamente de manera física), mópet, emo,  y así, que soy (y que todo ello es responsabilidad mía). O que al menos soy así en mi vida “real”, esa donde dejo ver más mi Ego (porque en otros ámbitos, caray, cuán interesante puedo ser). So, después de un breve impass, regreso a lo mío: libros + videojuegos + nihilismo a la hora de ir al baño. Cheers!



Diciembre 3, 2009, 10:30 pm
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I

Sé que me consideras una persona aburrida. No te equivocas, lo soy. Mi empleo es todo menos excitante, mi vida personal apenas si puede considerarse sutil, mi vida académica es un pasmo y mi vida emocional… bueno, todos lo saben: no tengo vida emocional. Sin embargo -palabras peligrosas-, nunca esperé tener más que esto: una rutina y una sana dotación de quejas. No temo equivocarme, mi vida alcanzó su cenit y su astro rey no puede competir con una bombilla de 15 watts. Qué más da.

II

He pensado últimamente mucho en la muerte. No precisamente en mi muerte; o en la muerte de alguien más. Sólo he pensado en la muerte, a secas, tan anónima como sólo ella puede ser. Se escucha interesante aquello de que morir es perder la individualidad; así como se pudre el cadáver, así se difumina el yo, permaneciendo únicamente como recuerdo. Teóricamente interesante, pero nada más. Lo sé, ya puedo escucharte: conmigo todo es teoría y nada práctica. No me importa, yo escribo un libro.

III

Buscar la inmortalidad es un mal de juventud. Bienvenido el invierno.



De un viernes próximo
Ana y el fin del mundo

Ana y el fin del mundo

I

Ese día, en tu casa, tomándote de la mano y mirando que hasta la llama de las ceras parecía contenerse, evité llorar. Ahora ya no puedo. Mañana te dejaré en la terminal y tendré que decirte “hasta luego”; las palabras más difíciles de este año. Procuraré no llorar, ahí, frente a ti y tus maletas; por favor, tú no lo hagas, que si lo haces me desharé en piedras, como Pedro Páramo.

Bolsa de palabras

Bolsa de palabras

II

He callado dolores que, comparados a los tuyos (a los tuyos y del mundo) me parecen nada. Pero callarlos no significa dejarlos de sentir, ni su nimiedad al compararlos los hace más ligeros. Si no te los compartí, si sólo te los deje entrever en estos últimos meses, no fue debido a mi enorme egoísmo o una supuesta falta de confianza; fue mi determinación de hacer que los viernes fueran más ligeros para ambos. Sé que esto ya lo sabes, porque para ti he llegado a ser diáfano. Y porque sólo al haber llorado frente a ti comprendí aquello de “una mirada tuya basta para sanarme”; porque al verme roto y descompuesto por la vida , resentido y lastimado por aquellas personas que tanto quiero, tú sólo me miraste y me sacaste a bailar con una cerveza en la mano. Y así la noche fue mejor. Gracias por mirarme.

Cheerfull robots

Cheerfull robots

III

Sabes que dudar es mi único oficio. Me has reprendido y admirado al mismo tiempo por ello. Ten la certeza de que lloraré esta noche. Pero sólo será hoy, te lo prometo, porque no quiero que la única forma de extrañarte sea derramando lágrimas. Lloraré, si queremos toda la noche. Pero sólo será por hoy. Mañana te dejaré en la terminal, te besaré y abrazaré como cada madrugada de sábado y entonces te diré: “nos vemos el próximo el viernes”. Y mientras ese viernes llega, mientras espero la noche, prometo ser lo más feliz que pueda, para que al vernos -al por fin volver a vernos- me encuentres con una sonrisa nueva.

Te amo. Buen viaje, encuéntrate pronto, que yo haré lo mismo.



Octubre 18, 2009, 7:24 am
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I

Desde que era un crío me han venido diciendo que el mundo está agonizando, que todo (la economía, la política, la moral ¡la moral!), que todo va para mal. Me han advertido que el mundo es decadente, que el hombre cada día se asemeja más a sus compatriotas animales, que este mundo no es para mí ni para mis compañeros de cuna (jóvenes con valores (?), clasemedieros y católicos), ¡Juventud, divino tesoro!… Tanto la derecha como la izquierda (por distintas e iguales razones) han señalado coléricos a Norteamérica y Europa como fuentes de podredumbre y veneno para nuestras almas de buen salvaje (Dios te guarde, América Latina). El mundo -dicen- está mal, -recalcan- mal, -rematan- muy mal.

II

Ahora, que son las siete de la mañana y tengo frío, mi vida entera parece más que un sueño, una alucinación hipnagógica.



Esto es sólo sexo

Me gustaría decirte que me gustas, en vez de susurrarte al oído “esto sólo es sexo”. Me gustaría pasar a tu casa después del trabajo, ayudarte a cocinar y hacer la sobremesa viendo la televisión entre arrumacos. Sé que te gustaría que te presentara como algo mío; y sé que sería agradable que me presentaras como algo tuyo. Pero, te lo repito, es sólo sexo.

Me gustaría sentir por ti lo que por otr*s he sentido. Mira que me he esforzado en aquello de “dar(me/te) oportunidades”; mira que me he quedado en silencio mientras hablas y he tratado de concentrarme en tus caricias. Mira que he intentando tanto ser, como no ser, yo mismo. Y no, más allá de una ternura casi paternal, no he logrado sentir más por ti.

¿No sería maravilloso corresponderte? ¿No seríamos tan bellos y felices como los protagonistas de un comercial filmado en la playa? Imagínate, tú sonriéndome y yo dibujando la misma mueca en mi rostro, viéndote a los ojos y tomando tu mano entre la mía. ¡Qué felices! ¡Qué eternos! ¡Qué jóvenes y enamorados!

Pero no, ni esto es la playa, ni somos felices.

Bien, pues ayer te volví a decir lo mismo: “esto es sólo sexo”. Y hoy amaneció nublado, y cada quién en su cama y, esto, esto fue sólo sexo.



De los viernes

Luces de neón: decepción garantizada. Brillos y oropel, gloss, cadenas y diamentes de plástico. Simulacros de amor: no corro, no grito, no empujo. Besos, caricias y bebidas energéticas. Un beat estriente y la espiral de la embriaguez. Movimientos cadenciosos y decadentes, coreografía de viernes. Silencio: ya viene el fin del mundo. Tum tum tum, los cuatro dj’s del apocalipsis. Viajan en misiles y botellas ambarinas, dejan como sombra líneas de coca y botellas de agua vacías. El fin del mundo ha comenzado ¿Vas a bailar o te quedarás sentado?



De la educación emocional


Reencuentros
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Para Sócrates el amor era carencia y avidez; carencia porque sólo se puede desear aquello que falta, avidez porque la tendencia natural del hombre es saciar su deseo de manera inmediata. Amar es carecer, pero también aspirar; es fatalidad y esperanza al mismo tiempo. Amamos como podemos, como sabemos, como nos han enseñado.

El amante que amamos -aunque sea hipotéticamente- es producto de los amantes anteriores; aquell*s que l* amaron, aquell*s que l* lastimaron; en breve: aquell*s que a base de prueba y error l* enseñaron a amar. Dime cómo amas y te diré cómo te han amado.

Ella me enseñó a amar; y me maleducó, porque me dio la peor de las educaciones: la de un corazón libre que desdeña de la fidelidad del cuerpo, pero no perdona la deslealtad. Me perdió al aceptarme cual soy; y peor aún, me amó -y ha amado (espero)- no a pesar de mis defectos, sino precisamente por ellos. Fue mi pedagoga emocional, madre de aximas, tales como: “La próxima vez que haya un corazón roto, procure que no sea el suyo”. Ah, esa mujer que, al jugar yo mi corazón al azar, lo ganó con un siete negro en la ruleta.

Ahora, en este mundo de amantes dolid*s, de amores de unicel (desechables, Óscar, como tú, como yo), de monogamia obsesiva predestinada a la traición y búsqueda de ideales irrealizables, en este mundo de “gracias”, pero “no gracias”, me siento perdido y desubicado. Porque como dice Anafilia: en este mundo de amantes prefabricad*s hay que evitar ese molesto vicio de ser honesto, de mostrarse tal cual es uno, con patologías virtuosas y terribles virtudes. Este mundillo de citas a ciegas, escondiéndose uno mismo cual avestruz en la tierra… este mundillo tuyo y mío en el que ahora me muevo…

Ella me maleducó a ser mí mismo. Su aceptación incondicional formó este demonio que ahora se muestra, que ahora sonríe, que será deleznado por ser monstruo, mosntruo divino; divinidad de psiquiátrico. Ella me enseñó a amar. Ojalá ella fuera la pedagoga del mundo.



Del eterno retorno II

He mandado correos sin recibir respuesta; esperado llamadas sin en realidad hacerlo. Me ha bañado con agua fría y he logrado rebasar conduciendo en cuarta. Me quedé dormido tratando de olvidarte y he llegado media hora tarde al trabajo. He estado en fiestas, he besado algunas chicas y contemplando largo rato un par de barbas por el retrovisor. También he comido lechuga -mucha-, y bebido varias tazas de té de limón sin azúcar. He tomado cerveza clara, hablado con extraños y también he sonreído sin motivo en la penumbra de un bar (cosas que estoy seguro no crerías he hecho). Y sí, sigo hablando solo, despertando con miedo, fumando entre semáforos; pensando en irme de Puebla y también en quedarme hasta volverme viejo; coqueteando con mis alumnas, insinuándomele a un maestro; y pensando, siempre pensando, que esto del eterno retorno es un chiste viejo, de esos que alguna vez hizo gracia. Pero no todo está perdido. Porque si el mundo ha de repetirse -y lo hará eternamente y del mismo modo- sé que de nuevo volveré a verte, aunque de nuevo sólo sea por un tiempo; aunque de nuevo vuelva a perderte y escriba una vez más esto mismo una vez más; aún y todo, podré reír con Heráclito y decir: “Pinche puto el Parménides ese”.



De la bandera blanca

Ok, me rindo, tú ganas. Abandono todo intento por darte la espalda. No más fugas nocturnas, no más distracciones mientras manejo. Prometo no cerrar los ojos hasta en realidad quedar dormido, y no dormir a menos que sea necesario. Desisto, escúchame bien, sin siquiera proponerte una tregua, sin oponer resistencia, sin darte el privilegio de verme errar una vez más. Me rindo, ante ti, realidad.

Dame unas horas al día para dedicarme a lo mío, el resto es tuyo. Déjame solo mientras escribo, concédeme ese último deseo. Durante el día prometo seguir la ética del sometido, practicar la indefensión aprendida, volverme tu agachado. Me conformaré con las pequeñas victorias realizadas en tu nombre: una clase eficiente, una semana de paga, los dientes limpios, el coche verificado.

Dejo de lado toda esperanza; de recibir una llamada, de escuchar su cambio de parecer, de recibir una nueva oportunidad. Acepto -especialmente en ese terreno- tu supremasia. Me has aplastado; tus argumentos ya no puedo contestarlos con mi irracionalidad. Acepto mi etiqueta de perene equivocado: dejo que se cumpla en mí tu ley del eterno retorno.

No más justificaciones; y aún más importante: no más autojustificaciones. Obré mal y el resultado lo gané a pulso. Por favor, no me lo refriegues en la cara; creo que he aprendido. Concedeme con el favor de tu tedio el olvido. Que no recuerde esa invitación a verlo mezclar, que olvide la fecha de su compleaños; quita de mi mente la imagen de su patilla y la forma en que se torcía su sonrisa. Vuélveme gris, pero con memoria selectiva.

Yo confieso ante Dios todo poderoso que he pecado de pensamiento, obra e ilusión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa (he obtenido lo que me merezco). Me entrego de nuevo al spleen sin oponerme a él, a tu desazón, al abandono de mis amig*s. Derrotado a ti me entrego, sin más condiciones que los favores que te pido. No me hagas mejor persona, sólo dame una mala memoria.

Prometo a tu favor dormir el corazón. Untarlo de novocaína y procurar no morderlo mientras está adormecido. Prometo -sí, lo prometo- dejarme de ilusiones huecas, de promesas tontas, de historias ficticias que no sean esas que me escribo: todo en aras de ser uno de los tuyos. Recíbeme por entero, que desde ahora soy tuyo.

La bandera blanca ya ondea sobre mi cabeza: por favor, no dispares.